Decía Víctor Hugo que el tiempo era el único juez insobornable para dar o quitar la razón. Steinbeck defendía algo parecido: el tiempo era el único crítico sin ambición. El tiempo, no en vano, pone a cada persona o a cada libro en su lugar, sin tener en cuenta lo que se dijo sobre él o lo que se vendió. A los futbolistas les pasa algo parecido: unas semanas nos hartamos de ver sus caras en los periódicos y otras, parece que ya estuvieran retirados. Se les critica o alaba con suma facilidad y, muchas veces, se pierde la visión global de lo que están consiguiendo. Sobre todo, les sucede a los porteros y a los delanteros, esa raza de jugadores que sobreviven en las zonas más limítrofes del rectángulo de hierba, y lo hacen a expensas de obrar milagros: el gol o su ausencia.

Si, en los últimos 20 años, ha habido un delantero español ensalzado y enterrado por igual, ha sido Fernando Torres. Su irregular idilio con el gol o sus rachas de sequía hicieron correr ríos de tinta hasta el 23 de agosto de 2019, cuando el ‘Niño’ Torres disputó su último partido y lo hizo, caprichos del destino, frente al equipo capitaneado por Andrés Iniesta. Se retira el futbolista y comienza la narración de la odisea de un jugador que, sin duda, ha dejado una huella profunda en la memoria de millones de aficionados de todo el mundo.

El idilio de Fernando Torres con el balón empezó muy pronto. Contaba Ian Cruise que «sólo tenía dos años cuando comenzó a demostrar su habilidad con el balón y a jugar a fútbol por toda la casa con su hermano mayor Israel». En aquellos infantiles partidos de pasillo con pelota de plástico, comenzó a fraguarse la pasión que marcaría la vida de un hombre. Y también a esa tierna edad, nació la fidelidad a unos colores y el amor a un escudo: «Uno de los recuerdos imborrables de su infancia es el de hablar con su abuelo que, si bien no era un gran aficionado al fútbol, se enorgullecía de su devoción al equipo local, el Atlético de Madrid», escribió Ian Cruise, que, además, añadió «una influencia un poco más surrealista»: la mítica serie Oliver y Benji que marcó a todos los niños en los 90: «Después de cada capítulo, él y su hermano salían corriendo a la calle para jugar al fútbol y soñaban con que ellos también llegaban a ser profesionales».

El pequeño Fernando nunca dejó de soñar con aquella jugada en la que recibía el balón de espaldas, se daba la vuelta para zafarse de su marcador y, con una zancada potentísima, se adentraba en el área para encarar la portería. Y llegó un día en que, al fin, supo con certeza cuál era la portería donde quería marcar sus mejores goles. «Un día inolvidable del año 1993», relató Ian Cruise, «Torres visitó por primera vez el estadio Vicente Calderón, la casa del Atlético de Madrid. […] Fue un día cargado de sorpresas y emociones». Solo tenía nueve años, pero ya sabía que quería vestir aquella camiseta rojiblanca con ese dorsal en la espalda, marcar un gol y hacer rugir aquel estadio. Todavía tendrían que pasar unos cuantos años hasta que clavase los tacos en la hierba del Calderón, pero sus actuaciones en las categorías inferiores hicieron que, en 1999, firmase su primer contrato profesional.

Pronto conoció las dos caras del fútbol: se proclamó Campeón de Europa sub-16 y vio cómo su Atlético de Madrid descendía a Segunda. La temporada siguiente, llegó su fichaje por el primer equipo. Su debut no pudo ser más meteórico: «El martes por la tarde realizó su primer entrenamiento con la primera plantilla y el domingo siguiente debutó en el Vicente Calderón frente al Leganés». Una jornada después, frente al Albacete, «se convirtió en héroe en un instante cuando controló un balón aéreo, se posicionó para chutar… y anotó su primer gol para el equipo». Esa primera temporada no logró el ansiado ascenso a Primera pero, a nivel internacional, Torres se alzó con el Campeonato de Europa sub-19, marcando otro gol en la final y proclamándose máximo goleador y mejor jugador.

La siguiente temporada, vino el ascenso.
Y su consolidación como capitán del Atlético.
Tenía tan solo 19 años.

El Niño se hace hombre

Tras unas cuantas campañas en Primera, la frustración que caracterizó al Atlético de los 90 fue más fuerte que su amor por el club. No clasificarse para la Champions League, hizo que Torres decidiese que había llegado el momento de cambiar de aires. Quería jugar con los mejores, santificarse en las catedrales más importantes del fútbol europeo y, para lograrlo, solo había un camino: abandonar el Atlético, romper con su romance de infancia.

«A Fernando se le cayó el brazalete de capitán durante un partido con el Atlético de Madrid, y en el reverso se podía leer la inscripción ‘Nunca caminaremos solos’, una pequeña variación del famoso himno de The Kop», recordaba Ian Cruise. Enseguida, la prensa interpretó este detalle como un mensaje de Torres a Rafa Benítez, entrenador aquella campaña del ‘Spanish‘ Liverpool. No obstante, el ‘Niño’ se apresuró a aclarar que la inscripción era un juego con sus amigos: ellos llevaban tatuada aquella frase y, como él no había podido tatuársela, le habían regalado el brazalete.

