Esta historia arranca en los tiempos del britpop, durante la eclosión del engañoso optimismo predicado por Tony Blair, el ‘Primer Ministro rockero’. Eran días en los que la Premier vivió la época dorada de sembrados artistas del cuero como David Ginola, Gianfranco Zola, Matt Le Tissier, Éric Cantona y Dennis Bergkamp. También cuando los hermanos Gallagher ocupaban el palco del Manchester City para ver al equipo que tenía como rasgo de origen el apoyo de Mark E. Smith, el recientemente fallecido hombre The Fall.

En aquel meridiano de los 90, el City era una sombra de lo que es ahora. Un club que vagaba por las partes bajas de la clasificación. El hermano feo del United. El jovial retorno a los 60 -al menos a través del estereotipo- predicado desde las emisoras de radios y películas de Austin Powers no reflejaba el rostro apesadumbrado de un equipo que parecía sumido en la depresión inherente de su ciudad, Mánchester, la capital de la Revolución Industrial.

Lo que menos se podrían imaginar los supporters del City es que la inyección de alegría iba a llegar desde estepas aún más desoladoras que sus calles baldías de árboles y cualquier asomo de reforestación. Así fue como Georgi Kinkladze llegó a Mánchester procedente del Dinamo Tblisi, donde venía de ofrecer sonados recitales de virtuosismo técnico, y ser rechazado por Real Madrid, Boca Juniors e incluso el Atlético de Madrid, que no aceptó el chollazo de ficharlo por 200.000 libras.

La inestabilidad política que vivía Georgia tendió el puente para que su perla más preciada acabara recalando en el City, después de que desde Italia también posaran sus ojos en el habilidoso mediapunta, rebautizado como el ‘Rivera del Mar Negro’. Finalmente, fue Francis Lee quien, alucinado de lo que había visto hacer a Kinkladze sobre el césped, se hizo con sus servicios. El City ya había atado a su Cantona, aunque ni ellos mismos se lo podían imaginar. Y más después del arranque de temporada 1995-96, en la que apenas sumaron tres puntos y tres goles a favor en las once primeras jornadas.

 

Bendecido por un cambio de ritmo casi imperceptible en el dribling, cosía el balón a la bota como el mismísimo Maradona

 

Kinkladze no estaba hecho para la vida mancuniana. Sus primeros meses bajo la lluvia norteña los pasó recluido en su casa, sin apenas conocer el idioma, sin amigos. La morriña lo consumía. Tuvo que ser su madre, Khatuna, quien fue en su auxilio. La solución, recrear una Tblisi en miniatura en casa. Comida típica de su Georgia natal, coñac de su tierra. Kinkladze comenzó a restaurar su autoestima forjando la conexión entre la depresión del urbanita mancuniano y la del georgiano de ciudad.

En noviembre de 1995 se dio por iniciada la ‘era Kinkladze’. Sus electrizantes galopadas desde el medio del campo, o pegado a la banda derecha, comenzaron a asombrar a un público que pronto se dio cuenta de la realidad: estaban ante un fenómeno que estaba por encima de cuentas resultadistas; con ver dos de sus eslálones driblando adversarios, ya estaba amortizada la entrada.

A lo largo de su primera temporada, alcanzó tal nivel que parecía haber sido diseñado en un laboratorio genético, con ADN de Gerald Vanenburg y Michael Laudrup. Aquella misma temporada, Kinkladze selló su impacto mediático por medio del que, para muchos, es el mejor gol que se haya visto jamás en un campo de la Premier. Fue un 16 de marzo de 1996, en Maine Road. El ‘7’ del City recoge el balón en la parte derecha centro del campo. En un click, da inicio su carrera hacia la metal rival. Uno, dos, hasta tres jugadores del Southampton van cayendo como bolos a su paso y, cuando se planta delante del cancerbero, le pica una vaselina de toque aterciopelado. Aquel día la leyenda de Kinkladze se hizo mayor todavía.

Bendecido por un cambio de ritmo casi imperceptible en el dribling, cosía el balón a la bota como el mismísimo Maradona, su ídolo de juventud. Y de quien mamó la generosidad del pase final, y la inserción de la metodología circense como ventaja técnica ante el adversario.

También dotado de un toque depuradísimo en las voleas y los libres directos, el georgiano cumplió todos los requisitos posibles para hacerse con el título de ‘Maradona del Mar Negro’. Y más ante la temporada 96-97 que realizó. Una que vino precedida por un miedo para su afición que él mismo reconocía: “Tuve oportunidades de irme. Barcelona y otras partes habían expresado su interés, pero no podía irme. Quería ayudar al City a hacerse con la Premier League, así que no fue una decisión difícil.

Si en dicha temporada, Kinkladze hubiera ganado algún título mayor, no cabe duda de quien habría recogido el balón de oro de 1997. Autor de doce goles para enmarcar y un sinfín de roturas de cadera y pases al corazón de área, su estilo fino pero altovoltaico habían calado dentro de un futbol inglés que comenzaba a cambiar parámetros de comportamiento. Del estilo aguerrido y belicoso de siempre, el toque coral de balón estaba siendo instaurado por auténticos solistas como él. Al final de aquel año mágico, volvió de nuevo el miedo a las gradas. Retener a Kinkladze en el club no iba a ser tarea sencilla, por lo que los aficionados bautizaron el último día de aquella temporada como el Kinkladze day. “Fue increíblemente emotivo, no podía creer la recepción que recibí”, dijo. “Nuevamente, tuve oportunidades de irme y tal vez, para mi carrera, debería haberlo hecho, pero no podía irme. Mi corazón estaba con el City, así que decidí quedarme un año más”.

Ni Messi o Cristiano han sido queridos con la devoción mostrada por la afición del City, que en la 98-99 se llegó a trasladar a Ámsterdam para animar a su ídolo, que ya vestía la elástica del Ajax.

Desgraciadamente, durante sus años en el City, el equipo se había atascado en un 4-4-2 que poco beneficiaba a su capacidad de sorprender desde cualquier zona ancha del campo. La tozudez por mantener la tradición y no hacer un equipo a su alrededor, terminó en la 97-98, el último año que pudimos verlo jugar a máximo nivel. Porque lo que vino después fue un progresivo canto del cisne fruto de una ruptura que Kinkladze jamás pudo superar. “Volví a Inglaterra con el Derby County y estaba bien, pero no era lo mismo. Regresé a Maine Road sólo una vez y la recepción fue increíble. No pude jugar ese día porque no quería hacerlo contra el equipo y los seguidores que amaba”.