Un 19 de noviembre de 1969 se paró el tiempo en Brasil. Más concretamente a las once y 23 minutos de la noche de aquel día. El más grande de su historia conseguía lo inalcanzable. Al menos eso es lo que él decía. Porque las cifras bailan según quién las cuente. E incluso otro ilustre enamorado de los goles se atrevió a discutir el trono de mayor anotador que haya pisado un terreno de juego. “En toda mi carrera marqué 5.000 goles. Tengo entendido que Pelé, contándole los de los entrenamientos, hizo 1.500. Eso me lleva a pensar que entre Pelé y yo no hay color”, soltó Josef Bican sobre los datos que sumaba ‘O Rei’. Según las cuentas oficiales, parte de razón tenía el goleador austríaco. La Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS) le otorga 541 goles en partidos ligueros. La investigación del periodista argentino Martín Estévez suma 757 dianas. Y si tiramos de la manta, se encuentran muchos otros registros que demuestran escasa comunión entre historiadores y estadistas. En todo caso, ninguno de ellos llega al millar. Ni mucho menos a los más de 1.200 goles que Edson Arantes do Nascimento dijo marcar a lo largo de su carrera. Porque si volvemos a remover las sábanas nos encontramos con cientos de tantos en amistosos, partidos del ejército brasileño, encuentros benéficos y a saber cuántos otros choques más que no eran ni oficiosos ni oficiales. Pero como Pelé era algo así como un dios en la Brasil de los 60 y 70, pues lo que decía iba a misa. Y si la mañana del 19 de noviembre de 1969 se despertó contando 999 goles en su historial -debería tener una libretita para ir apuntándolos todos, imaginamos-, ¡chitón! Para Brasil entera los llevaba y punto.

De hecho, la historia del gol milenario no empezó aquel mismo día. El país llevaba ya unas cuantas fechas esperando que se hiciera realidad. Concretamente, desde el 14 de noviembre, en un enfrentamiento ante el Botafogo en el que Pelé se quedó a una cifra de los 1.000. Al día siguiente, partido en casa del Bahía. “Aquí, en Bahía, todo el mundo tiene un deseo: que Pelé marque su gol 1.000”, decían los periodistas. Entrevistaron al portero del conjunto local, Jurandir, preguntándole si sería un honor encajar el gol o algo amargo para él. Se quedó con la segunda opción. Un tipo profesional. Salía el presidente del Bahía pidiéndole a Pelé que marcase el ansiado gol en otro sitio. En resumen, como decíamos, Brasil solo hablaba de ello. Todos querían celebrarlo, fueran del equipo de fueran. Hasta el punto que, en Bahía, Pelé se regateó al portero y, escorado desde la derecha, con la portería sin su guardián, empujó el balón para dictar sentencia. Nildo, defensor rival, evitó el gol en la misma línea y su propia hinchada, de manera surrealista, comenzó a abuchearlo desde un graderío a reventar. “Tú tienes personalidad”, fue el consuelo de un Pelé sorprendido al zaguero por las críticas de la afición local. En Bahía no pudo ser. El destino le tenía reservado un lugar especial para hacer historia.

 

“Por primera vez en un partido de fútbol, me temblaban las piernas”

 

Y es así como llegamos a la fecha señalada, el 19 de noviembre. Ese día el Santos visitaba al Vasco da Gama. El escenario, el mejor posible: Maracaná sería el plató. La catedral del fútbol brasileño se vistió de gala para la ocasión. Y aquí vuelven a hacer samba las cifras. Unos cuentan 60.000 aficionados en las gradas. Otros superan los 100.000. En todo caso, como resolución salomónica, diremos que ese día había mucha gente en Maracaná. Ya en el primer tiempo el estadio estuvo a punto de rugir con el gol milenario. El travesaño, tras un potente chut de Pelé, se encargó de que todo quedase en un simple ‘uuuy’, que rebotó e hizo eco por todo el estadio. Habría que esperar un poco más para festejar. Exactamente, hasta el segundo tiempo. Un milimétrico pase en profundidad de Clodoaldo dejó solo a ‘O Rei’ contra el portero. “Ahora sí”, debieron pensar todos los presentes. Y un defensor del Vasco, Fernando, les negó la felicidad. Bueno, más bien la aplazó. Porque derribó al ’10’ y el árbitro castigó su acción al señalar el punto de penalti. “Estaba cerca de la jugada y pité penalti con toda la tranquilidad. Si tuviese que volver a hacerlo, lo haría”, recordaba años después el colegiado Manoel Amaro de Lima. Eso sí, también reconoció que se moría de ganas por pitarlo: “Deseaba pasar a la historia como el árbitro que concedió el gol 1.000 de Pelé”.

Ya solo faltaba un pequeño detalle para cerrar la historia: que Pelé no fallara el gol desde los once metros. Y no es que estuviera especialmente tranquilo. Había jugado en las plazas más difíciles del mundo, había jugado contra los mejores, había jugado -y ganado- Mundiales, derrochaba experiencia por todas partes, pero tenía miedo de fallar. “Por primera vez en un partido de fútbol, me temblaban las piernas”. En esa situación, con tanto nervio, cualquiera le hubiera dado un pelotazo en la cara al Cristo Redentor de Río. Pelé, en cambio, la tiró ajustadísima al poste derecho, y el portero Andrada no pudo hacer nada pese a adivinar sus intenciones. El gol 1.000 ya era una realidad. La afición saltó al césped para celebrarlo. Los periodistas engulleron a Pelé y lo entrevistaron a pie de campo. El partido estuvo 25 minutos parado mientras toda Brasil se emocionaba por la asombrosa cifra que acababa de conquistar el mejor jugador de su historia. Una cifra que sigue siendo cuestionada, pero a Pelé poco le importa el debate. Para él son 1.000 y pico, no hay discusión. A todos nos gustaría llevar un recuento de los muchos, pocos o ningún gol que marcamos en el patio del colegio, en las calles, en la playa, en campos de tierra o en el césped, y si alguien, la FIFA, la IFFHS o el vecino del tercero, nos cuestionara el dato, le diríamos, como Pelé: “No es prepotencia, es que no admito que se diga que existe un jugador de fútbol mejor que yo hasta que no den con uno que haya superado mis 1.000 goles, luego ya hablaríamos”. Y ya no preguntarían más.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Puedes conseguir el último número en nuestra tienda online.