Fue el rey de los regates imposibles; el creador de jugadas inverosímiles, totalmente inconcebibles para el resto. Un auténtico mago del balón, un artista prácticamente inigualable en el arte del desborde, del caracoleo. Garrincha fue la Alegria do Povo; Onésimo Sánchez, la del fútbol español en las décadas de los 80 y los 90. El vallisoletano, que este martes cumple 50 años, fue un futbolista atípico, un orgulloso miembro de aquella pequeña estirpe de jugadores que solo juegan para el disfrute de los aficionados. “Mi juego despierta odios y pasiones, pero nunca dejo indiferente. Juego de cara a la galería”, reconocía hace unos años el propio Onésimo, una de aquellas personas que entienden “el fútbol como un arte”, tal y como aseveraba en una ocasión al ser cuestionado por la enésima exhibición de Leo Messi.

Inseparable de la línea de cal, con el balón siempre cosido a sus mágicas botas, como si él y el esférico fueran una misma cosa, como si el cuero no fuera más que una simple extensión de su pequeño cuerpo, con un carácter extremadamente fuerte (de hecho, el propio futbolista solía admitir que siempre jugaba enfadado); así era Onésimo, un artista que de niño lloraba por no tener un balón propio y que, idolatrando a José Ángel Iribar y a Luis Miguel Arconada, empezó jugando de portero, “como los niños gordos y pasivos, que suelen tener su destino debajo de los palos a modo de castigo o exilio. Hasta que un día se salió de la propia área con la pelota pegada a los pies y ya no la soltó más”, según recogían en un artículo de El País (titulado “Onésimo, estrella a los 18 años”) en 1987, cuando el atacante vallisoletano, con su juego eléctrico, fantástico y descarado, irrumpió con fuerza en el ecosistema del fútbol español. Onésimo había crecido en la calle (“Yo he jugado con latas, botellas de lejía y hasta piedras, como todo el mundo”); y esto es quizás lo que le convertía en incomparable, en un elemento antinatural en un fútbol que, entregado al juego físico, a finales del siglo pasado ya había empezado a menospreciar el arte del engaño, del amago, de la finta y del regate; en un balompié que por aquel entonces ya se había vuelto “tan academicista que no admite ni un gramo de anarquía”, regresando una vez más a las páginas de El País.

Y es que Onésimo, incomparable a ningún jugador actual, dotado de “una inusual manera de proteger el balón entre sus piernas, entre su cuerpo, pegado a él y a sus tobillos, mostrándolo, pero haciéndolo inaccesible”, fue “el último futbolista de la calle”, según destaca Santiago Hidalgo en The Tactical Room. Fue, en definitiva, el último representante del “fútbol de la pillería, el de la confrontación uno contra uno, el de la esencia, el de la guerra de guerrillas que enmudece con el desarrollo de las grandes urbes”.

 


 “Ya en el olvido quedan los improvisados bancos en forma de portería en plazas y parques que servían de escenario de juego, calles poco transitadas en las que coches y garajes aparecían como obstáculos al único fin: llevar el balón a la meta pintada con tiza en la pared cuantas más veces mejor. Pelotas de trapo, botellas vacías de plástico, incluso piedras, balones deshinchados… Todo valía, aunque de eso no queda sino el recuerdo.

Primero fueron los carteles en forma de ‘Prohibido jugar al balón’; luego, la propia lógica de evitar riesgos considerables. Finalmente, las actuales formas de divertirse de la infancia y la juventud. Todo eso hace languidecer ese fútbol de calle y con él escasean los futbolistas atrevidos, sin guion. La táctica les termina quemando y ellos se disuelven como azucarillos. Ya ninguno ha tenido la escuela de la calle y, sin este bagaje, predominan los ordenados, los discretos, los jugadores que no pierden su sitio ni su función, los futbolistas de equipo, dogmáticos, casi de ejército militar. Al mismo tiempo se exterminan los imaginativos y los osados, los valientes y los atrevidos. Tal vez solo las estrellas son aceptadas como personas dignas de hacer algo diferente. El resto se ciñe estrictamente a las partituras, a lo que se espera de ellos en ese preciso momento. Y rota la creación, el fútbol y el espectáculo se apenan y se resienten. Como diría Eduardo Galeano, ‘cada vez hay menos carasucias descarados que se salen del libreto y cometen la desfachatez de gambetear a todo el equipo rival en pos de la libertad’. Onésimo Sánchez fue uno de los últimos, de los últimos en salir de este antiguo escenario”.

Santiago Hidalgo, en El último futbolista de la calle.


