Recuerdo qué pasó la primera vez que tropecé con la frase “el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”. La apunté en una libreta. Creo que la leí en un texto que firmaba Gonzo, pero un amigo que sabe de esto me avisó muy pronto de que la autoría le pertenecía a Valdano. Llegados a este punto, sería más útil preguntarse por las frases que no son de Valdano. Acabaríamos antes. 

Lo ocurrido este fin de semana con la final de la Libertadores, o con la no final de la Libertadores, viene a confirmar la nulidad de esas palabras, al menos en la práctica. Cristales rotos, objetos voladores, cargas policiales, entradas robadas, persecuciones, gas lacrimógeno, gritos, ambulancias. Heridas en un ojo. Y todos los hechos sumergidos en lo mismo, en el humo, sobre todo el humo, una capa espesa y ambulante, como un infierno en vida. Hay algo de revelación satánica cada vez que un balón deja de verse por el humo. 

Pienso en Cthulhu, el monstruo oculto de Lovecraft, que tarde o temprano iba a salir para acabar con todo. 

Ya salió. La niña de las afueras de El Monumental, su pequeño cuerpo envuelto con bengalas para entrarlas en el estadio, como una mula de azúcar, es la señal inequívoca. Creció y creció el engendro y reventó el engranaje. Odio en la grada, en la calle, en la mesa. Odio en el mitin, en el periódico y en los platós de televisión. El radical no se alimenta solo. 

Esto no es una tontería. Cuando debería, al menos, parecerlo. El fútbol sigue siendo demasiado importante.