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Génova y el fútbol: una guerra sin final

En las señales de la ciudad, las pegatinas de la Sampdoria y el Genoa pelean por cada centímetro, sabedoras de que su espacio es limitado

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“Acepta algunas verdades ineludibles: los precios siempre subirán, los políticos siempre mentirán y tu también envejecerás”, asentía un vídeo de YouTube que nos pusieron un día en el instituto. “Y los italianos siempre conducirán mal”, repite uno. Y a lo lejos ya se atisba Génova, tan italiana: atestada de ghettos en las mismas calles y plazas por las que andan los turistas. Portuaria, la ciudad se presenta repleta de palacios que le confieren un semblante aristocrático y elegante. Mariona dice que hay más de 40. Como si el fútbol fuera algo demasiado mundano para la ciudad, Génova transmite menos pasión por el balompié de lo que querría el Luigi Ferraris, lejos del centro. En las señales las pegatinas de la Sampdoria y el Genoa pelean por cada centímetro libre, sabedoras de que su espacio es limitado. Se tapan entre ellas, protagonistas de una guerra sin final.

El verano ha sido triste para media ciudad: el Genoa ha caído a la Serie B después de 15 cursos ininterrumpidos en la élite. La Samp, por su parte, encadena su undécima campaña en la Serie A: la 62º de su historia. Se hace imposible no caer en la tentación de comprar su camiseta, siempre tan bella. Fabio Quaglariella sigue ahí, ya con 39 años. Saliendo de la tienda del club, unas calles más abajo, se llega a la Piazza Giacomo Matteotti, con un gran mercadillo de antigüedades: libros, cuadros, periódicos, revistas, postales. En un estante, medio escondido, aparece como un tesoro Il Diario dei Mondiali, impagable. Es una extensa guía del Mundial de 1990 (Italia) editada en la misma ciudad, con decenas de anuncios de negocios locales: pizzerías, hoteles, heladerías, pescaderías, pastelerías. También se anuncian los ordenadores Macintosh: “una revolución que cambia para siempre la relación entre hombre y ordenador”. La señora pide 20 euros. Se le ofrecen diez. Pero insiste en los 20, sabedora de que el tiempo ha aumentado el valor del producto. La ciudad nunca ha vuelto a tener tal exposición futbolística como en los albores de los 90, con el Mundial y con esa gran Sampdoria: fue finalista de la Copa de Europa de 1992 y alzó la Serie A de 1991, con Gianluca Pagliuca bajo palos, Gianluca Vialli y Roberto Mancini en la delantera y Vujadin Boškov en el banco. El hombre de “fútbol es fútbol”.

La señora cede por 15 euros. De España, el texto dice que sus mayores valores son “Butrageno, Michel e Sanchis”. Los 22 futbolistas italianos aparecen con fotos a color. Cuatro son de la Sampdoria: Pagliuca, Vialli, Mancini y el defensa Pietro Vierchowod. La guía incluso alinea los jugadores de la ‘Azzurra‘ según su signo zodiacal y traza paralelismos entre los futbolistas transalpinos y los mejores actores. Carlo Ancelotti es John Wayne en Stagecoach y True Grit. Roberto Baggio, “futbolista de ciencia ficción”, es Michael J. Fox en Ritorno al Futuro: “El fútbol de este impredecible jugador es futurista, como las aventuras de Michael J. Fox”. En otra sección, se recogen nombres de candidatos que podrían impresionar al hincha italiano durante el Mundial. Entre ellos, tres ingleses: John Barnes, Chris Waddle y Bryan Robson. “Lamentablemente los británicos en Italia siempre han sufrido problemas de aclimatación (no está claro si los ingleses no son capaces de aclimatarse o si son los italianos los que no son capaces de insertarlos) y por eso siempre han decepcionado”, dice el texto. “Las sorpresas que pueden reservar los Campeonatos del Mundo son muchas. Y de lo más impensables. Quién sabe: el próximo favorito del público italiano podría ser un estadounidense o un coreano”, concluía el artículo, acompañado de una imagen del arquero colombiano René Higuita.

 

El verano ha sido triste para media ciudad: el Genoa ha caído a la Serie B después de 15 cursos ininterrumpidos en la élite. La Samp, por su parte, encadena su undécima campaña en la Serie A

 

La parte más entrañable, más bella, de la guía está en la parte final, en la típica cuadrícula para ir anotando los resultados de cada encuentro. El 0-1 de Camerún ante Argentina en el duelo inaugural aparece con tinta azul y letra de niño. “Camerún, Corea del Sur, Costa Rica, Egipto, Emiratos Árabes y USA pueden ser considerados débiles. Sin embargo, es mejor tener cuidado también con estos equipos, porque podrían reservar amargas sorpresas para los grandes”, avisa la guía con razón: Camerún llegaría hasta los cuartos de final. Solo salen los resultados de cuatro partidos más: los tres de Italia en la fase de grupos (1-0 contra Austria, 1-0 contra Estados Unidos y 2-0 contra Checoslovaquia) y el 1-5 de Checoslovaquia ante USA de la primera jornada. El niño no escribió los resultados del Austria-Checoslovaquia y el Austria-USA. Solo le importaba Italia. O no, porque tampoco aparecen el 2-0 ante Uruguay en octavos de final ni el 1-0 ante Irlanda en cuartos. Quien sabe por qué: quizá por pereza, quizá porque la fiebre por el fútbol le duró once días, del 8 de junio al 19, quizá porque el boli se quedó sin tinta, quizá porque la guía quedó en un cajón antes incluso de que acabara el Mundial. Quizá la letra ni siquiera es de un niño: vuela la imaginación. Tampoco apuntó la indimenticabile derrota en semifinales contra la Argentina de Maradona, en San Paolo. Los espacios para escribir los jugadores del equipo ganador también aparecen en blanco. Fueron los alemanes Bodo Illgner; Andreas Brehme, Jürgen Kohler, Klaus Augenthaler, Guido Buchwald, Thomas Berthold; Pierre Littbarski, Thomas Hassler, Lothar Matthäus; Rudi Völler y Jürgen Klinsmann: dirigidos por Franz Beckenbauer, batieron a Argentina en la final, en Roma, con gol de Brehme.

El fútbol, quizá más que un deporte, es un mundo para fantasear e inventar historias, como el metro o los cementerios. El de Staglieno, una de las visitas obligadas de Génova, hiela la sangre e impacta, abruma, con renglones infinitos de tumbas. Y hace pensar que ni siquiera la muerte iguala: algunos duermen en enormes mausoleos y otros reposan en enormes campos de tumbas, bajo lápidas torcidas, medio rotas, y montones de tierra, entre barro. En sus infinitos pasillos: unas tumbas se observan, por sus esculturas impresionantes, y unas tumbas se pisan porque son el suelo. Pero la muerte quizá sí iguala, incluso une: en todo el cementerio apenas se ven una bufanda del Genoa, en la tumba del padre Andrea Caruso, y una bandera de la Sampdoria y están de lado, una detrás de la otra. Unos metros más allá se pueden comprar velas eléctricas que duran 15 o 30 días y al otro lado de los muros los italianos siguen conduciendo mal, como locos.

 


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Fotografía de Getty Images.