“Cuando era pequeño solía pensar que después de Tamudo no habría nadie más”. Así inicia uno de los cánticos de moda del Estadio de Cornellá-El Prat. Fue irse el ’23’ del Espanyol y un tremendo vacío se instaló en los corazones pericos. Habían perdido a su gran ídolo, al máximo goleador de su historia. Palabras mayores. ¿Quién sería ahora el astuto artillero capaz de robarle ese balón al Toni de turno para llevarse una Copa del Rey? ¿Qué futbolista podría ponerse al equipo a sus espaldas para plantarse en una final de la Copa de la UEFA? ¿O quién callaría a los culés en un derbi? Pasaron años sin respuestas, sin líderes a los que fiar la vida y las emociones de los miles de pericos que quieren volver a sentir todo aquello.

Sí, ha habido Osvaldos, Sergio Garcías, Stuanis u otros delanteros que han dado la talla a lo largo de su estancia en el Espanyol, pero no era lo mismo. Daba la sensación de que, por muchos goles, por muchas victorias o por tantas noches de ensueño que hicieran vibrar a la gente en Cornellá, nadie llegaría nunca a ser para los aficionados lo que en su día fue Raúl Tamudo. No tenían ese ‘qué-se-yo’ que hacía diferente al artillero de Santa Coloma. Luchar cada balón como si fuera el último, buscarse mil y una aventuras para tener una ocasión ante la meta rival o batallar contra tierra, mar y aire para marcar un gol. Y todo eso, hacerlo simple y básicamente porque jugaba con la camiseta del Espanyol. Con la camiseta que deseó vestir siempre, esa que amaba desde que no levantaba un palmo del suelo.

Tras años en busca de un nuevo ídolo al que profesar devoción, cada vez parece más evidente que sí existe vida después de Tamudo y la espera, aunque larga, ha acabado siendo recompensada con otro futbolista perico al que admirar. Han cambiado Santa Coloma de Gramanet por Santa Perpetua de Moguda; a un chico curtido con cesiones al Alavés y al Lleida por otro que tuvo que ir al Madrigal para crecer lejos de la que siempre fue su casa; y, por último, las camisetas de la afición han dejado de llevar el ’23’ detrás y han pasado a lucir el ‘7’. Las ovaciones que en su día en el Estadio de Montjuïc brindó a Raúl Tamudo, ahora las recibe Gerard Moreno en el Estadio de Cornellá-El Prat.

 

No le importó dejar un sitio que siempre mira a Europa para volver a casa, donde el Viejo Continente es, a día de hoy, un sueño que se observa aún lejano

 

El nuevo ídolo perico llegó a la cantera del Espanyol con solo nueve años. En edad de cadete tuvo que marcharse al Badalona por falta de minutos y en categoría juvenil el Villarreal llamó a la puerta para llevárselo a su fútbol formativo. El submarino amarillo fue el club que le dio la oportunidad de llegar a la élite del fútbol profesional, pero de su mente nunca había salido la idea de triunfar en el club de sus amores. En 2015, cuando la opción de regresar al Espanyol se puso sobre la mesa, Gerard no lo pensó ni un segundo: “Era volver a casa, era algo muy bonito. Es un club único, con historia, es un sentimiento que se lleva dentro”. No le importó dejar un sitio que siempre mira a Europa para volver a casa, donde el Viejo Continente es, a día de hoy, un sueño que se observa aún lejano. Este gesto, en los tiempos que corren en el planeta futbolístico, dice mucho de él.

Desde su vuelta al Espanyol, los números y las prestaciones del delantero catalán han mejorado año tras año. Si en el primer curso cerró su cuenta anotadora con siete tantos en La Liga, el siguiente mejoró sus cifras hasta los 13 goles y este año ya lleva una decena con aún un tercio de la temporada por disputarse. Y no solo las estadísticas avalan su buen rendimiento, porque Gerard Moreno se ha convertido en la referencia del Espanyol en el césped, el eje sobre el que se mueve todo el equipo cuando toca ir al ataque. “Se nos agotan los elogios para él, no sólo porque haya marcado un gol importante para el futuro del equipo sino por lo que representa. Es un chico muy comprometido, que ordena al equipo desde arriba y es importante en todas las facetas del juego”, dijo sobre el ‘7’ perico Quique Sánchez Flores tras la exhibición del delantero en Balaídos ante el Celta. Por ello, por su personalidad sobre el césped, por ser bueno yendo al espacio, por su habilidad para jugar entre líneas y por el sacrificio que muestra en cada combate, no sorprende que algunos ya le planteen como una de las opciones que podría barajar entre manos Julen Lopetegui para el Mundial de Rusia.

Y a todo su potencial como futbolista, se le suma su amor incondicional por el Espanyol. El último derbi catalán es un claro ejemplo de ello. En el Espanyol-Barcelona se revivió la tensión existente en los tiempos de Tamudo y Gerard protagonizó su enésima demostración de que lleva el escudo en el corazón. Primero, con un testarazo y una celebración impecables. Después, con una acción que acabó por calentar el duelo. Le salió la vena de aficionado y propinó un patadón al archienemigo de los suyos. “Uno di noi”, pensó la hinchada perica. El resto de aficionados al deporte rey, incluso los culés -quiero imaginar-, debieron entender que esto es fútbol, y si hay que darle un ‘palo’ al tío que te acaba de aguar la fiesta con un gol callando a los tuyos, pues se le da. La magia de un derbi, supongo.

Por cierto, ese cántico del que os hablaba al principio, obviamente, acaba así: “Máximo goleador, perico y catalán, se llama Gerard Moreno y lleva el ‘7’ detrás”. La afición blanquiazul lo tiene claro: el ‘nuevo Raúl’ ya ha llegado.