“No te metas en ese jardín, Pedro. Hay momentos en los que es mejor dar un paso atrás”. El consejo de Marcelino García Toral, su viejo amigo, le hizo dudar. Pero a Pedro Menéndez Tomás le movía un deseo mucho más poderoso, el deseo de salvar al club de su vida.

En el verano de 2012, el Club Deportivo Lealtad era prácticamente un cadáver deportivo. Villaviciosa, un pueblo en la costa cantábrica -20 kilómetros al este de Gijón-, conocido por ser la capital de la sidra asturiana, estaba a punto de quedarse sin equipo. Estaba en Tercera División, pero al borde del descenso a Regional y con una deuda inasumible. Menéndez, maliayo de cuna (el gentilicio proviene de la época de Alfonso X el Sabio, que fundó y bautizó la villa con el nombre de Puebla de Maliayo), asumió el desafío de la presidencia como quien se sumerge sin oxígeno en medio del océano. A ver cómo sale uno vivo de ahí.

Pedro, ‘Pedrín’ para los amigos y, en general, para todos los que viven en Villaviciosa, se puso manos a la obra. “Al principio parecía que la deuda era de 90.000 euros. Pensé que se podría solucionar con mucho trabajo y algunas ideas. Pero resulta que era el doble, 180.000 euros. El club le debía dinero a todo el mundo: jugadores, entrenadores, proveedores”, recuerda. Por deber, el Lealtad debía dinero hasta al propio Pedro, que había sido jugador pocos años antes.

Lejos de arrojar la toalla, Pedro persistió. “Tuvimos suerte, pero también hay que decir que cuanto más trabajas, más suerte tienes”. Tocó todas las teclas posibles: su amplia red de contactos en el fútbol asturiano le sirvió para empezar a sanear las cuentas. Recibió la ayuda de amigos, conocidos y saludados. Gaspar Rosety, el mítico periodista de origen asturiano fallecido en 2016, le consiguió las camisetas con las que Mata, Cazorla y Casillas habían ganado la Eurocopa de 2012. La subasta fue un éxito. La deuda empezaba a menguar.

Poco a poco, robándole horas al sueño y trabajando sin descanso en las horas libres que le dejaba su trabajo como conserje en el polideportivo municipal, Pedro logró rescatar las cuentas del club y recuperar deportivamente al equipo. El presidente también era director deportivo, jardinero, conserje y vendedor de las entradas en el coqueto estadio de Les Caleyes (otras de sus decisiones fue renombrar el campo con su denominación en asturiano).

Pedro Menéndez (segundo por la derecha), presidente del CD Lealtad, emocionado tras proclamarse campeón del grupo 2 de Tercera División sin perder ni un solo partido.

En verano de 2013 fichó como entrenador a Javi Rozada, que procedía del cadete del Oviedo. La apuesta fue un éxito: el Lealtad ganó la Tercera División asturiana y en el play-off de ascenso a Segunda B superó por penaltis al Puertollano. En dos años, el Lealtad pasó de estar a un paso de la desaparición a competir con equipos gallegos y castellanos. El nombre del club se escuchaba en la radio en toda España.

Lo único que no pudo conseguir Pedro fue cumplir una de sus aspiraciones: que la potente industria sidrera de la localidad se volcase con el equipo. Hubo un proyecto (una idea, más bien) para que Les Caleyes pasase a llamarse algo así como Estadio de la Sidra (al estilo del Villarreal y su Estadio de la Cerámica), pero los productores de sidra no se pusieron de acuerdo. El hecho de que la sede de El Gaitero (famosa en el mundo entero) esté a dos minutos en coche de Les Caleyes no sirvió de nada.

La aventura en Segunda B acabó en 2018, pero el equipo no acusó el golpe. Pedro ya puede dedicarse en cuerpo y alma al club (también entrena al juvenil, que acaba de ascender a Liga Nacional) porque ha pedido una excedencia en el polideportivo: le dio el timón del equipo a Samuel Baños, exjugador de Sporting, Murcia y Xerez. La intuición de Pedro fue impecable: el Lealtad empezó a ganar partidos en el grupo asturiano de Tercera hasta acabar la temporada como único equipo de categoría nacional (Primera, Segunda, Segunda B y Tercera) que ha completado la temporada invicto. Entre 490 equipos, solo el humilde Lealtad logró dejar a cero el casillero de derrotas: 26 victorias y 12 empates.  

Y lo más curioso de todo es que el equipo tuvo que pelear hasta el último minuto del último partido para proclamarse campeón de su grupo de Tercera. El Marino de Luanco (otra villa costera, otro equipo que también se ha paseado por Segunda B) también acabó la Liga con 90 puntos (27 victorias, nueve empates y dos derrotas). Un gol decidió el campeón: el Lealtad acabó con +56 y el Marino, con +55.

El pichichi del equipo, con 17 goles, ha sido un senegalés largo como un día sin sidra, de nombre Cheikh Saha, de 26 años. Contempla el fútbol desde sus 196 centímetros de altura y a pesar de que no lo ha tenido nada fácil, es difícil que pierda la sonrisa.


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