Hace un tiempo, no sé cuánto, me crucé con un texto, una imagen en realidad, en la que Woody Allen se planteaba si el orden cronológico y biológico de nuestra existencia sería más atractivo si todo se diera a la inversa. Bajo el título de My next life, a lo Benjamin Button, el cineasta neoyorquino desgranaba, etapa tras etapa, cómo transcurrirían nuestras vidas en el caso de recorrer el camino opuesto al que toman en la realidad. Todo iniciaría superando el trauma de la muerte de primeras. Mejor sacárselo de encima rapidito. Unos años en la residencia, sintiéndonos cada vez más fuertes, más independientes, más vivos, para continuar recibiendo una pensión y un reloj de oro en nuestro primer día en la oficina. Detallazo, tú. 40 años currando, llega la juventud, la universidad y te despides de toda responsabilidad. Fiestas, alcohol y aventuras locas de todo tipo hasta la infancia. Y así disfrutar de los últimos años en la Tierra jugando, descubriendo la inocencia, en el parvulario junto a nuestros amigos. Antes de pasarnos nueve meses con todos los gastos pagados en un spa de lujo, con alimentación, calefacción central, room service, más espacio a cada día que pasa y sin que nadie nos moleste.

Lo firmábamos todos, de cabeza. Pero siempre hay excepciones que confirman la regla. Una de ellas se dejó caer por un frío estadio sueco en la noche de Europa League del pasado jueves 28 de noviembre. Se medían Malmö y Dinamo de Kiev en un encuentro correspondiente a la quinta jornada de la segunda competición europea en el Swedbank Stadion; un duelo vital para las aspiraciones de ambos en la pugna por verse en el sorteo que dictará los cruces de dieciseisavos de final del torneo. Y el choque fue un espectáculo surtido de remontadas, épica e imposibles. Fue como un combate de boxeo donde los ganchos de derechas, puñetazos que dejarían a cualquiera en la lona con un KO técnico clarísimo, nunca suponían el abandono rival, sino una nueva excusa para devolver el golpe y continuar vivos sobre el cuadrilátero. Del 1-0 de Bengtsson a los dos minutos al 1-2 al término del primer acto gracias a los goles de Mykolenko y Tsyhankov. De la remontada ucraniana a la reválida sueca en apenas un cuarto de hora, con tantos de Rosenberg y de Rakip. Del 3-2 para el Malmö a las tablas firmadas por Verbic a menos de 15 minutos para el fin del tiempo reglamentario. Pero faltaba un golpe final, un golpe definitivo.

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Aquel, por cierto, era el último partido en casa de Markus Rosenberg antes de retirarse a los 38 años. Sí, el mismo que dejó seguir soñando a los suyos poniendo la igualada al volver de los vestuarios. Ese que dio sus primeros pasos en las categorías inferiores del Malmö, se hizo mayor anotando goles para el Ajax y el Werder Bremen, se dejó caer un año por Santander para gritar nueve tantos ligueros con la camiseta del Racing y disfrutó un único curso del fútbol inglés antes de decidir volver, en 2014, al lugar donde toda esta historia comenzó, a su Malmö natal.

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Minuto 95. En una de las últimas intentonas de los locales, se abre el balón a banda. El rival falla, mide fatal los tiempos y el cuero cae en los pies de Joe Inge Berget mientras el defensor del Dinamo se desliza por el césped sin éxito en su intervención. Control orientado, espacio de sobras y tiempo suficiente para poner un balón al corazón del área. Ahí, astuto, inteligente, Markus Rosenberg detecta un espacio despoblado, sin enemigos a la vista. El mismo espacio, entre la defensa y el guardameta, ese tan doloroso, donde Berget decide enviar su centro. Un toque es suficiente. Fuerte, ajustado y cruzado al segundo palo para que la estirada de Bushchan se convierta en un propósito estéril por desviar el balón de su trayectoria hacia la red. Después, éxtasis. Delirio. El capitán Rosenberg, como si fuera el primer gol de su vida, corre poseído directo a la grada a la vez que la afición se pasa por el forro cualquier barrera de seguridad y salta la valla para hacer desaparecer al ídolo del Malmö entre decenas y decenas de hinchas que solo desean celebrar con él la última jugada de su vida en el estadio de sus amores.

La despedida perfecta, sin duda. Un clímax balompédico que nada tiene que envidiar al final de la vida al revés que planteaba Woody Allen: abandonar este mundo “como un orgasmo”; del mismo modo que terminó la carrera de Markus Rosenberg. Por ello, su historia, mejor contarla de principio a fin y no a la inversa.