El Liverpool llevaba años siendo una fiesta a la que todos acudían. Como la de Truman Capote. Pero la temporada pasada se partió el altavoz. El tiempo se detuvo, se miraron unos a otros. Se les tildó de malos campeones. Ellos mismos se creyeron impostores por llevar por toda Europa el ritmo satánico de los Rolling Stones habiendo nacido en la cuna de los Beatles, que les tocaba ser buenos chicos y que aquel rock and roll les alejaba de sus orígenes. La lesión de Van Dijk fueron las luces que se abren en la discoteca al final de la noche: a medio camino entre la incongruencia y la realidad. Cuando la única verdad que aflora es el no es lo que parece. Aunque esa vez no lo fue.

En las paredes de Anfield hay restos de metralla, pese a que el You’ll Never Walk Alone intente presentar un equipo amable y amigable. Durante el legado de Klopp, su equipo ha ido camaleonizándose. “Tengo poca cultura musical, no sé qué es el heavy metal”, respondió Marcelo Bielsa cuando le preguntaron sobre el fútbol de los de rojo. El Liverpool se pasó el juego de las chaquetas de cuero y guitarras eléctricas al levantar la Champions League en Madrid. Ahora busca nuevas formas sin abandonar ni abandonarse a su esencia. Como cuando Kase.O se pasó al jazz. Tienen esa licencia porque ya han tocado el cielo. Alexander-Arnold ha mutado a un lateral con el ’10’ a la espalda, a Thiago se le sigue esperando como una nueva cara del dado, Diogo Jota tutea a Firmino y Van Dijk se ha transformado en El guardián entre el centeno. Lo que no ha cambiado es Salah, el encargado de que siga sonando ese Ringui Dingui.

Pocos piensan en el egipcio porque el Liverpool no ha sacado nuevo disco. Lejos parecen quedar los despampanantes carteles veraniegos del Chelsea con Lukaku, del Manchester City con Grealish o del United con Cristiano Ronaldo. Ninguno de ellos está comiendo en la mesa de Salah. A cada balón que toca comprime el tiempo en el minuto del soldado que Thomas Shelby explicaba así: “en una batalla, eso es todo lo que tienes. Un minuto, todo es a la vez. Y todo lo de antes no es nada. Todo lo que ha de venir no es nada. Nada en comparación a este minuto único”.

 

Después de cumplir con todos tus objetivos en la vida solo queda seguir callejeando por ella con cierta maestría

 

Después de cumplir con todos tus objetivos en la vida solo queda seguir callejeando por ella con cierta maestría. O al menos es lo que nos viene contando Kase.O: “Puedes verme repartiendo arte, porque esa es mi cualidad / Te llevo de lo cotidiano a otra realidad / Al estado de la incierta forma / Territorio en el que habito cuando todos duermen”. Repartiendo arte llegaron los últimos goles de Salah, sus particulares minutos como soldado. Cuando Messi no era más que un extremo desacomplejado con el ’30’ a la espalda, mi padre solía decirme que parecía que Leo siempre buscara ir hacia las zonas donde había más defensas para “hacerlo más bonito”. El egipcio, con sus goles ante Manchester City y Watford, hizo lo mismo.

Curtis Jones le entrega el balón a ‘Mo’ como se hacía en el patio de colegio, en el parque o allí donde giraba cualquier elemento medianamente esférico: buscando al bueno. Le salta un impetuoso Cancelo al que Salah elimina dándole la espalda. Una pisada, de las de Ricardinho, manda a Bernardo Silva a la lona, mientras que Phil Foden tan solo puede acompañarlo con la mirada. Al dejar atrás al trio ya tiene en su mente su siguiente movimiento. Sin llegar a fulminarle al verde, Salah disfraza a Laporte de Jerome Boateng en aquella noche de Leo en el Camp Nou. Suena de fondo “esto no para porque nadie lo para” del rapero de Zaragoza. El egipcio cierra la última barra ante un impotente Ederson. Contra el Watford lo hizo aún más bonito. Volvió a situarse entre tres defensores: en la jaula de Claudio Ranieri, solo los mejores escapistas pueden plantearse salir indemnes y con el balón. Salah acudió nuevamente a la pisada como respuesta, despidió a un par de defensas y al último le lanzó el anzuelo. Tumbó con un golpe de miedo las tambaleantes piernas de Cathcart e hizo sucumbir a Ben Foster con el último truco: congelándole. Mismo resultado: el ruido de la red y el clamor detrás de la portería.

Es un Liverpool distinto, pero Anfield vuelve a ser un lugar en el que reconciliarse con el fútbol más puro. Como en No es país para viejos, los de rojo matan sin preguntar. Las luces se apagan de nuevo y un tipo con el pelo alborotado pone los temas. Han vuelto los viejos ciegos con ganas de fiesta.

 


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Fotografía de Imago.