En el patio del colegio había gente para todo. Media hora, o una, donde mates, caste, socis, natus y demás abreviaciones quedaban en un segundo plano. Tercero, incluso. Borradísimos del mapa, de hecho. Por un rato los profesores desaparecían de la ecuación, no había horarios ni obligaciones, éramos nosotros los amos de nuestro destino. Y, claro, en esas, pues cada uno tira hacia donde le apetece. Había quienes se ponían detrás de un árbol a darle las primeras caladas al cigarrillo que se encontraban en un cajón de casa. A otros les daba por seguir estudiando, avanzando o recuperando materia, depende de lo implicados que estuvieran en clase. Algunos hablaban de la vida. Según quienes jugaban a las cartas. También estaban los del ping pong. Los que jugaban al fútbol, por supuesto. Pero siempre faltaba uno. Nunca hubo quienes quisieran ser porteros. Nadie deseaba pasarse el tiempo de descanso encajonado entre tres palos viendo a los del B ganar a los del A. Porque siempre ganaban los del B. ¿Recibir balonazos, culpas por goles evitables, sumar rascadas, descosidos en los pantalones? No, gracias. Que se ponga otro.

Y ahí empezaba uno de los mayores temores de cualquier niño en el patio del colegio. Cuando el partido estaba dispuesto a arrancar, en todo colegio habido y por haber, siempre había un niño, solía ser el más grandote, el que más fuerte chutaba, el que más imponía, que soltaba un grito de guerra: “¡El último que toque el palo se mete!”. Era el pistoletazo de salida de los 100 metros lisos, aquello se convertía en una carrera por tu salvación y gloria. Ser el último era la única condena. Ser penúltimo, menos cuando la diferencia de tiempo con el siguiente era justísima y aparecía el VAR y discusiones, era como quedar primero. O mejor. Porque te salvabas de una buena por los pelos. El truco era conocérselo, ser avispado y estar rondando la portería desde el primer momento. Así veías la carrera de tus compañeros de clase desde la mejor de las posiciones, tú ya habías tocado el palo y los demás venían en tromba hacia ti. Sus caras eran un poema, una llamada de socorro. Tensión, adrenalina, emoción, lo que queráis. Pero lo único que no querían era acabar viéndolo todo desde atrás. Nadie quería eso. Ni el que jugaba de portero en su equipo de fútbol. Porque, ya que tenía la oportunidad, podía escapar de ahí por un rato y disfrutar de probar la elástica de Ronaldinho, aquel pase al hueco de Guti, ese regate al portero, pobre, de Ronaldo.

 

El regreso al patio del colegio solo podía verse reflejado en África, tierra de caos, de sueños, de esperanza, de disparates. Como el que dejó a Islas Comoras sin portero en el torneo

 

Todos pasamos en un momento por la portería. Hubo un día en el que nos empanamos y aquella carrera de 100 metros lisos la arrancamos a 200 metros, desde la otra punta del patio, imposible huir de la condena. Tocaba ser portero hasta que te marcaran un gol y que volvieran todos corriendo como una manada hacia la portería para no ser los siguientes enjaulados. Eso sí, no se valía dejarse marcar, que sino te ‘castigaban’ y te quedabas ahí lo que quedaba de recreo. La libertad tenías que ganártela. De entre esas rejas solo se salía por buena conducta.

Estos recuerdos han vuelto después de que el time line de Twitter se inundase de menciones a un tipo de las Islas Comoras. Un lateral de las Islas Comoras, precisamente. Por haber jugado unos octavos de final de la Copa África, ante Camerún, con guantes y bajo palos, cuando está acostumbrado a proteger el carril de la zaga y proyectarse cuando puede en ataque. El regreso al patio del colegio solo podía verse reflejado en África, tierra de caos, de sueños, de esperanza, de disparates. Como el que dejó a Islas Comoras sin portero por culpa de dos casos de Covid y una lesión de sus guardametas; después de sorprender a todo un país, qué digo, a todo un continente, qué digo, a todo el mundo, clasificándose para los octavos de final. Solo podía pasar en África, claro. Y gracias a Chaker Alhadhur volvimos a recordar qué era meterse debajo de una portería cuando no estás acostumbrado a hacerlo. Él se salió, paró todo lo que pudo y, pese a caer eliminado, quizá nos hizo entender que no estaba tan mal ser el último en tocar el palo, al menos estabas jugando al fútbol con tus amigos y tampoco era para tanto.

 


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Fotografía de Imago.