Las mudanzas nunca son fáciles. Acarrean desorden, caos, desajustes. Sólo la ilusión por descubrir un lugar mejor permite soportar el ajetreo de cargar cajas arriba y abajo a la vez que se discute sobre cómo organizar el nuevo espacio. Siempre tratando de acoplar todo lo imprescindible del antiguo hogar. A pesar de las complicaciones de cualquier traslado, Sergi Roberto no parece haber olvidado nada en ninguno de los rincones del verde por los que ha pasado en su trayectoria futbolística. Lo lleva todo siempre encima. De serie. Y se ha convertido en un jugador total.

El reusense es el paradigma de la polivalencia. Un camaleón que se mimetiza con el entorno y responde en cualquier hábitat. Aunque nunca camuflándose. Es un reptil voraz e inteligente cuya capacidad para adaptarse a cada nuevo contexto siempre supera las expectativas. Le da igual compartir un pisito de 30 metros cuadrados con cinco compañeros caóticos y despistados o disponer de un chalé en el que campar a sus anchas. No le importa si quienes le acompañan organizan fiestas a altas horas de la madrugada, prefieren tocar el piano un domingo por la mañana o son de los que a las nueve de la noche de un sábado están en la cama. Siempre lidera las tareas del hogar sin levantar la voz, sacando brillo cada día a sus mejores virtudes.

El clásico contra el Real Madrid fue la enésima muestra de su exponencial crecimiento. Arrancó el duelo como lateral, pendiente de las incursiones de la principal amenaza ofensiva del Real Madrid. Controló su zona y se desplegó con criterio cuando el dominio territorial culé lo permitía. En el segundo tiempo, en el desorden y el ritmo frenético propuesto por el Madrid, esperó el momento para dejar su sello. Con esa capacidad de incidir en el juego tan poco habitual en alguien que actúa como teórico defensa. Con la entrada de Semedo, se mudó al centro del campo, escenario de sobras conocido tras sus aventuras de adolescente, para redondear el partido con dos asistencias de gol a su socio Luis Suárez.

 

Es el Ethan Hunt del Barça. En realidad, un robaescenas de manual. Un actor secundario que se viste de protagonista cada vez que sale en pantalla

 

Sergi Roberto es un maestro a la hora de perfilarse antes de controlar, para ejecutar un segundo antes y dar salida a su equipo cuando los espacios y el tiempo escasean. Una lección constante de cómo romper líneas en conducción e interpretar los tempos a la hora de sumarse al ataque sin balón. Tiene el control absoluto de la escena. Es el Ethan Hunt del Barça. En realidad, un robaescenas de manual. Un actor secundario que se viste de protagonista cada vez que sale en pantalla. Sin que sus cambios de vestuario le resten capacidad para interpretar la obra con brillantez.

Aunque de joven ya demostró su versatilidad en las categorías inferiores del Barça, fue Luis Enrique quien le vio por primera vez como un lateral en potencia, tan apropiado para el juego azulgrana. Conocedor del libreto al dedillo, retrasar la posición le permitió observar desde un nuevo ángulo cada movimiento coral del equipo. Con campo por delante para desplegarse y correr, acertar en su toma de decisiones parece ahora incluso más fácil para él. Limitado por un radio de visión de 180º, acotado por la línea de cal, se ha erigido en un jugador maduro, clarividente y todavía más rico tácticamente, que ejecuta cada acción aplicando la guía básica que ha perfeccionado con sus cambios de posición en el césped. Sin importar su ubicación.

Catalogado por muchos como un box to box diferente al centrocampista convencional formado en la Masía, partiendo desde más atrás empezó a ganar peso en el juego. Y con ello, confianza. Menos participativo pero más influyente en cada acción, rozando de media la cincuentena de pases por partido en lo que va de Liga. Alejado del bullicio del centro del campo, un mercadillo de pueblo en un sábado por la mañana, se encontró a sí mismo. Su reubicación en la pizarra ha enriquecido su fútbol hasta cotas insospechadas. Tras el provechoso viaje a la periferia, ahora es capaz de frecuentar de nuevo la gran ciudad en hora punta para imponer su ley. Como demostró en el último Clásico.

Aunque Valverde continúe alternando sus roles en las alineaciones e incluso durante los partidos, el canterano ha hecho la mudanza definitiva. Se ha alojado en la nobleza futbolística. Poseedor, en el fondo, de todo tipo de propiedades y rincones de césped en el Camp Nou. Los ha conquistado con su paso. Instalado en el terreno como titular indiscutible. La polivalencia, esa cualidad que a veces sirve para loar el sacrificio y la entrega de jugadores más bien ordinarios, ha hecho de Sergi Roberto el dueño de un latifundio que hoy administra a su antojo. Sin haber perdido nada en ninguna de las ocupaciones que ha protagonizado las últimas temporadas sobre el verde.