 

Con todo, después de impresionar en las categorías inferiores del Real Valladolid (“Hicimos un estudio cuando Onésimo estaba en juveniles. Salía del primer regate en un 97% de las ocasiones y del segundo, en más de un 50%”, remarcaba Javi Yepes, uno de sus exentrenadores, en El Norte de Castilla), el menudo atacante debutó en Primera división a los 18 años, de la mano de Xabier Azkargorta, en un encuentro contra el Sevilla en el que los vallisoletanos se impusieron con un solitario tanto de Eusebio Sacristán, con quien se reencontraría más tarde en el Futbol Club Barcelona y con quien ahora ha emprendido la aventura de entrenar al Girona. “Mi primer sueldo fue una prima de 100.000 pesetas por ganar un partido. Le di 90.000 a mi madre, que se las merecía. Me quedé con 10.000 y me las gasté, claro está. No había visto yo 10.000 pesetas… Le habíamos ganado al Sevilla por 1-0. Jugué tres minutos y gané 100.000 pelas. ¿Qué te parece?”, recordaba hace unos años en el digital En Castilla La Mancha, haciendo gala de su carácter extrovertido.

Tras varias actuaciones brillantes en Zorrilla, tras algunos encontronazos con la directiva y con los entrenadores (en mayo de 1988, fue apartado del equipo “por no acudir al estadio cuando su equipo se iba a enfrentar a la Real Sociedad. El jugador no había sido convocado por el técnico y decidió quedarse en casa. Minutos antes de comenzar el partido se lesionó Gabriel Moya y Vicente Cantatore, el entrenador, le reclamó sin éxito por los altavoces del campo”, según se podía leer en El País), Onésimo salió cedido al Cádiz. Allí, en el Ramón de Carranza, el vallisoletano coincidió con el ‘Mágico’ González, el mejor futbolista con el que nunca compartió vestuario, según reconoció en más de una ocasión. Y allí, en el Ramón de Carranza, su fama de juerguista hizo que la afición rebautizara al “rey del regate” como el “rey de copas”.

 

A pesar de ello, Johan Cruyff, deslumbrado por el talento de Onésimo, decidió reclutarle para un Barcelona en el que se empezaba a gestar algo grande. Era 1989; junto al vallisoletano, que aterrizó en el Camp Nou cedido con opción de compra, también llegaron Ronald Koeman, Michael Laudrup y Delfí Geli, el actual presidente del Girona. Con todo, las cosas no salieron como se esperaba y, al término de la temporada, Onésimo dejó atrás el Barcelona tras haber alternado el filial con el primer equipo (“No paraba de bajar y subir del primer equipo al filial. No solo durante la semana, sino incluso el mismo día. Recuerdo estar alguna vez en el Mini a punto de entrenar y que llamaran desde el Camp Nou: ‘Que suba Onésimo que lo pide Cruyff’. Ir rápido del Camp Nou a La Masia y allí Cruyff decirme que no hacía falta, que volviera con el filial”), con el que tan solo disputó cinco encuentros; dos de liga, los dos de la Supercopa de Europa contra el Milan y uno de la Recopa. Precisamente, aquel duelo de la antigua Recopa contra el Anderlecht fue el mejor partido de Onésimo con los azulgrana.

“Ahí Johan tuvo una de las buenas suyas. Yo no estaba ni convocado. Y me llamaron el día antes, cuando estaba entrenando con el B. Tuve que ir a la concentración. Habíamos perdido 2-0 en Bélgica, y en el Camp Nou, en el descanso, con 0-0, me llama y me dice: ‘Vas a salir. Sales por Valverde. Les voy a decir que todos los balones a ti. O lo resuelves o te quito a los 25 minutos y pongo a Alexanko de delantero centro'”, rememoraba Onésimo, que hasta aquel momento apenas había disputado 60 minutos con el primer equipo, en El Español en 2016. Y añadía: “Esas fueron las indicaciones de Johan. No subí ni al vestuario. Calenté y entré directamente a jugar la segunda parte. Recuerdo que íbamos a sacar de centro y le dije a Eusebio: ‘¿Es verdad que os ha dicho esto en el descanso?’. Y me dijo: ‘Sí, sí, que todos los balones a ti’. Y yo le dije: ‘Pues ya sabes, empieza. El primero ya. Cuanto antes’. Hice un partido espectacular, aunque no tuvimos la suerte de pasar de ronda. Les igualamos el 2-0 pero luego caímos en la prórroga. Uno de mis mejores momentos como barcelonista. Estaba Laudrup, estaba Koeman, y me las daban todas a mí. Me he reído mucho con Johan después con este día, con esa confianza que me daba”.

