Escéptico y nihilista por naturaleza, Jair Domínguez, uno de los escritores más visceralmente realistas que he leído, aseguraba en un artículo que “es culpa nuestra que los futbolistas estén por encima del bien y del mal. Las marcas que los patrocinan, con nuestro inestimable apoyo, les han convertido en astros. En mitos. No quieren tocar con los pies en el suelo. Quieren ser ricos, ganar trofeos, casarse con ‘top models’ y bailar reguetón sin que nadie les toque demasiado los cojones. Les hemos dejado alimentarse de su propia gloria. Y ahora ya es tarde para educarlos. Ahora ya no son hombres. Son dioses”.

Sin embargo, no es menos cierto que siempre han existido algunos elementos discordantes que han apostado por bajar de ese pedestal y huir del estereotipo del futbolista que no se moja; del futbolista que tiene pánico a decir una palabra más alta que otra; del futbolista apolítico y neutro, despersonalizado, esterilizado e insulso. Romper el molde, desviarse del estándar y salir del paisaje; quemar ese odiable diccionario de tópicos, ser uno mismo y expresarse con sinceridad. Esto es precisamente lo que hizo el día 20 de marzo de 1997 Robbie Fowler, aquel enfant terrible del fútbol británico que, con sus goles y con su carácter estrambótico y polémico, se convirtió en una leyenda del Liverpool y de la Premier League en los 90.

 

Romper el molde, desviarse del estándar y salir del paisaje; esto es lo que hizo Robbie Fowler el día 20 de marzo de 1997

 

En el curso 96-97, El Terror de Toxteth, el mote que acompañó al futbolista durante toda su carrera deportiva y que hacía referencia al barrio obrero de Liverpool en el que creció y en el que desarrolló su forma de pensar, tan solo tenía 21 años; pero ya hacía cuatro temporadas que era titular en el cuadro de Anfield Road. Su velocidad y su movilidad, su extraordinaria capacidad para proteger el balón y para regatear a los contrarios y, sobre todo, su insaciable olfato goleador le habían confirmado como uno de los grandes talentos del balompié británico, como un futbolista genial e imprescindible para Roy Evans. Pero a pesar de ello, y a pesar de que, como emblema de los ‘Spice Boys’, pregonaba un estilo de vida tan lujoso como criticado frecuentemente por la prensa británica; el joven Robbie continuaba siendo el mismo. Había alcanzado la fama y había amasado una enorme fortuna, pero él continuaba siendo plenamente consciente de quienes eran los suyos, de a quienes continuaba debiéndose.

Por este motivo, porque le seguían importando los problemas de su gente, en marzo de 1997, Fowler decidió solidarizarse con los jornaleros de la Mersey Docks & Harbour Company del muelle de Liverpool, el gran núcleo de la actividad económica de la ciudad y su principal razón de ser. “Los trabajadores del puerto de Liverpool llevaban en huelga dos años. La ciudad entera estaba jodida. Los dockers languidecían de hastío y el muelle era un cementerio marino”, escribía Pedro Simón en El Mundo hace unos meses, recordando la situación dramática e insostenible que por aquel entonces atenazaba ese puerto, donde los despidos y la precariedad laboral estaban a la orden del día. De hecho, los estibadores de Liverpool estaban en huelga desde el año 1995, cuando 500 de ellos fueron despachados.

 

“La ciudad entera estaba jodida. El muelle era un cementerio marino”

 

Antes del encuentro de vuelta de la eliminatoria de cuartos de final de la Recopa de Europa contra el SK Brann noruego, Fowler se reunió con su íntimo amigo Steve McManaman, hijo de uno de los estibadores que estaban en huelga, y ambos acordaron que tenían que aprovechar su posición para dar voz a las reivindicaciones de sus conciudadanos más desfavorecidos. Tenían que hacer alguna cosa para ayudar, así que, además de contribuir con la caja de resistencia de los trabajadores portuarios, cogieron unas camisetas rojas e hicieron que estamparan en ellas la inscripción “500 Liverpool dockers sacked since September 1995”, o lo que es lo mismo: “500 estibadores de Liverpool despedidos desde septiembre de 1995”.

