Hay dos normas fundacionales del fútbol que lo diferencian a éste de otros deportes de equipo. Por un lado, se usan los pies en vez de las manos, lo que convierte al fútbol “en un juego de errores”, que diría Johan Cruyff. Esto humaniza al futbolista. Lo hace vulnerable al error, al fallo. Todos los tipos de errores más o menos se aceptan en el fútbol salvo curiosamente uno: los que cometen los que sí pueden usar las manos.

La otra clave es que no hay una alternancia predeterminada en la posesión. No tienes 24 segundos para atacar, no te pitan pasivo si no buscas portería y no tienes cuatro downs para avanzar 10 yardas. Esta libertad abre el abanico táctico y, a su vez, introduce la cuestión ética y moral en el juego al distinguir las formas que ‘están bien’ de las que ‘están mal’ para competir.

Por ejemplo, no hay otro deporte en el que el uso del adjetivo táctico o defensivo traiga aparejadas o escondidas tantas connotaciones negativas. Es cierto que en el baloncesto el Limoges de Maljkovic en Europa o los Pistons de Larry Brown en la NBA abrieron ciertos debates, pero en el fútbol ésta es ya una cuestión existencial asentada: o eres ‘bilardista’ o eres ‘menottista’. No hay tercera vía porque la pasión no entiende de grises.

Y esto, claro, es lo que termina por humanizar al fútbol en general.

 

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¿Qué diríamos de un equipo que juega el partido que quiere jugar su entrenador el 90% de las ocasiones? ¿Cuánto elogiaríamos la capacidad táctica de un conjunto que obliga al contrario a adaptarse permanentemente? ¿Qué comentaríamos de un equipo que acerca al adversario constantemente al error? ¿Cómo destacaríamos la capacidad competitiva de un equipo que se mete en la mente de sus rivales hasta desnortarlos?

Pues dependería de las formas, claro. Si son las que nos gustan, las que entendemos que están bien, lo engrandeceríamos. Si son las que nos disgustan, las que entendemos que están mal, lo cuestionaríamos. Y esto, en realidad, no está mal. Es el fútbol, es la vida. Somos humanos. ¿Qué seríamos sin estos debates? Amebas. La discusión estilística ha engrandecido este juego, llevándolo a una dimensión superior. Pero lo cierto es que, al final, la pelotita no entiende de formas, sino de fondos.

Por eso mismo dudar de que el Getafe juega bien al fútbol cada vez les resulta más difícil a los críticos. Cada temporada el Geta ha roto su propio techo: primero el ascenso, luego la permanencia holgada, en la siguiente la clasificación para Europa y en esta… que sea lo que el Coronavirus quiera. ¿Y por qué lo ha hecho? Porque básicamente y en resumidas cuentas: suele estar más cerca del gol que su rival.

 

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Es obvio que esto lo consigue haciendo hincapié en su trabajo sin balón. Ahí comienza todo. Pero en realidad el conjunto de Bordalás no es un equipo pasivo o reactivo. Busca al rival allá donde los equipos de más posesión buscan al contrario: arriba. Elevan la altura defensiva, empujan hacia delante y quieren llevar la iniciativa del juego, solo que, evidentemente, de una forma diferente a la que suele ser habitual.

El Getafe no responde preguntas, sino que las hace. Y en su interrogatorio los equipos rivales rápidamente comienzan a flaquear y a caerse. Al final del encuentro periodistas y aficionados de dichos rivales dirán que “no han tenido el día”, que “no han saltado al campo” y que es más “demérito propio que mérito del Getafe”. Pero como le dijeron a Matt Damon en Rounders: “si no descubres al primo en la primera media hora de la partida, es que el primo eres tú”.

Una cosa muy significativa es cómo alteran por completo el juego del rival. Salvo excepciones muy contadas, estos se tienen que adaptar. Recientemente el Ajax de Ten Hag se plantó en el Coliseum con una única premisa: no perder ni un solo balón en zona de iniciación. Y si para conseguirlo tenían que enviarlo arriba, no había problema. No era innegociable. Lo que sí que lo era es que no podían asumir riesgos cerca de su portería, porque entonces el Getafe aprieta, recupera, transita y gana.