 

“En el descanso, con 0-0, me llama Cruyff y me dice: ‘Vas a salir. Les voy a decir que todos los balones a ti. O lo resuelves o te quito a los 25 minutos y pongo a Alexanko de delantero'”

 

Ciertamente, Onésimo, consciente de la magnitud del reto, completó una actuación brillante, asistiendo a Julio Salinas en el 56′ para que anotara el 2-1 e inquietando continuamente a la defensa del Anderlecht mientras “el Camp Nou se frotaba los ojos con aquel bajito y cabezón jugador que había revuelto el orden del rival”, tal y como destacaría Marca unos años después de aquel encuentro. Con todo, el premio por su exhibición fue jugar el domingo siguiente con el filial, en un encuentro contra el Eldense. De hecho, por incomprensible que parezca, Onésimo tan solo jugó 31 minutos más con el primer equipo, repartidos entre los dos choques de la Supercopa de Europa que los azulgranas disputaron contra el temible Milan de Arrigo Sacchi. “Aquel partido ante el Anderlecht fue mi mejor y peor recuerdo en el Barça, porque creó unas expectativas que luego no se cumplieron”, admitía en una entrevista en Mundo Deportivo el atacante castellanoleonés; el mismo que, unos años más tarde, recordaba con humor aquellos dos encuentros contra el Milan en El Español.

 

Se ha reído mucho siempre. Los más jóvenes del lugar no conocerán lo de San Siro, cuando regresó a Valladolid.

Sí, bueno, el vacile de los vestuarios. Yo siempre he aceptado muy bien las bromas porque he hecho muchas. Me gusta el buen rollo, el buen ambiente. Algún compañero me venía y me decía cualquier cosa y yo le respondía: ‘¿Qué me estás contando? Que yo he jugado en San Siro, que para ti es una marca de galletas, contra el Milan, que para ti es una goma de borrar’. Luego se desmitificó el tema porque, con el tiempo, en San Siro han jugado muchos. Ya no hago el chiste porque ya no es lo que era. Yo estuve cuando jugaban Baresi, Maldini, Van Basten…

Toda esa gente invencible…

El mejor Milan. Era la Supercopa de Europa. Jugué en los dos partidos, un ratito como siempre, no me fueran a dar mucho tiempo y lo resolviera. Empatamos a uno en el Camp Nou y perdimos por 1-0 en San Siro. Era un Milan espectacular. También con Costacurta, Rijkaard, Massaro… Fíjate qué equipo. En la primera parte en San Siro no pasamos de medio campo.

Y a usted, por su banda, le cubría Maldini, claro.

Tú le llamas Maldini, yo le llamo Paolo. Tengo confianza.

Lo imaginaba. ¿Y cómo fueron aquellos ratos?

Es de mi edad, también del 68, y le veías a él y me veías a mí y yo decía: ‘Ojo conmigo, que no lo parezco, pero también soy futbolista. Ojo conmigo, Paolo’.

¿Le hizo usted alguna de las suyas?

Alguna de ellas, sí. Algún caño en el Camp Nou.

¡Un caño a Maldini!

No tengo pinta, pero yo con la pelotita…

 

***

 

Así era Onésimo Sánchez como futbolista, un tipo con un talento extraordinario y con un singular sentido del humor. “‘Me parto de risa con él’, comentó Michael Laudrup, después de que su compañero firmara autógrafos en nombre del danés. ‘¿Tú quien eres?’, le preguntaba algún niño a la salida de los entrenamientos. ‘Soy Laudrup’, respondía Onésimo. ‘Lo hago para que no te canses tanto, Michael’, le decía”, rememoraba el mencionado artículo de Marca. En otra ocasión, el habilidoso atacante vallisoletano se jugó 10.000 pesetas contra todo el que quisiera apostar a que era capaz de cubrir los 600 metros que separan La Masia, la antigua residencia de los jugadores de la cantera culé, del Mini dando toques con un balón sin que este le cayera al suelo ni una sola vez. Lo consiguió en poco más de 15 minutos, cruzando la calle un par de veces para acabar dejando el esférico en un baúl de material. “‘Chapi’ Ferrer, Sebastián Herrera, Busquets padre, Toni Pinilla, Àlex García… me retaron a hacerlo y les gané la apuesta. Yo era un jugador diferente, con unas condiciones particulares. La habilidad con el balón era mi principal virtud. No era muy rápido, pero tenia un buen primer control; era hábil con el balón en los pies y siempre me gustaba llevarla pegada a la bota. Unas calidades que me permitían regatear con facilidad al rival y escaparme algunas veces de dos, tres o cuatro jugadores”, afirmaba en 2013 en L’Esportiu de Catalunya. Unos años más tarde, cuando militaba en el Sevilla de José Antonio Camacho, Onésimo fue el protagonista de un episodio similar. “Le dije: ‘Míster, si doy 150 toques con una naranja, nos quitas el entrenamiento’. Di 149 y la 150, con la espuela”, recordaba en una entrevista en el digital En Castilla La Mancha.

