Antaño coto cerrado del futbolista británico, el dinero televisivo y la ley Bosman se han aliado en estos 20 años para transformar la liga inglesa en un melting pot balompédico. Tras Francia y Holanda, España constituye el tercer mercado en el que más fichan los ingleses: 59 futbolistas de nuestro país han disputado la Premier. Pero mucho antes de que se mudaran los Torres, Alonso o Reina, unos pocos pioneros ya hablaron inglés con acento español. Desembarcaron huyendo de los bombardeos de la Guerra Civil y el deporte les acogió. Antonio Gallego, fallecido esta semana, fue el último superviviente de aquella remesa de futbolistas exiliados.

Apenas una entrada en la Wikipedia; eso es todo lo que el inmenso buscador de Internet te devuelve cuando le preguntas por ‘José Gallego, footballer’. Nacido en Errenteria, Gipuzkoa, en 1923. Exiliado a los 14 años, poco antes de la caída de Bilbao en manos sublevadas. Acogido junto a miles de niños vascos en colonias diseminadas por toda Gran Bretaña. Habilidoso extremo, debutó en 1947 con el Brentford de segunda división. Fichado al año siguiente por el Southampton, también de Second. Lesionado de gravedad por un central del Barnsley, siguió jugando en equipos más modestos hasta retirarse en el Cambridge United. Después trabajó en una empresa de gas y se aficionó al golf.

He aquí un historial futbolístico estándar de un jugador promedio que casi nadie recuerda ya, ni siquiera la web. Sólo que José Gallego no fue un futbolista más: probablemente se trató del primer español que actuó en el fútbol profesional inglés. Un ancestro remoto, en condiciones infinitamente más duras, de los Xabi Alonso, Cesc Fàbregas, Mikel Arteta o Fernando Torres. La red no ofrece muchos más datos. ¿Seguirá vivo? ¿Será el suyo un caso único o hubo más futbolistas españoles antes de la Premier? Interrogantes que no parecen de fácil resolución y exigen regresar al periodismo de toda la vida: levantar el teléfono y preguntar. Sin embargo, las páginas amarillas de Cambridge no recogen a ningún abonado con el apellido Gallego. Y en el Cambridge United, su amable responsable de prensa se sorprende al oir que en su club jugó un español: “Es una época muy remota, no os podemos ayudar”, explica Claudine.

“Cuando Franco murió, solo lamenté no haberle matado yo. El sufrimiento que causó a mi familia…”

Entonces aparece otro hilo del que tirar: Emilio Aldecoa. Su caso está mejor documentado, porque gozó de una carrera profesional más larga, brillante y, sobre todo, cerca de casa. Aldecoa también formó parte de aquel contingente de niños que abandonó Euskadi escapando de un frente cada vez más próximo. Ya en las Islas, se hizo un pequeño nombre en el equipo de electricistas con el que jugaba y el mítico Wolverhampton se fijó en él. Pero corrían los años de la Segunda Guerra Mundial e Inglaterra en 1943, como España en 1937, bastante tenía con sobrevivir a los bombas; no era tiempo para fútbol. Sólo con el término de la contienda, Aldecoa fichó por el Coventry -equipo de una ciudad absolutamente arrasada por los nazis- y allí participó de la primera temporada oficial tras la guerra, la 46-47, en segunda división. Sus actuaciones obligaron al Athletic a repatriarlo y, de nuevo en Bilbao, aceleró su progresión e incluso disputó un partido con la selección española. Tras un breve paso por el Valladolid, Aldecoa recaló en el Barça de las Cinco Copas, donde apenas jugaría ecplisado por su coincidencia con otro fichaje: Ladislao Kubala.

Las historias de Aldecoa y José Gallego comenzaban a sonar interesantes, pero no permitían ningún progreso: tanto uno como otro murieron hace años. En ese momento, David Matthew Jones, un periodista de Cambridge, respondió una petición de ayuda en forma de correo electrónico: había encontrado a un Gallego en el censo de Cambridge. Y tenía su teléfono.

“I AM TONY GALLEGO”

“Tendrá que hablar más alto: justo hoy cumplo 88 años”, explicaba una voz tenue en un extraño castellano que mezcla los acentos vasco e inglés. Antonio Gallego, hermano de José y ex portero del Norwich, no esperaba recibir una llamada desde España. “Vengan a visitarme cuando quieran”.

