Siempre se habla de lo especial que es el fútbol. Tiene algo que despierta emociones y sensaciones que solo se pueden describir cuando uno asiste a un terreno de juego. Ese gustillo, ese runrún que te recorre el cuerpo cuando tu equipo está a punto de marcar, es inédito. Si en Europa el fútbol ha pasado de ser un deporte de emociones a un negocio que genera millones de euros, en África nos encontramos otra realidad. El misticismo, la brujería y el vudú, práctica que se realiza de forma generalizada en el continente, son características de un pueblo que vive de otra forma el deporte rey. Muchos jugadores han nacido en la cuna de la humanidad, algunos se fueron a Europa y se convirtieron en leyendas, otros se quedaron. También hubieron algunos que se fueron pero aceptaron la llamada de la selección de sus padres, para honrarles a ellos y a sí mismos. En África puedes encontrar miles de historias, recuerdos de jugadores que tuvieron que vivir las desigualdades de un país que se liberó de las cadenas opresoras, pero mantuvo las instituciones y las deleznables costumbres europeas. Memorias de jugadores que se refugiaron en países vecinos por culpa de una guerra. Personajes que se alzaron muy alto en el Olimpo del fútbol pero que su destino les tenía reservado un infortunio terrible como la muerte. Jugadores como Robert Mensah, que acapara todo ese misticismo y toda esa mala suerte. Considerado uno de los mejores futbolistas de la historia de África, la de este arquero es una historia trágica y corta pero, aun así, digna de recordar.

Robert Mensah nació en Ghana, allá por el año 1939. Fue un jugador habilidoso bajo palos. Atajaba todos los balones que podía ante la desesperación y frustración de los rivales. Jugó la final de la Liga de Campeones de la CAF en 1967 con un resultado final de 3-3 entre el TP Mazembe de Zaire y el Asante Kotoko, equipo de este formidable guardameta. Una confusión en la notificación del partido de desempate proclamaría campeón al Mazembe debido a la no aparición del Asante. A pesar de aquella decepción, conseguiría ganar el trofeo en 1970, además de ser nombrado por la revista France Football como noveno mejor jugador africano, y en 1968 alzarse con su selección como subcampeón de la Copa de África, celebrada en Etiopía.

Lo más destacable de Mensah era su gorra de lana blanca que no se quitaba por nada del mundo mientras jugaba. Los rumores sobre aquel accesorio subían como la espuma, aunque el más sonado era que su abuelo, un antiguo brujo, había hechizado la prenda para proteger a su nieto y evitar que le marcasen goles. Otros lo achacaban a que Mensah había usado el yuyu, una especie de vudú, para encantar la gorra. Fuera como fuese, los rivales se la intentaron quitar de todas las formas posibles sin conseguirlo. El propio portero llegaba hasta las manos para proteger su preciado amuleto. Además de su gorra, Mensah era un jugador burlón, pícaro y provocador, llegando a cometer la osadía de leer un periódico en medio de un partido como muestra de su aburrimiento, algo que no sentaba bien entre el público rival. Se metía en líos, tanto fuera como dentro del campo, y esa actitud fue lo que provocó su muerte. En 1971, tras una discusión en un bar de la localidad de Tema, Robert Mensah fue apuñalado con una botella rota, trasladado a un hospital de la zona y finalmente falleció en la madrugada del 2 de noviembre. Cuando estaba en el punto más álgido de su carrera, perdió la vida de la forma más horrible. El que fuera su compañero, Ibrahim Sunday, declaró para un periódico local que Robert «era un gran arquero pero al mismo tiempo era un ‘buscapleitos’; no era muy disciplinado fuera de la cancha, pero atajaba bien. Fue su falta de disciplina la que provocó su muerte». En octubre de ese mismo año, Ghana sufría previamente una decepción al no clasificarse, por primera vez en su historia, para la Copa de África tras perder ante la humilde Togo. Los ghaneses no podrían ni imaginar que sufrirían otra pérdida, mayor si cabe. Hoy en día, sea un pequeño pueblo o una gran ciudad, la figura de Robert Mensah sigue viva en las mentes y los corazones de aquellos que pudieron verle o solo escucharon las historias de su tremenda habilidad. Dicen que hay una delgada línea entre la genialidad y la locura. Él es un ejemplo de ello. Porque, sin locura, puede que no haya genialidad.