El hombre lobo es una de aquellas especies rodeadas de mística, divinizadas por la mitología y envueltas por una áurea especial. Una figura legendaria, mezcla entre persona y animal que, según cuenta la leyenda, es capaz de mutar, transformándose a medianoche. Con la luna llena, este ser se convierte en la máxima expresión de la ferocidad, la fuerza, la astucia y la rapidez para acabar con sus presas. Atributos que conocen bien en Balaídos. Allí crece una extraña criatura, menos temida por su apariencia física, pero con muchas de las características que definen al hombre lobo. Con la diferencia de que Stanislav Lobotka no necesita que sea medianoche para transformarse y aparecer en escena.

Este licántropo es, sin ninguna duda, una de las grandes irrupciones en el fútbol español. El centrocampista del Celta se ha convertido en apenas unos meses en un jugador capital en el esquema de Juan Carlos Unzué. Ha jugado todos los partidos en lo que va de Liga y su impacto ha sido inmediato. Su capacidad asociativa y la tranquilidad con la que asume los riesgos que propone el valiente estilo vigués lo han hecho imprescindible en uno de los conjuntos más complejos de la Primera División. Según datos de Fútbol Avanzado, los celestes son el tercer equipo que más pases da en los primeros 30 metros de campo, con una media de más de 100 por encuentro –solo por detrás de Betis y Barça–. Una posibilidad que no se explica sin la templanza de Lobotka en la salida, con la confianza de quien se sabe un ejemplar casi único.

 

Ha jugado todos los partidos en lo que va de Liga y su impacto ha sido inmediato

 

El eslovaco, de 23 años, es ese perfil de futbolista que tanto gusta en el fútbol español. Uno de esos locos bajitos –mide 1,68– que siempre ofrecen una línea de pase, una salida de balón, sin hacer aparentemente grandes recorridos para encontrar soluciones en la creación. En la Eurocopa sub-21 celebrada el pasado verano, ya atrajo todas las miradas. El club presidido por Carlos Mouriño, gran conocedor del mercado escandinavo, reclutó a este joven talento del Nordsjælland danés a cambió de 5 millones de euros. Por sus características, muchos comenzaron a llamarlo “el pequeño Modric”, aunque también lo comparan con jugadores como Marco Verratti o Xavi Hernández. Capaz, no solo de organizar desde el juego posicional por delante de la defensa, sino también de romper líneas en conducción o a través de ese desterrado arte de tirar paredes.

Lobotka posee una lectura de los espacios que le convierte en un privilegiado. Pero como buen hombre lobo, a sus capacidades técnicas en la construcción le añade el gen agresivo de un recuperador. Oficio que a veces pasa desapercibido por la simplicidad de sus maniobras. Un trilero de calle. Un perro de presa escondido en el cuerpo de un joven con cara angelical. Aunque parezca débil por su corta estatura y un físico más bien liviano, el eslovaco aprovecha los rasgos que solo los ejemplares de su misteriosa estirpe dominan para acabar con las esperanzas de sus rivales –casi 200 recuperaciones en lo que va de Liga–. Listo a la hora de leer los movimientos del rival, feroz en el robo y la anticipación, astuto para proteger el esférico y rápido en la toma de decisiones, casi siempre acertadas. Un ladrón de guante blanco. Un lobo con piel de cordero que ya no engaña a nadie.

Con Lobotka, Juan Carlos Unzué ha encontrado su ancla. Un futbolista excepcional y distinguido que aporta las habilidades necesarias para un estilo que requiere una gran inteligencia táctica. Con uno de los ratios de intervenciones por partido más alto de la Liga, el eslovaco es el guía de un conjunto con una propuesta tan atractiva como arriesgada. Aunque su tierno aspecto pueda llevar incluso a ablandar a quienes le observan, bajo su pálida piel se esconde el espíritu de un licántropo letal. El ‘14’ celtiña es en realidad un cazador sin piedad. Un sigiloso hurtador que no ha esperado siquiera a la primera luna llena para mostrar quién es de verdad: el hombre lobo que crece en Balaídos.