Valencia Club de Fútbol y Mestalla, Mestalla y Valencia Club de Fútbol. Probablemente esta sea la relación más ininteligible que haya en el fútbol español. La afición mira al equipo y le ve como ese amor de toda la vida, el de los de verdad, ese que llega al corazón cada vez que pronuncias su nombre. Le quiere y le ama sobre todas las cosas. Pero también le exige y le abronca cuando los resultados no llegan, cuando el gol no entra, cuando no ven ese espíritu competitivo que se les pide jornada tras jornada. A veces, te paras a pensar en ello y te preguntas el porqué de esta sobreexigencia hacia los suyos. No tiene a los mejores jugadores, ni su presupuesto puede optar a tenerlos en el panorama actual. No tiene la masa social de los mejores clubes de Europa y su historia tampoco viene acompañada de títulos a mansalva.

Cierto es que la situación del valencianismo no es igual a la más reciente. Se ha superado la inestabilidad social y deportiva y los aficionados vuelven a ver al club en el lugar que le corresponde. Pero hace no mucho, en tiempos de Unai Emery, Mestalla abucheaba y silbaba a una plantilla que vivía asentada como la tercera en discordia de la Liga, solo por detrás de dos gigantes como Real Madrid y Barcelona. Como si verse el primero de los equipos ‘mortales’ de nuestro fútbol durante tres años consecutivos fuera poco. Eso sí, si tiramos la vista un poco más atrás en el tiempo, un poco más allá de Quique Sánchez Flores y Ronald Koeman, encontraremos esos años en los que Valencia y Mestalla vivían la época más gloriosa de su historia. El chirriante viento que hace un tiempo salía de los labios de la afición ché no existía, y los aplausos y la harmonía se paseaban por la Capital del Turia.

EL ASENTAMIENTO 

piojoClaudio Ranieri, con su llegada al club en 1997, construyó los pilares sobre los que el Valencia escribiría su particular cuento de hadas a inicios del nuevo siglo. La Copa del Rey de 1999, con un 6-0 incluido al Real Madrid en semifinales, y la clasificación para la primera participación del club en la actual Champions League fueron el preludio de los éxitos que aún estaban por llegar y que, ni por asomo, entraban en los mejores sueños del valencianismo. La irrupción de Gaizka Mendieta, la sobriedad defensiva y la dupla de ataque formada por Adrian Ilie y el ‘Piojo’ López, ese argentino que parecía llegar al Camp Nou en albornoz y zapatillas y que tantas noches fastidió a Louis van Gaal, iniciaron un camino hacia el éxito que pronto recogería sus frutos.

Tras un año y medio en Mestalla, el técnico romano se despedía del Valencia con el primer título para el club después de dos décadas de vacío y con una idea de juego que caló hondo. Ese Valencia era un equipo duro y aguerrido, trabajado defensivamente hasta llevar al desquicio más absoluto a los delanteros rivales y con una facilidad asombrosa para buscar los espacios a la espalda de la zaga rival con rápidas transiciones hacia el ataque. Héctor Cúper recogió el testigo y no varió en el planteamiento, sino todo lo contrario, lo llevó casi hasta su plenitud. En los dos cursos del entrenador argentino al frente del equipo también llegaron a Mestalla algunos de los futuros ídolos de la afición. Se reforzó la defensa con Mauricio Pellegrino y Roberto Fabián Ayala, Rubén Baraja potenció el centro del campo, el ‘Kily’ González se hizo amo y señor de la banda zurda y un jovencísimo Pablo Aimar se convertía en la incorporación más cara que había realizado nunca la entidad para liderar los éxitos venideros con su magia y talento desde la media punta.

 

El ciclo de Rafa Benítez al frente del Valencia llegó a su fin en la 2003/04 y se despidió de la ciudad levantina con un curso para la historia

 

Las incorporaciones dotaron de un salto de calidad al equipo, pero dicen que para saborear las mieles del triunfo, primero debes pasar por el fracaso y ese Valencia no fue una excepción. Llegaron dos derrotas consecutivas en finales de la Champions League, dos batallas perdidas ante Real Madrid y Bayern de Múnich difíciles de digerir. Y sendos mazazos no vinieron solos, les acompañó el adiós de Héctor Cúper y del capitán Gaizka Mendieta. Ambos ponían rumbo al calcio, Cúper para dirigir al Inter de Milán y Mendieta para reencontrarse con el ‘Piojo’ en la Lazio. Demasiados palos de golpe, sin piedad ni compasión por un equipo que ya competía en todos los títulos que disputaba. Esa masacre debilitaría a cualquiera, pero el Valencia creyó, no se sabe en qué o en quién, pero creyó.

LA ERA BENÍTEZ

El inicio de la temporada 2001/02 llegaba cargado de novedades. El Real Madrid plagado de estrellas con el que soñaba un incipiente Florentino Pérez en la presidencia sumaba su segundo ‘galáctico’ con el fichaje de Zinedine Zidane. Mientras, desde Barcelona seguían buscando reconducir la gestión de la plantilla después de la fuga de Luis Figo al eterno rival y se hacía con Javier Saviola. A Valencia llegaba un desconocido Rafa Benítez para ocupar el banquillo de Mestalla, con un currículum igualado a pros y contras. Ascensos a Primera con Extremadura y Tenerife, pero también descensos en sus etapas en Osasuna y Valladolid.

