Decrepitud es una palabra muy fea. Hay que tener cuidado con ella. Si la buscas en el diccionario, recomiendo que tengas un cuchillo a mano, por si salta de la página y se te echa encima. No te fíes. Es sombría, peligrosa. Hay vocablos así. Que si los rozas, raspan. Que si te acercas, apestan. Demonios en miniatura, con cada consonante perfectamente afilada, como si estuvieran puestas ahí para que doliera pronunciarlas. Cuanto menos te relaciones con ellas, me refiero, mucho mejor para ti.

Un jugador de fútbol se pasa toda su carrera huyendo de palabras desagradables. Por cómo suenan y por lo que significan. Lesión. Derrota. Tarjeta. Banquillo. Falta. Travesaño. Las hay a patadas, y si no quieres verte en apuros, lo mejor es esquivarlas como si fueran contrincantes. Todas pueden joderte en cualquier instante, pero ninguna intimida tanto como ella: decrepitud. Seguramente porque ese mal bicho de diez letras sugiere que ya se empieza a insinuar el final de alguna cosa. Y los finales, como el propio término indica, son irreversibles.

Un futbolista puede salir de la enfermería, puede reaparecer tras una sanción o puede recuperar la titularidad, pero lo que no puede hacer jamás es detener su decadencia. Lo sabe porque se lo han contado toda la vida. Lo sabe porque lo han visto sus ojos: cuántos compañeros se han hundido en el fango del declive, arrastrados por la edad y las cicatrices del cuerpo. Una vez ya has puesto un pie en ese charco, estás frito. No hay billete de vuelta para ese viaje al ocaso.

Por eso quieren retrasarlo al máximo. Porque saben que si los frenos fallan, se acabó la película. Aunque para eso también hay que tener talento. No un talento cualquiera. No el que necesitas para controlar un balón imposible, no el que exprimes para disparar al ángulo. Para ellos ya ha habido margen. Ahora requieres de una cualidad incorpórea, una suerte de estado de ánimo, liviano y sereno, que te permita surfear la ola del tiempo sin perder el equilibrio. Una armonía letal, imperturbable. No llega a la retirada más tarde el que menos la desea, sino el que logra vivir en paz con su amenaza.

Terence Rattigan se resumía a sí mismo del siguiente modo: “Creo en la pasión, creo en el honor, creo en la alegría, creo en el coraje, y aspiro a conseguir algún día lo más difícil: la elegancia bajo presión”. Tener 40 años y decidir un partido de Primera División con un pase tuyo, estando el árbitro a punto de parar el reloj y después de esprintar hasta la linea de fondo, se parece bastante a alcanzar esa cima a la que se refería el dramaturgo británico.

 


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Fotografía de Cordon.