“McManaman sugirió que no deberían mostrar la camiseta hasta el final del partido, cuando el gesto tendría el mismo alcance, pero no sería tan fácilmente perseguible por las autoridades futbolísticas como si se producía durante el juego. Y en eso quedaron”, cuenta Alfredo Relaño en 366 historias del fútbol mundial que deberías saber. Ciertamente, el plan era llevar la camiseta en cuestión por debajo de la del Liverpool y mostrarla tras el pitido final, pero la personalidad impredecible e incontrolable de Fowler alteró el guion. En el minuto 77, con 2-0 en el marcador y la eliminatoria ya resuelta a favor de los reds, el ‘9’ local recibió una buena asistencia del noruego Stig Inge Bjørnebye y, desde la frontal del área pequeña, anotó su segundo tanto del encuentro con un chut raso y cruzado.

Fue entonces cuando llegó el momento cumbre de la noche. Fowler no podía esperar más, así que, con una asombrosa tranquilidad y con el rostro excepcionalmente serio, se plantó delante de los 40.326 aficionados que llenaban las graderías de Anfield, se levantó la elástica del Liverpool y descubrió el mensaje de apoyo a los estibadores de los muelles del río Mersey. Consciente de la trascendencia de su acción, Robbie les regaló todo el tiempo del mundo a los atónitos fotógrafos para que pudieran inmortalizar una escena que le encumbró a la categoría de héroe para la working class de la ciudad de los Beatles. Y es que, en definitiva, él era un habitante más de ese Liverpool deprimido, obrero y laborista de la década de los 90. El fútbol le había concedido otro estatus social, pero él nunca había dejado de ser un chico de barrio.

Como no podía suceder de otra forma tratándose de Robbie Fowler, “la imagen provocó un gran escándalo”, recuerda Relaño. Y añade: “A algunos les pareció bien que un jugador se pronunciara así en respaldo de los desfavorecidos. Para otros, se había tratado de un acto inoportuno”. Entre los segundos, además de quienes reproducen constantemente aquello de que el fútbol no se puede mezclar con la política, estuvieron Calvin Klein, que amenazó con emprender acciones legales contra Fowler y contra el club de Anfield Road porque la tipografía de la camiseta jugaba con el conocido logo de la marca; el propio Liverpool, que prohibió a sus jugadores cualquier tipo de reivindicación dentro de los terrenos de juego; y la UEFA, que sancionó al delantero con una multa de 2.000 francos suizos alegando que los estadios de fútbol no eran el sitio más adecuado para mostrar ideologías. “Resultó extraño y algo antideportivo”, arrancaba el comunicado con el que el máximo organismo del balompié europeo, siempre tan incapaz de adecuarse a los contextos políticos concretos, anunciaba el castigo al futbolista británico, el mismo que justo el día antes había recibido un mensaje de felicitación de la FIFA por la honradez que había mostrado en un encuentro contra el Arsenal en el que erró un penalti cometido sobre él mismo porque consideró que no era tal. En aquella ocasión, el atacante del Liverpool, que en un solo día pasó de ser un referente de buena conducta para la FIFA a ser un mal ejemplo para la UEFA, trató de convencer al colegiado para que cambiara su decisión, pero al ver que no lo conseguiría optó por chutar flojo y con desgana.

Con todo, a pesar de que las continuas polémicas ensombrecieron la trayectoria de Robbie Fowler, la celebración de aquel tanto contra el SK Brann -la segunda más recordada de una lista inacabable en la que destaca la que hizo en un derbi contra el Everton en el que simuló que esnifaba una línea del campo como si fuera una raya de cocaína con la intención de dejar en evidencia a los aficionados toffee que le tildaban de drogadicto- quedó grabada en la memoria colectiva de Liverpool. “En aquella época estaban perdiendo sus puestos de trabajo y había muchas huelgas. Tenía ganas de mandarles mi ánimo porque creía que no estaban teniendo la cobertura informativa que merecían. Quizá no les ayudé a largo plazo, pero puse sus problemas sobre la mesa cuando nadie hablaba de ellos. Con lo expuestos que estamos mediáticamente, nuestra obligación es echar una mano cuando la gente lo necesita”, aseguró el exfutbolista del Liverpool en 2010, restando mérito a lo que él y Steve McManaman, que mostró su camiseta reivindicativa cuando acabó el encuentro, hicieron en aquel lejano 20 de marzo de 1997, el día en el que ambos demostraron que los futbolistas de élite también pueden ser seres con consciencia social y con inquietudes, seres que se preocupan por el mundo que les rodea y que les trata como dioses.