En el verano de 1990, Roger Milla ya estaba de vuelta de todo. Después de más de una década predicando el potencial del fútbol africano por los estadios franceses, el ídolo del balompié camerunés decidió, en 1989, comenzar su camino hacia el retiro en el JS Saint-Pierroise, de la Isla de Reunión. Tenía ya 38 años cuando concluyó su primera temporada en el ultramar francés y el Mundial de Italia’90 no entraba en sus planes. Quizá la lógica pasara por enchufar la tele y apoyar a los ‘Leones Indomables’ desde el salón de su casa. Ya estaba demasiado mayor, decía. Pero como el fútbol no entiende de lógicas, de raciocinio ni de edades, el verano de Roger Milla fue muy diferente al que él imaginaba. Unas llamadas y la ilusión de todo un pueblo cambiaron el devenir de la selección de Camerún, y del fútbol africano, por tierras italianas.

«Theophile Abega, excapitán de la selección, me contacta para que participe en su partido homenaje de despedida en Douala. El partido fue muy duro. ¡Hubo un montón de patadas! La gente que me vio jugar decía: ‘¡mira qué bien juega. Nos ha engañado diciendo que estaba viejo!'», explicó el propio Roger Milla para el #Panenka65. Fue tras ese partido de homenaje cuando surgió la posibilidad de ver a la mayor leyenda del fútbol camerunés vistiendo de nuevo la camiseta de la selección nacional en una Copa del Mundo, como ya hiciera en el 82, en el Mundial de España, con la suerte dándole la espalda a unos ‘Leones Indomables’ que, pese a mostrar buenas maneras, no pudieron pasar de la primera fase aun empatando a tres puntos con Italia, a la postre campeona. «Todo el mundo reclamaba mi vuelta. Sinceramente, yo no tenía las más mínimas ganas de ir al Mundial’90, en Italia. Pero no solo me llamó el presidente del país, ¡me llamaron todos los ministros! Yo me iba negando, diciendo que me dejaran descansar en paz. La persona que acabó de convencerme fue James Onobiono, un empresario camerunés, muy ligado también a la cúpula política del país», añadía.

Así, Roger Milla, sin imaginarlo de primeras, estaba en la lista de 22 de Valery Nepómnyashchy; un seleccionador que, cuentan, vivía a espaldas de un grupo de futbolistas que decidieron autogestionar desde el propio vestuario su camino por Italia. Las opciones para pasar a octavos de final se antojaban complicadas. Primero, por abrir el Mundial frente a la vigente campeona Argentina. Aunque a la que se le complicó la vida fue a la ‘Albiceleste’, que cayó inesperadamente ante Camerún, por 1-0, en el partido inaugural. Después, por tener que enfrentarse a la Rumanía de Hagi, Popescu y compañía. En el Stadio San Nicola de Bari saltó de nuevo la sorpresa. Dos goles de Roger Milla en el segundo tiempo -el ‘9’ siempre salía de refresco cuando al encuentro le restaba media hora de vida- auparon a Camerún al primer puesto del grupo y poco importó caer por 0-4 ante la Unión Soviética en el último partido, pues ya tenían el pase a los octavos de final en el bolsillo. Esperaba Colombia.

 

Como tantos otros conjuntos en aquel verano, Camerún planteó el encuentro a cara de perro. Con un fútbol de pierna fuerte, de contacto. Ese de o pasa el balón o pasa el rival

 

Los ‘Leones Indomables’ debían verse las caras con la selección dirigida por ‘Pacho’ Maturana. Y con futbolistas de la talla de Carlos Valderrama, René Higuita, Leonel Álvarez, Freddy Rincón o Carlos Estrada, el combinado ‘cafetero’ fue, sin duda, en cuanto al juego se refiere, una de las pocas alegrías del Mundial de Italia’90; un oasis de fútbol de ataque, de control, de dominio a través del balón, en un desértico verano caracterizado por las defensas férreas de una Copa del Mundo que, por supuesto, no pasará a la historia por un juego vistoso y atrevido, siendo la cita mundialista con el peor promedio goleador de siempre (2,21 tantos por encuentro).