 

“Le dije a Camacho: ‘Míster, si doy 150 toques con una naranja, nos quitas el entrenamiento’. Di 149 y la 150, con la espuela”

 

Con todo, a pesar de que casi no tuvo oportunidades de demostrar su enorme calidad futbolística, Onésimo aún guarda un grato recuerdo de aquella “temporada de aprendizaje” y del Camp Nou. “No quisieron que siguiera, pero para eso primero tienes que estar allí. Muchos futbolistas lo querrían poner en su currículum. Tenía 20 años y estaba en mi mejor nivel y creo que, aunque jugué poco, dejé huella”, reconocía en Las mejores anécdotas del Barça, de Paco Martínez. Y en L’Esportiu concluía: “Llegué al Barcelona demasiado joven, tan solo tenía 20 años y era casi un desconocido. En aquel equipo había gente del talento de Laudrup, Koeman, Eusebio, Zubi, Txiki… Era muy difícil jugar, más aún para un chico tan joven”. De hecho, aunque en una ocasión llegó a asegurar que era “un hombre lleno de contradicciones”, Onésimo guarda un recuerdo incluso mejor de Johan Cruyff. Los genios, únicos e inigualables, siempre suelen entenderse entre ellos; y Onésimo y Cruyff lo demostraron por última vez en 2014, cuando el holandés, a sus 67 años, asistió al vallisoletano con un precioso taconazo en un encuentro benéfico. “Era un genio. Nos marcó a todos los que hemos pasado por allí. Innovó en el fútbol. Con Johan era todo diferente. No tenía nada que ver con los entrenadores que yo había tenido. Entrenando con Cruyff, el fútbol parecía otro deporte. Todo a base de talento, todo a base de juego”, remarcaba en El Español Onésimo, un futbolista que, a pesar de su enorme calidad, nunca pudo brillar en un club puntero como el Futbol Club Barcelona y que nunca llegó a ser internacional con la selección española absoluta, aunque sí que disputó tres encuentros con la sub21.

Después de despedirse del Camp Nou y de defender la camiseta del Real Valladolid durante tres temporadas más, Onésimo recaló en el Rayo Vallecano. Allí, en el vetusto Estadio de Vallecas, se convirtió en el ídolo indiscutible de una afición que gozaba con cada uno de sus regates. “Es, sin duda, el jugador de fútbol con el que más he disfrutado viéndolo jugar, hacía el regate de la cuerda que decían que bordaba Laudrup multiplicándolo por cien; era abonado de fondo, y al borde de la línea del final del campo se plantaba One, brazos abajo como un Butragueño de Botero, y el grito de la grada, ‘¡Házsela, Onésimo!’, y el tipo, que respiraba gambetas, salía del regate casi siempre, igual que casi siempre estaba en fuera de juego, aunque no lo pitaran. Cappa dijo de él que era el último de los mohicanos del regate”, enfatiza Quique Peinado en ¡A las armas!.

Y es que, exhibición tras exhibición (“Los de Vallecas llegaron hasta donde llegó su número siete. Hasta donde llegaron sus regates, y sus centros, y sus regates, y sus desmarques, y sus regates, y sus cabreos, y sus regates, y sus caídas, y, por supuesto, sus regates”, remarcaba la crónica de El País de un partido del Rayo de la temporada 95-96), a Onésimo, a aquel futbolista que según José Miguélez disfrutaba más “doblando a un adversario que con un gol”, siempre le acompañó esa sensación de incertidumbre que se generaba en la grada cuando el cuero aterrizaba en sus pies. “Cuando cogía la pelota siempre había un murmullo en el campo, como si fuera a pasar algo”, reconocía el propio Onésimo. “A mí me han silbado como al que más y han aplaudido como al que más. Incluso en el mismo partido. Recuerdo San Mamés, el Camp Nou, el Bernabéu, campos grandes que me motivaban. Los silencios de esos estadios cuando cogías el balón los recuerdo perfectamente”, sentenciaba en otra entrevista.

Finalmente, tras pasar por el Sevilla, vivir una segunda etapa en Vallecas y jugar en Segunda B con el Burgos y el Palencia, el vallisoletano se retiró en 2002, con más de 200 partidos en Primera a las espaldas. Cierto es que nunca alcanzó la gloria que el fútbol, este deporte que tanto ama (“Soy un enfermo de la pelota, un enamorado del balón. Y la sensación de jugar es única, irrepetible”, reconocía hace unos años en La Rioja), parecía haberle reservado, que podía haber llegado mucho más lejos, que nunca acabó de responder a las altísimas expectativas que provocó su irrupción (“Como profesional, me siento un pelín fracasado. Creo que, con mis condiciones, podía haber llegado más lejos”), que durante su carrera le apodaron “el Coca-Cola” porque siempre salía desde el banquillo para ejercer como revulsivo, que algunas veces pecaba de individualista; pero todo esto no hace más que engrandecer aún más su imagen, el recuerdo de un genio que se erigió en el último apóstol del bello arte del regate, de un artista que formará parte de la historia del fútbol español para siempre.