¿Qué es lo que nos mueve a seguir adelante? Hay veces que descarrilamos de las vías de la rutina y, al mirar por la ventana de ese tren que viaja a una velocidad terriblemente frenética, el vaho empieza a dibujar preguntas en el cristal. Entonces miras atrás y ves que los animales se comieron las migas de pan que conducen de regreso a casa y tan solo queda seguir escapando. Y te lo vuelves a preguntar. ¿Es la propia inercia? ¿Es la cerveza de después del trabajo o de los exámenes? ¿Es la espera del partido del fin de semana, o el sabor que queda de la victoria de la última jornada, aún flotando en tu memoria? Nos mueven los objetivos, la ambición, el dinero, los sentimientos. Pero hay contadas personas, ajenas al sistema de valores, a las que les mueve algo superior.

Sir Alex Ferguson fue el primer entrenador de Gerard Piqué en Manchester. El defensa dejó Barcelona, desde donde veía demasiado lejos el Camp Nou, empujado por una llama diabólica que empezaba a nacer en su interior y que decidió entregar al cultivo del escocés. Miles de kilómetros al oeste, en Albuquerque, Walter White, un ninguneado profesor de instituto con fecha de caducidad en este mundo, dio un paso al frente comprando una destartalada caravana en la que cocinaría metanfetamina para salvar el futuro de su familia. White y Piqué empezaron a codearse con un sistema que aún no les pertenecía. Aun así, aspiraban a ese algo superior, al Sir que acompaña Alex Ferguson: al respeto. A medida que avanzaron por el camino, la necesidad dejó de ser la motivación para seguir. Lo hicieron para ser duraderos en la memoria, por el ego. Eligieron ser leyenda.

La temporada de regreso a Barcelona de Piqué no fue tan distinta a los primeros cocinados de Walt y Jesse. El Barça de un iniciático Pep Guardiola se plantó en la final de Copa en Valencia y en la de la Champions League en Roma viajando con el funesto laboratorio con ruedas de White y Pinkman. Ante el Athletic Club se presentaron con Dani Alves, Piqué, Yaya Touré y Carles Puyol, en el lateral izquierdo; experimentos fruto de la fatalidad que coqueteaban en la frontera entre el miedo y la ilusión. Aquel trasto de plástico, chapa, pintura y motor consumido recorrió el desierto polvoriento de Nuevo México y el sendero les llevó a Roma. Disfrazados de gladiadores, Puyol -esta vez en la derecha-, el propio Piqué, Touré -otra vez en la zaga- y Sylvinho batallaron ante Cristiano Ronaldo, Wayne Rooney y Ryan Giggs. La aparente mediocridad terminaría por hacerles ganar, por hacerles creer que, después de eso, todo era posible.

El primer cocinado en el desierto cambió las reglas del juego. Ni el Tuco, ni Gus Fring, ni la competencia de Piqué modificaron un destino que tanto él como Walt fueron domando a su antojo. Empezó a cambiar el fin. Porque cargados de trofeos y de sacos de billetes arrugados bajo el brazo, tan solo les quedaba engrandecer su figura, trascender. Una vez que el profesor ninguneado y el futbolista que los mancunianos dejaron crecer en Zaragoza saborearon el éxito, dejaron de competir por lo mismo que sus sucedáneos. “Me preguntabas, Jesse, si estaba en el negocio de la metanfetamina o del dinero. Ninguno de los dos. Estoy en el negocio de un imperio”, le respondió Heisenberg.

White tuvo una conversión paulatina en su alter ego. Piqué, en cambio, consiguió domarlo. Vive en la permeabilidad de poder transformarse y aparentar ser Walt o ser Heisenberg. Sabe cuándo su cabeza le pide apretar el gatillo y empuñar el micrófono para hacer arder el tremendismo de la prensa tradicional y cuándo empezar y terminar en la hectárea verde. El catalán disfruta bajo el manto de silbatos del Bernabéu y Cornellà. “¡No estoy en peligro, yo soy el peligro! Un tipo llama a la puerta y le disparan ¿Piensas que soy yo? ¡No, yo soy el que dispara!”, le gritó Heisenberg a una horrorizada Skyler. Hicieron desaparecer los miedos, las incertezas, para convertirse en sometedores, en los que juegan el primer y último movimiento.

 

Walter White tuvo una conversión paulatina en su alter ego. Piqué, en cambio, consiguió domarlo. Vive en la permeabilidad de poder transformarse y aparentar ser Walt o ser Heisenberg

 

White, como Gerard, logra que empaticemos con él, que nos enamoremos del antihéroe pese a que aniquile adversarios y valores, haciendo juegos de manos callejeros en el que nunca encontramos la bolita bajo ninguno de los tres vasos de plástico. De Piqué alabamos -y agradecemos- que no se ampare en el escudo de los tópicos y nos hace dar un sobresalto solo cuando él decide ser Heisenberg y lanzar un “contigo empezó todo” o el “Arbeloa es un conocido”. Trasciende el juego. “Lo fastidioso sería morir siendo un desconocido”, dijo Limónov. Como el escritor ruso, Piqué y Heisenberg son los protagonistas que ellos mismos se crearon, creyeron y terminaron siendo, los héroes de su epopeya.

Piqué es el encargado de pinchar la burbuja de letargo en la que los rivales someten al Barça con sus ataques, cada vez más punzantes y dolorosos. Cuando más se echa de menos a alguien es cuando se marcha, cuando únicamente sobrevive en nuestro recuerdo. Y el Barcelona, con Piqué en el olvido que es la lesión, añora el defensa que mantuvo a flote un equipo que lleva años descosiéndose, colgando de un hilo en el vacío que trata de llenar junto a Ter Stegen y Leo Messi.

El central fue, ya desde su primer acto, un futbolista centelleante en la salida de balón, un playmaker desde los bajos fondos del terreno de juego. “Gerard ha aprendido a convivir con las miradas esquivas, las críticas y una exigencia sobrehumana”, escribía Albert Blaya. Tras ese aspecto de defensor de pies cenagosos al que su físico apenas le hace favores, empezó a esconder sus debilidades -que los últimos Barças se empeñaron en mostrar- y mostrar su cualidades, a convertirse en un gigante en el área, a ojos de Víctor Valdés, Claudio Bravo o Ter Stegen. Sin Piqué ni su constante mutación, sin poder ser el héroe, nadie acude al grito de auxilio. El equipo se desmorona, comete errores anticompetitivos y ve desde la distancia cómo La Liga se va tiñendo de otros colores y cómo la Copa de Europa se convierte en una utopía.

Piqué decidió ser muchas cosas. Un suprafutbolista, uno de los mejores defensores de la historia -contarán los libros- que al mismo tiempo dirigió empresas, clubes de fútbol y que supo cuándo vivir en la sombra y cuándo hacer que los focos de su particular Hollywood le apuntasen, cuándo ser Walt y cuándo ser Heisenberg. A Piqué, como a Heisenberg, le movió una sola cosa: jugar a ser leyenda.

 


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Fotografía de Getty Images.