A los pocos días, la conversación transcurría en un típico cuarto de estar británico: muebles sesenteros, moqueta con motivos florales en el suelo. Tony estaba en forma, a pesar de la edad: “En mis manos se puede ver que jugué de portero. Me fui rompiendo todos los dedos en distintos momentos de mi carrera”. Sentado en su sofá, bajo la suave luz que se cuela entre las persianas, Tony se preparaba para desentrañar la historia de aquellos pioneros españoles en Inglaterra.

“De pequeños, mi hermano y yo jugábamos a toda clase de deportes en Errenteria. Pero mi padre era muy socialista y cuando comenzó la guerra la cosa se puso fea. Mi madre tuvo que mandarnos al extranjero”. El plan era salir de Bilbao durante tres meses. Un periodo que en el caso de Tony se alargó tres cuartos de siglo. Después de superar un trayecto complicado -4.000 niños apiñados en el carguero Habana sobre un mar sembrado de submarinos nazis-, los dos chicos y tres de sus hermanas fueron trasladados a una colonia de niños vascos en las cercanías de Cambridge. El gobierno inglés hubiera preferido mantener su equidistancia con los dos bandos de la contienda, pero el bombardeo de Gernika generó tal indignación en la opinión pública que obligó al primer ministro, Stanley Baldwin, a permitir al menos la llegada de menores. Esa decisión salvó muchas vidas. Y, de rebote, generó un puñado de carreras futbolísticas.

gallego

“Mi hermano era un buen extremo derecho; zurdo, pero se manejaba bien con la pierna derecha”, evocaba Antonio. “Coincidimos un par de veces con Aldecoa, porque jugamos juntos en un equipo español que se organizó en Londres”. El balón, una vez más, sirvió como elemento de integración. “Yo cumplí 13 años nada más llegar, y no sabía nada de inglés. Lo primero que aprendí a decir fue pass. El fútbol era lo único que teníamos, nos ayudó a hacer amigos. Si no hubiese sido por el fútbol…”, rememoraba. Después de despuntar en un equipo local, los hermanos Gallego -ya convertidos en Joe y Tony- bifurcaron sus pasos: el mayor, probablemente con más aptitudes, fichó por el Brendford londinense mientras que el más pequeño aceptaba una oferta para defender la meta del Norwich. Ambos debutaron en 1947 en la Second Division inglesa, con apenas unos meses de diferencia. “Firmé un miércoles con el Norwich y el sábado me pusieron de titular contra el Bristol Rovers. Fue un paso muy grande”, explicaba. La Segunda Guerra Mundial ya había acabado: “Deseé que España se metiera en la guerra junto a los nazis para que los aliados derrotasen también a Franco. Pero no pasó”.

Tony creía que sus raíces vascas colaboraron en la rápida adaptación de aquella primigenia Spanish Armada de la que -además de Joe, Tony y Aldecoa formaron parte otros vascos en clubes modestos del balompié británico como Raimundo Pérez Lezama o José Bilbao. “El fútbol inglés era muy duro entonces. Por eso los vascos funcionamos tan bien en sus equipos. Y me encanta así, prefiero el juego de contacto que el tiki-taka“, bromeaba.

Cuando colgó los guantes, Tony siguió ganándose la vida con sus manos como vendedor de tabaco. Pero el fútbol le había convertido en una celebridad local, una nota éxotica en el Cambridge de posguerra (“la gente me reconocía por la calle; yo les saludaba por educación”, apuntaba con modestia). Su integración se aceleró cuando creó su propia familia, se hizo seguidor de un equipo inglés -el Tottenham- y animó a su nueva selección en Wembley en 1966, cuando Inglaterra se impuso en la final del Mundial contra Alemania -siempre Alemania-.

El final de la dictadura halló en Tony a un ciudadano británico, famoso en su comarca por su pasado como futbolista y con mujer e hijo ingleses. La política le había robado su país de origen y, tras décadas de exilio, renunció a recuperarlo. “Cuando Franco murió, solo lamenté no haberle matado yo. El sufrimiento que causó a mi familia…”, exclamaba. Los hermanos Gallego necesitaron diez años para sacar a su madre de España, y sólo lo lograron gracias a la Cruz Roja francesa. A su padre, en cambio, nunca lo pudo encontrar: “Sabemos que murió en el bombardeo de Gernika, pero no dónde está su cuerpo. No le hemos podido hacer un funeral”. Un portero no puede evitarlo todo.