Camerún y Colombia se enfrentaban el 23 de junio de 1990 en un partido histórico para ambos países. Quien saliera victorioso de aquel duelo en San Paolo, en Nápoles, pisaría por primera vez en su vida los cuartos de final de una Copa del Mundo. Si lo hacía Camerún, el éxito era aún mayor. Ninguna selección africana se había situado nunca entre las ocho mejores del planeta. Era la oportunidad de su vida. Y, como tantos otros conjuntos en aquel verano, plantearon el encuentro a cara de perro. Con un fútbol de pierna fuerte, de contacto. Ese de o pasa el balón o pasa el rival. Como hicieran en el partido inaugural para dejar noqueados a Maradona y los suyos, todo pasaba por confiar a ciegas en que Tommy N’Kono y sus defensas protegieran bien el fuerte. Después, la delantera ya rascaría lo que pudiera en sus aventuras por el campo contrario. Y rascaron. Vaya si rascaron.

Con planteamientos dispares por parte de ambas escuadras, en el partido no se vieron excesivas ocasiones de gol. Eso sí, las claras, las más peligrosas, llevaban el sello colombiano. Un mano a mano mal finalizado por Estrada o un balón directo a la cruceta tras un libre directo botado por Rincón fueron las acciones más destacables del primer tiempo. En el segundo, pese a un inicio en tromba de Camerún, el partido bajó sus pulsaciones. Menos ocasiones, menos fútbol. Destellos de Valderrama, incursiones escurridizas de Estrada cuando el partido se acercaba a la prórroga y poco más.

En el tiempo extra, la misma historia, las escasas tentativas de unos y otros parecían abocar el partido a la suerte de los penaltis. «Cuando todo parecía destinado a un duelo final entre N’Kono e Higuita en la tanda de penalties, la figura del antiguo Balón de Oro africano apareció con toda su fuerza», se leía en la crónica del Mundo Deportivo del día siguiente. Recalcando la irrupción de Roger Milla, en el césped desde el minuto 54, que en los primeros compases del segundo tiempo de la prórroga dinamitó las esperanzas colombianas con dos goles en el 106’ y en el 109’, confirmando, como escribiría Santiago Segurola en El País, «punto por punto el discurso de su equipo en esta competición. Camerún lleva a sus adversarios a la desesperación y los remata con un par de escapadas de su viejo delantero». La primera escapada, digna de un jovenzuelo de veintipocos. Control orientado en la frontal, cambio de ritmo para dejar metros por detrás al zaguero y un disparo fuerte por encima del guardameta. Y directo al banderín de córner para celebrarlo con una danza que ya es eterna en la historia de los Mundiales.

La segunda, el ejemplo perfecto de que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Porque en 1989, cuando Roger Milla y Valderrama coincidieron en las filas del Montpellier, el ‘cafetero’ le descubrió al africano una de las peculiaridades que mejor caracterizaban el estilo de juego de René Higuita. «Por mediación de Valderrama había visto algunos vídeos de Higuita regateando con el balón fuera de su área. Sabía que, si era lo bastante rápido, podía sacar provecho de un error. Y funcionó», compartió años después de aquel enfrentamiento un Roger Milla que, apenas tres minutos después de poner por delante a Camerún contra Colombia, aprovechó, atento, un mal control de Higuita lejos de su área para robarle el balón y conducirlo hacia una meta que le esperaba vacía, con los brazos abiertos, para sentenciar la eliminatoria y llevar a los ‘Leones Indomables’ a un lugar nunca antes explorado por ningún africano.

La selección de Camerún, gracias, sobre todo, a los cuatro goles de un Roger Milla que se reivindicó, una vez más, como uno de los mejores futbolistas africanos de siempre, escribía su nombre en letras de oro en la Copa del Mundo. Después, ante Inglaterra, no pudo superar la barrera de los cuartos de final; un hito que todavía sueña con lograr toda África, y que Senegal, en 2002, y Ghana, en 2010, tocaron con la yema de los dedos. Algún día se logrará y, entonces, la imagen de Roger Milla volverá a escena por ser el primer hombre que le explicó a África cómo codearse con las mayores potencias del planeta, aunque no entrara en sus planes todo aquello en el verano de 1990.

 


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Fotografías de Getty Images.