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Creo que es obligatorio ser aficionado del equipo de donde se ha sido feliz. Al menos, de donde se ha sido feliz durante un periodo prolongado. Claro, no estáis obligados a seguir a todos los equipos de todos los rincones en los que, eventualmente, habéis acariciado la felicidad. Pero es justo, al menos, interesarse por el club del lugar donde se ha extendido en el tiempo esa beatitud. Yo lo entiendo así. Una forma, como otra cualquiera, de ser agradecido con el mundo. Puedes ser del equipo del barrio donde creciste, del de tu ciudad, del del pueblo donde pasaste el mejor verano de tu vida o del de la pequeña ciudad holandesa donde ser universitario adquirió su sentido más amplio. Por eso yo soy del Montpellier. Desde 2007, me exigí consultar cada semana los resultados y ver los partidos a través de penosos streamings de un equipo que jamás me había interesado. Porque aquel fue el año más feliz de mi vida hasta entonces (y quizá hasta hoy) y lo viví en esa pequeña localidad del sur de Francia. Ser del Montpellier es una forma de volver cada semana y eternamente a las noches en Boutonnet, a las campanas en la universidad, a los martes en el Macadam, a los conciertos en el Rockstore, a las fiestas de Chez Rif y al amor de mi vida. Aquella solitaria afición me permitió conocer antes que nadie al Tino Costa que fichó el Valencia, al Spahic que aterrizó en el Sevilla o al gran Belhanda que nunca ha llegado donde su fútbol merecía. Pronto pude descubrir, también, a un desconocido Olivier Giroud, que acababa de aterrizar de la Ligue 2. Al año siguiente (2012) fue pichichi y llevó a los de la Mosson a ganar la única liga que luce en sus vitrinas. El Montpellier jamás había logrado el título, la mejor posición de su historia fue en 1988, cuando de la mano de futbolistas de la talla de Laurent Blanc, Valderrama o Roger Milla, acabó el campeonato francés en tercer lugar. Tuve que aparecer yo como neo-fan para que alcanzaran la gloria aun con el todopoderoso PSG de por medio. Todo cobraba sentido: diversificar de esta manera los padecimientos futbolísticos, compensaba. Pero los siguientes años no han sido tan gloriosos. Han sido más reales. Más cercanos a la verdad. Giroud se fue, el mito Louis Nicollin falleció y la Champions ha vuelto a ser solo un sueño remoto. Pero existe un referente -un ídolo- que ha permanecido inamovible durante toda la travesía por el desierto de la última década: Vitorino Hilton.

El ya entonces veterano central brasileño llegó en la 2011/12, procedente del OM, donde había ganado la liga un año antes. Poco antes del fichaje, el defensa sufrió un robo con violencia en su casa de Marsella. El jugador fue agredido por seis hombres que asaltaron su domicilio poco antes de la medianoche, le golpearon en la cabeza con la culata de un rifle y le robaron sus pertenencias, incluido su Renault, que encontraron calcinado poco después. Como reveló al portal Goal.com, su familia y él quedaron tan traumatizados que decidieron regresar a su país después del suceso. Finalmente, aún así, el carismático presidente Louis Nicollin le convenció y firmó por el Montpellier Hérault por una sola temporada, con la idea de dar los últimos coletazos de su carrera en su Brasil natal, como explicó en una entrevista para RMC Radio. Lo que no podía imaginar el bueno de Vitorino es que acabaría aquel curso consolidado en el eje de la zaga, jugando 35 partidos de titular, ganando (de nuevo) la Ligue 1 con un equipo de segunda fila y siendo uno de los elegidos en el once del año. Un temporadón de semejante magnitud le hizo renovar por una temporada más, la definitiva. Tras diez años en Europa (ocho de ellos en Francia), tocaba un último baile, escuchar por última vez el himno de la Champions y punto final. Pero no. Hilton fue nombrado capitán del equipo y se erigió como su buque insignia. El referente. El club andaba en descomposición y él no quería/podía dejarlo en la estacada. Iba a cumplir 36, pero qué demonios, era titular indiscutible y se encontraba bien, por qué no renovar por un año más.

Hilton abrazándose al carismático Louis Nicollin, presidente del Montpellier ya fallecido.

Y así han ido pasando los años, ha ido jugándolo todo y renovando siempre por un suspiro más. Transformado ya en leyenda viviente de la entidad, ha ido superando récords año tras año. Un 7 de febrero de 2017 hizo un gol -en una derrota 2-1 frente al Mónaco- convirtiéndose en el jugador más veterano (39 años) en marcar en la Ligue 1. Pero ese no sería su mayor récord. Tras completar los 28 encuentros de la pasada liga, antes del parón por el Coronavirus, el brasileño estaba siendo uno de los mejores defensores del campeonato y el mejor de su equipo, con un 68% de duelos individuales ganados. Así, el presidente Laurent Nicollin -hijo del mítico Nicollin- convenció a Vitorino para jugar todavía una temporada más. “Se que este será mi último contrato, lo cual es algo muy especial para mí. Nunca soñé con jugar hasta los 40 pero ahora tengo la oportunidad de estar en activo en el máximo nivel hasta los 43. Es increíble”, explicó en el acto de su renovación. Aunque nunca se sabe, ya hace mucho que dijo que sería la última y siempre le ha quedado una más -como me pasaba a mí en el Erasmus de 2007-. Vitorino Hilton cumplió el pasado 13 de septiembre 43 años y ese mismo día jugó los 90 minutos en la victoria (3-1) del Montpellier frente al Rennes. Hoy es el futbolista en activo más veterano de las cinco grandes ligas, por delante incluso de Buffon con 42 primaveras a sus espaldas. Pero todavía le queda un objetivo por alcanzar: superar al defensa alemán Klaus Fichtel, que todavía ostenta el récord de longevidad de un jugador de campo en las grandes ligas europeas, cuando en 1988, jugando en el Schalke 04, se retiró con 43 años y 184 días. En marzo, Hilton ya le habrá superado, esperemos que con público en las gradas para homenajearle.

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“Creo que no se me hará larga la temporada. La que se hace más larga es la primera. Cuando uno empieza a jugar ya no quiere detenerse nunca. No vivo para batir récords sino por pasión. Tengo la misma ahora que con 18, 25 o 35 años. Me cuido de la misma manera. No quiero que mi edad sea una excusa fácil para juzgarme. No quiero hacer trampa con los demás ni con mi cuerpo”, argumentaba recientemente en L’Équipe. Llegó al Montpellier para un solo año, pero se irá con más de 320 partidos defendiendo la camiseta de La Paillade... Porque ya se sabe: es obligatorio ser aficionado del equipo donde se ha sido feliz.

 


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Fotografías de Getty Images.