Mi memoria se parece bastante a mi propensión por ayudar en defensa: es poca y es selectiva. Sin embargo o precisamente por ello, siempre recordaré cuando en 2020 dejó de haber fútbol y de pronto su regreso se convirtió en necesidad primaria. Retomar la más importante de las rutinas menos importantes fue un inevitable impulso que nos igualaba. Hace casi un año, Enrique Ballester retrató aquel estado de ánimo al confesar que tenía ganas de que volviera la Bundesliga. “Para no verla porque no quiero verla, no porque no pueda”. Con silenciador y sin público, el fútbol nos devolvió un balón con eco que rellenaba, eso sí, un vacío en nuestra alma. Pudimos volver a no querer. Nos dijimos que algo era algo, que aquel fútbol era mejor que ningún fútbol. Con pragmatismo evolutivo, aceptamos el cambio de envoltorio de nuestro producto favorito con tal de tenerlo.

Satisfecho el instinto básico, no tardamos en dar el juego por descontado. Se nos dibujó una mueca de desencanto. El silencio de los partidos que veíamos de fondo nos obsesionó y desorientó a partes iguales. La melancólica quietud ambiental despistó también a los futbolistas, desconectados de la obra de teatro que debían protagonizar. Como nadie les gritaba ¡intensidad! desde la butaca, actuaron con el piloto automático. Desarraigados como estábamos, no lo tuvimos en cuenta. El pacto jugador-espectador se prolongó durante meses de fútbol funcionarial en los que defensas distraídos permitieron goleadas que hubieran sido inconcebibles con ciudadanos enfadados en su asiento. El dibujo postizo en la grada nos molestó tres tardes y cinco tuits. Absorbido el novedoso paisaje, imaginamos tiempos ruidosos y folclóricos. Tiempos mejores.

 

El viejo fútbol se despojó de todo artificio mediático y nos mostró la sustancia con más nitidez que el HD. El balón se desnudó ante nuestros ojos y oídos. Aquel sexy sonido ambiente nos hizo recordar por qué la redonda ausencia nos ahogaba hace un año

 

Sin darnos cuenta, la risa enlatada invadió nuestro deporte. Se decidieron eliminatorias, se sortearon cruces y cada punto adquirió primaveral importancia. Como testigos oculares incapaces de explicarse ante un juez, nos presentamos al todo o nada de cada curso sin saber bien cómo habíamos llegado hasta allí. Real Madrid-Chelsea, PSG-Manchester City. De golpe, se agudizaron los sentidos. Recuperamos el gusto por la competición y la vista dejó de clavarse en la tribuna inánime. La sacudida sensorial conocida como temporada 2020-21 aún escondía una sonora sorpresa. Mientras Twitter Fútbol discutía sobre el pasillo de incertidumbre en transición ofensiva, sugería realizar permutas antes de lateralizar y reclamaba la contrapresión para aumentar los expected goals, unas semis de Champions nos reconciliaron a gritos con nuestra pasión.

‘Dale, dale, allez, allez, on y va, vamo, vamo, metéle, tamo junto, sei solo’.

El viejo fútbol se despojó de todo artificio mediático y nos mostró la sustancia con más nitidez que el HD. El balón se desnudó ante nuestros ojos y oídos. Aquel sexy sonido ambiente nos hizo recordar por qué la redonda ausencia nos ahogaba hace un año. Le pusimos voz a la esencia. La élite se pareció al campetto cuando Ramos gritó ‘¡salimos!’ desde su butaca. La pelota fue lenguaje universal cuando Pep ordenó ‘go get them!’ a los suyos. Hoy divisamos por fin la línea de meta. Antes de que el hincha vuelva a llenar los campos y el superherido espectáculo recupere (algo de) credibilidad, prometo recordar que la explosión sensitiva de estas semifinales europeas fue el canto del cisne de una era que deseamos archivar cuanto antes. Queremos volver a no escuchar.

 


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Fotografía de Imago.