La desaparición de un estadio acarrea una especie de desgarro emocional. Para los aficionados al fútbol, perder de un día para otro el hogar al que acuden con minuciosa disciplina cada dos semanas supone un shock traumático. Pero no todo es negro. Hay un reflejo parecido a una luz en la base del pozo. Desprenderse de alguien o de algo también nos fuerza a acometer algunos retos hermosos, aunque no por ello menos dolorosos, como por ejemplo el de mirar atrás. Cuando algo se va, y se pierde a nuestras espaldas, no hay otra que girar al cuello. Las despedidas desempolvan el pasado, lo esclarecen. Nos vemos obligados a pasar el trapo por la superficie de nuestra memoria. A recordar.

Y eso nunca está mal del todo. Con el adiós de White Hart Lane, que empezó a ser demolido este 15 de mayo, solo unas horas después de acoger su último encuentro, en la cabeza de los seguidores del Tottenham volvieron a relumbrar con intensidad los relatos que tejieron la celebridad de su ya antiguo feudo. Entre todos ellos, hubo uno que no podía pasarles por alto, y que partía del nombre y el apellido de un futbolista: John White. Este pequeño extremo escocés volvió a aparecérseles en la memoria, de la misma manera que ya lo había hecho en muchos partidos de las últimas décadas, cuando el cielo que se levantaba sobre las gradas del campo se condensaba y se ponía a crujir, dibujando rayos y nubarrones, y unos hinchas se decían a los otros: “Hoy jugamos con doce, The Ghost acaba de llegar”.

Se lo conocía así por su forma de desenvolverse sobre el terreno de juego. Lo definía Danny Blanchflower, capitán del equipo de los ‘spurs’ de principios de los sesenta, del que White ya empezaba a ser una de sus principales referencias: “Aparecía y desaparecía cómo y cuándo quería. Era tan rápido que parecía invisible. A veces creías que no lo veías, pero siempre estaba ahí”. En apariencia frágil y quebradizo, aquel chico recién llegado a Londres hacía de la debilidad física su gran ventaja. Sus rivales tenían serios problemas para frenarle; era como intentar atrapar el aire con la mano. Cuando se querían dar cuenta, algo impreciso ya les había dejado el balón lejos de su alcance. Un espejismo. Un fantasma.

 

Sus rivales tenían serios problemas para frenarle; era como intentar atrapar el aire con la mano. Cuando se querían dar cuenta, algo impreciso ya les había dejado el balón lejos de su alcance. Un espejismo. Un fantasma

 

Precisamente ese aspecto endeble, que le acercaba más a una figurita de arcilla que a un atleta, fue el que frustró sus primeros intentos de recalar en un grande (se dice que el Rangers le rechazó en más de una decena de ocasiones). Hasta que llegó el Tottenham y puso 20.000 libras sobre la mesa para arrebatárselo al Falkirk de la Scottish Football League. Al principio, pocos lo entendieron. ¿Qué habían visto en él? Aunque la duda no tardó en evaporarse. White demostró en el verde que era un valor en alza, un talento fiable sobre el que construir el futuro de cualquier entidad.

De hecho, en esos tiempos el Tottenham podía presumir de tener una de las mejores plantillas de todo el continente. En el mismo vestuario al que aterrizó White, también se ataban los cordones de las botas Cliff Jones, Jimmy Graves o el propio Blanchflower. Juntos consiguieron cosas increíbles. Descorcharon una de las épocas más felices de la historia del club. Levantaron ligas y copas, establecieron récords de puntos y de goles anotados que en pleno siglo XX se suponían inalcanzables, e incluso se concedieron un homenaje al convertirse en el primer conjunto inglés que se adjudicaba un trofeo europeo, con la Recopa que le ganaron al Atlético en De Kuip. En aquel ir y venir de títulos y postales para el recuerdo, White desempeñaba un papel clave; con él vestido de blanco, su equipo jamás bajó de la cuarta plaza; en los 15 partidos en los que causó baja, sus compañeros tan solo se alzaron con la victoria en uno.

Era una carta sagrada. La silueta a la que acudían los ojos de los hinchas para sentirse a salvo. Y lo mejor: acababa de cumplir los 27 años. Una excusa perfecta para pensar que, pese a que el presente ya era esplendoroso, lo más excitante todavía podía estar por llegar.

Su leyenda, sin embargo, se cerró bruscamente. Y de la ilusión se pasó al drama. Los hechos tuvieron lugar el 21 de julio de 1964, en el campo de golf de Crew Hill, donde White acudió junto a varios amigos para practicar con el palo, otra de sus aficiones. Justo cuando estaban terminando el recorrido, comenzó a llover. En breves quedó claro que aquello no serían cuatro gotas pasajeras. Estalló la tormenta. Todos huyeron en busca de refugio. Todos menos uno, él, que pese al temporal decidió terminar los 18 hoyos. Cuando el asunto se puso feo de verdad, corrió hacia un árbol para protegerse. Allí le estaba esperando su mala suerte. Un relámpago cayó en picado contra la copa, originó la descarga y se llevó la vida del futbolista a otra parte.

Mucho tiempo después, Rob, uno de sus hijos, cuenta que se desplazó a Glasgow para ver un encuentro entre Escocia e Italia. En la víspera del choque, fue a pedirse una pinta al bar. En la barra entabló conversación con un tipo que también se predisponía a seguir el duelo. Intercambiaron un par de comentarios, a modo de peloteo, y entonces Rob dejó caer que su padre había defendido la camiseta de una de esas dos selecciones. Cuando aquel señor le preguntó por el nombre su progenitor, respondió sin pestañear: “John White”. Tras las palabras se abrió paso un silencio abismal, expectante. Era como si alguien acabara de pegar un tiro al techo. El desconocido, lentamente, levantó el culo del asiento y se colocó el abrigo debajo del brazo. Antes de salir disparado por la puerta, aclaró con un hilo de voz que necesitaba marcharse a casa para llamar a su amigos y contarles que acababa de conocer al hijo del fantasma de White Hart Lane.