“Vine a Mallorca porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Javier Aguirre”. Así empezaría la novela del técnico mexicano sobre su nueva etapa. Sería un libro lleno de buenas palabras, de frases redondas, la mezcla perfecta entre realismo puro y realismo mágico, como si Bukowski tuviera agendas de Mr. Wonderful. Es dificilísimo asentar grandes verdades. Cuesta hilvanar discursos con sentido. No hablemos ya de ser gracioso y no pasarse de solemne. Pero de repente aparecen generadores de frases. Sueltan perlas como el que tira un caño. Los hay en el colegio, los hay en las cenas de empresas, los hay en las redes. Y los hay, claro, en el fútbol.

El tópico es como Twitter: aunque no quieras, acabas usándolo. El domingo te cruzabas con uno que dijo que había dormido mal con el cambio de hora. Otro por la tarde te gritó que cómo se notaba que era más de día. El fútbol, si pudiera, se alimentaría solo de tópicos. Lo malo no fue que eliminaran a Italia del Mundial, sino que después del partido Mancini dijera: “El fútbol es así”. Por eso nos amarramos a las frases más tontas, como la de que el fútbol es como el ajedrez, pero sin dados. Antes que un tópico, mejor que un jugador que se llame Renaldo, como el que fichó por el Dépor en los 90, y diga: “Soy como Ronaldo, pero con ‘e’”. Lo que haga falta para de huir del “se han impuesto las defensas” o “los detalles marcarán el partido”.

Hay entrenadores que cuando hablan parece que ventilen una habitación cerrada. Como Javier Aguirre. Cuando uno de sus jugadores marcó un gran gol de falta, le preguntaron qué le había dicho, y el ‘Vasco’ respondió: “Seguramente le dije que muy bien hijo de tu puta madre, bien Oscarito cabrón, qué tirazo la puta madre que te parió”. Otro día, pasando balance del entrenamiento, dijo que había sopesado abroncar a sus jugadores tras una mala sesión, pero al final tomó otra decisión: “Me aguanté, me fui a mi casa, me tome un gintonic a gustito y se me olvidó regañarlos y salió bien”.

 

Le da igual lo delicado que esté el paciente. Aguirre siempre tiene buen pronóstico, como el médico que te atiende en urgencias cuando tú estás preocupadísimo. Ya salvó al Zaragoza y al Espanyol y rozó el milagro con el Leganés

 

Hay muchos tipos de relación entre los entrenadores y las ruedas de prensa. A algunos les molestan, otros sufren, los hay que van a cuchillo o que contestan con frases cortas. Javier Aguirre está en el grupo de los que se sienten cómodos. Asienta verdades como si fuera un sepulturero. Sentencia como un juez en cada punto final. A veces da una respuesta y solo falta que ruede una bola de paja. Se junta además que el nuevo entrenador del Mallorca es natural. No tiene filtros en tiempos de Instagram. Genera magnetismo y forma un clan como el que aglutinaba el profesor de educación física que, cronómetro al cuello, sacaba jugo a todos los alumnos.

Le da igual lo delicado que esté el paciente. Aguirre siempre tiene buen pronóstico, como el médico que te atiende en urgencias cuando tú estás preocupadísimo. Ya salvó al Zaragoza y al Espanyol y rozó el milagro con el Leganés. Además, en su currículum también figura el cuarto puesto con Osasuna y devolver al Atlético a Europa diez años después. En una edad en la que debería pensar más en disfrutar con sus nietos, quizás trata a sus futbolistas como si fueran ellos. Y ya se sabe lo que pasa con los abuelos: mientras los padres educan a la fuerza, los abuelos lo hacen sin querer. En la rueda de prensa de presentación de su fichaje con el Mallorca, un periodista le preguntó si se sentía a gusto con la situación que le tocaba afrontar. El ‘Vasco’ respondió: “¿Me nota a disgusto, mi amigo?”.

 


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Fotografía de Imago.