Obligar al equipo que representa absolutamente todo lo opuesto al Getafe a desnaturalizarse, es decir, a hacer cosas que no sólo no trabaja tanto sino que van en contra de su filosofía, habla del nivel futbolístico del conjunto azulón. Esto, eso sí, no significa nada de por sí. El Valencia se adaptó y fue arrasado. El Sevilla lo hizo y arrasó. Pero sí que es la primera de las victorias que consigue José Bordalás.

La segunda está relacionada, precisamente, por su capacidad para ejecutar su plan de forma sobresaliente. Porque una cosa es imponer el tipo de partido que te conviene y otra es que éste lo juegues lo suficientemente bien como para ganar a rivales teóricamente superiores. Y el Getafe lo hace. De sobra. Para empezar porque es coherente con la materia primera de la que dispone, para continuar porque el trabajo de pizarra del técnico es quirúrgico y, para finalizar, porque a morir, los suyos mueren.

 

Dudar de que el Getafe juega bien cada vez les resulta más difícil a los críticos. Cada temporada ha roto su propio techo: primero el ascenso, luego la permanencia holgada, en la siguiente la clasificación para Europa y en esta… que sea lo que el Coronavirus quiera

 

Esto es lo que más elogian los otros entrenadores de Bordalás: su extraordinaria capacidad para sacar el máximo partido a cada jugador hasta convertirlo en un soldado perfectamente instruido. Decía el ‘Coco’ Basile que a sus equipos “los paraba siempre bien sobre la cancha”, pero que luego “los jugadores se movían” y ahí se complicaba todo. Pues bueno, con Bordalás los jugadores se mueven menos que con nadie. No cambian, no dudan, no se confunden. Saben lo que tienen que hacer en cada momento, cómo corregir cada situación, dónde apretar y dónde no hacerlo.

Éste es un tema que es fácilmente observable a partir de uno de los conceptos que dominan mejor que nadie: la permuta. Cuando un jugador sale de posición, y esto suele pasar porque al final el Getafe propicia muchos duelos individuales, el sistema colectivo no lo nota porque de forma automática esa posición ya la ha ocupado otro jugador. Y la de éste segundo también la ha ocupado un tercero, permitiendo de esta manera que el equipo esté “parado en el campo” como planea su técnico los viernes.

La tercera de las victorias, la que suele ser la definitiva, llega a consecuencia de las dos primeras: el Getafe ataca el sistema nervioso de sus rivales. La capacidad para competir durante los 90 minutos sin dudar, sin cometer errores, sin bajar el rendimiento, termina por desquiciar a los conjuntos contrarios. El Getafe utiliza sus formas para ello. Es el equipo que más faltas hace y el que para más el crono, por supuesto. Pero esto es algo que está regulado, que se encargan de cuidar y vigilar los árbitros, con lo que si lo permiten tantos colegiados diferentes durante tantas temporadas es que, básicamente, lo que están haciendo es jugar al fútbol.

El caso es que esto a los rivales les duele. Ver vagar a Hakim Ziyech absolutamente perdido por la eliminatoria con “la mirada de los 1000 metros” fue sobrecogedor. El Getafe viajó a Amsterdam con una ventaja que conservar, que defender, y sin embargo se quedó a escasos centímetros de terminar goleando al Ajax.

 

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Mike Tyson decía que “todos tienen un plan hasta que reciben un golpe en la cara”. Contra el Getafe de Bordalás pasa lo mismo. Los entrenadores rivales lo llevan ya meses estudiando, tratan de adaptarse como pueden y de reescribir el guion del encuentro a su gusto. Pero cuando empieza el partido y este juego tan humano comienza a desarrollarse, la cosa cambia.

Porque al fútbol se juega con los pies y se piensa con la cabeza, pero en los partidos contra el Getafe ni los pies ni la cabeza te responden.