Pocos creían en la candidatura del Valencia a llevarse el campeonato liguero. 31 años hacía ya de la última vez que el trofeo de la Liga llegaba al Turia, en tiempos de Alfredo Di Stéfano al frente del equipo. El irregular comienzo de los de Benítez, marcado por la ‘media inglesa’ de ganar en casa y empatar lejos de Mestalla, les situó en octava posición cuando el curso se acercaba a su ecuador. Fue a partir de una remontada en Montjuïc frente al Espanyol, a falta de dos encuentros para acabar la primera vuelta y tras cinco partidos sin sumar los tres puntos, cuando ese Valencia se desató y esos triunfos que se le resistían como visitante se transformaron en constantes victorias. La Rosaleda recibía al conjunto blanquinegro en la penúltima jornada. Una victoria contra el Málaga separaba al Valencia de la gloria, daba igual si en ese partido o en el siguiente ante el Betis, y el equipo no quiso demorar la explosión de alegría en Valencia, los goles de Roberto Fabián Ayala y Fabio Aurelio devolvían al club a la senda del éxito.

Rafa Benítez había conseguido armar un equipo sumamente equilibrado. La robustez defensiva era el primer concepto a seguir, y si a eso le sumas la pareja Pellegrino-Ayala el éxito está asegurado. Delante de los argentinos, otra dupla para el recuerdo valencianista, David Albelda se encargaba de la destrucción para dejar en las manos de su fiel compañero Rubén Baraja la distribución del equipo, la batuta para conectar con los hombres de arriba. En tres cuartos aparecía la magia del imberbe Pablito Aimar, flanqueado en los extremos por futbolistas de desborde, velocidad y atrevimiento como el ‘Kily’, Vicente Rodríguez en su plenitud futbolística y Francisco Rufete. El objetivo del gol, la tarea de los Mista, Angulo, John Carew, Adrian Ilie o Salva Ballesta, estaba bien acompañado por los  jugadores que llegaban de segunda línea. Ese Valencia no tenía un artillero destacado hasta el último año de Benítez, cuando Mista se hinchó a enviar balones a la red.

El segundo curso de esa maravillosa etapa estuvo marcado por la escasez de refuerzos, que fue un habitual en esos años, aunque entendible con el bloque que se había formado. Por otra parte, la aglomeración de partidos en el tramo decisivo de la temporada también fue una de las claves del bajo rendimiento de la plantilla a partir de febrero con el retorno de la segunda fase de grupos de la Champions League. En el segundo tramo la plantilla fue desinflándose y se quedó a un punto de entrar en la máxima competición europea, de la que había sido apeado ese año por el Inter de Milán del conocido Héctor Cúper, que repetía como bestia negra valencianista después de haber eliminado a los chés en la Copa de la UEFA el año anterior.

El ciclo de Rafa Benítez al frente del Valencia llegó a su fin en la 2003/04 y se despidió de la ciudad levantina con un curso para la historia. Desde el primer momento se mostraron regulares en Liga en una lucha constante con el Real Madrid por liderar la clasificación hasta que en la recta final del campeonato una derrota del Real Madrid en casa ante Osasuna provocó un descenso blanco en caída libre hasta el cuarto puesto, dejándole la liga encarrilada al Valencia. En la Copa de la UEFA el Valencia se mostró tan o más intratable que en la competición doméstica y AIK Solna, Maccabi Haifa, Besiktas, Genclerbirligi, Girondins de Bordeaux y Villarreal fueron cayendo uno a uno hasta que el Valencia se plantó, de nuevo, en una final europea. Esta vez no eran París ni Milán, era el turno de Goteborg; tampoco se disputaría en el Stade de France ni en San Siro, donde aún resuenan las lágrimas de Santiago Cañizares tras verse derrotado en 2001, jugarían en el Gamla Ullevi; y no se verían ante Real Madrid o Bayern de Múnich, el rival era el Olympique de Marsella. Esta vez sí, a la tercera fue la vencida, y la mejor generación que haya dado Mestalla levantó otro título europeo para la entidad cuando el recuerdo de la hazaña de la Recopa de Europa lograda en 1980 era ya cada vez más borroso.

Ese partido fue el punto y final de esta bonita historia. Rafa Benítez hizo las maletas hacia la ciudad de los Beatles para levantar la ‘orejona’ al año siguiente y los héroes que consiguieron hacer grande a ese Valencia fueron abandonando poco a poco Mestalla, sabedores de que sus mejores días en el club ya habían pasado. Hubo victorias y derrotas, agónicas y tristes finales de Champions League, una competencia de tú a tú por los títulos con Real Madrid, Barcelona, Deportivo o quien estuviera enfrente y, sobre todo, un estilo y una idea que reinaron en un Valencia campeón. Qué tiempos aquellos, valencianistas.