Sea como fuere, aquel verano Torres se convirtió en el fichaje más caro de los ‘reds’: 38,4 millones de euros. El niño rubio y pecoso abandonaba el césped de sus sueños de infancia. Se hacía hombre, y elegía un destino de hombres: la Premier League, la competición más física y exigente de Europa. Tenía 23 años. Cargaba con la nostalgia de abandonar a su familia, amigos y ciudad; con la presión de haberse convertido en el fichaje ‘red‘ más caro, con el duro proceso de adaptación a un nuevo país y un idioma. Pepe Reina le avisó: «El primer año en un país extranjero es complicado». Pero Torres aplacó todas las dudas con goles. En España había rondado la quincena por campaña; en su primer año en la Premier, rompió todos los récords: en la última jornada consiguió superar el que ostentaba Van Nistelrooy como máximo goleador extranjero en su primera temporada: 33 entre todas las competiciones.

Torres demostró a una toda una generación de jóvenes que también se podía triunfar fuera de España. Y lo hizo gracias a una asociación muy especial con Steven Gerrard: «La llegada del crack español en verano había dado una nueva dimensión al juego de Gerrard y lo había hecho crecer más». Y, por supuesto, con Rafa Benítez. Pero si hubo una comunión perfecta en Anfield, esa fue la del delantero y la grada de The Kop: «Siempre que juego mirando hacia ese fondo lo hago con mucha confianza», aseguró Torres. Quizás, en esa unión tan singular tuviesen mucho que ver los cánticos con los que, desde que marcase su primer gol, los aficionados ‘reds‘ hacían retumbar Anfield:

«Su brazalete demostraba que era un red, Torres, Torres,
Nunca caminarás solo, decía, Torres, Torres,
Fichamos al chico de la soleada España,

Recibe el balón, marca otra vez, Fernando Torres, el nueve del Liverpool».

El hombre se convierte en leyenda

2008 fue, sin duda, el año de explosión de Torres: el fichaje multimillonario por el Liverpool, su gran registro goleador, las semifinales de Champions. Sin embargo, aún faltaba la guinda del pastel a nivel internacional: ganar la Eurocopa de Suiza y Austria.

Después de una brillante fase de grupos, la selección española se enfrentó a su maldición de cuartos. Para más inri, lo hizo frente a Italia, un 22 de junio, fecha de mal agüero para los españoles: «En 1986 perdió contra Bélgica en el Mundial de México. Diez años después, en la Eurocopa de 1996, la anfitriona Inglaterra, fue su verdugo. Y por último, en 2002, los sueños mundialistas se acabaron de nuevo, esta vez a manos de la co-anfitriona, Corea del Sur», recordaba Ian Cruise. «Y como si los dioses del fútbol estuviesen burlándose de ellos, aquí estaban otra vez, el 22 de junio de 2008, jugándose de nuevo un puesto en las semifinales desde los once metros».

En esa tanda, Iker Casillas se hizo un hueco en el santoral español; pero sería dos partidos después, en la final, cuando Fernando Torres puso la guinda a una Eurocopa inolvidable con «un gol decisivo en el 33, cuando superó por fuerza y velocidad al defensor Philip Lahm para alcanzar el pase entre líneas de Xavi, picar el balón por encima de Jens Lehman y enviarlo al fondo de la red». Después de ser nombrado Mejor Jugador de la Final, declaró: «Es un sueño hecho realidad. Por fin se ha hecho justicia, porque el equipo que mejor ha jugado ha ganado el campeonato».

Su odisea, sin embargo, no había hecho más que comenzar. Aún le quedaban infinidad de partidos por jugar, decenas de goles por marcar, cientos de ocasiones por fallar. Varios cambios de vestuario, nuevos entrenadores, centenares de estadios. También partidos calentando banquillo, frustraciones, decepciones. Aprender que no siempre gana el que mejor juega y que, precisamente, esa es la esencia del fútbol y de la vida.

Sobreponiéndose a las malas rachas, las críticas y las sequías, Torres levantó una Champions con el Chelsea, chupó banquillo en la temporada que jugó en Milán, y volvió a su Atlético de Madrid para empezar de manera magistral marcándole un doblete al eterno rival y terminar, como pocos ha podido hacerlo, alzando un soñado título europeo con el club de sus sueños. Sumó, además, otra Eurocopa y un Mundial a su palmarés internacional.

Torres se retiró en el Sagan Tosu FC declarando que lo más importante eran los tres puntos, fundamentales para su equipo. Los títulos no han nublado el objetivo de aquel ‘Niño’: marcar para que su equipo logre la victoria y, si no hay gol, trabajar incansable hasta el pitido final. Algunos dirán que ha sido un delantero letal; otros, que no metía un gol ni al arco iris. Sin embargo, solo el tiempo dictaminará qué lugar ocupa el ‘Niño’ más grande en ese olimpo donde se archivan las leyendas futbolísticas.