“Jamás viví una segunda infancia porque nunca salí de la primera”, Harpo Marx.

 

El Ajax eres tú con 12 años menos. Es el primer beso. Es el ron con Coca-Cola de tu primera borrachera. Y es precisamente por esto que nos gusta tanto, que nos enamora. Porque nos devuelve a aquella época en la que no temíamos a nada ni a nadie. En la que vivíamos como si no hubiera un mañana, sin reservarnos nada para el partido de vuelta. Una de las escenas más bellas de la juvenil, genial e irreverente The End of the F***ing World es cuando Alyssa y James, dejándose poseer por la electricidad del momento, se ponen a bailar en el salón, obviando, ignorando, el frío mundo que se alza fuera de aquellas cuatro paredes con la misma pasión con la que el Ajax, tan inconformista como rebelde, tan descarado como inconsciente, ha decidido dinamitar las inamovibles jerarquías del balompié continental. Abanderados del “Estar loco en un mundo desquiciado no es locura. Es cordura”, del “¿Quién quiere adaptarse a un mundo tan enfermo? Si te adaptas, el enfermo entonces eres tú”, que pregona la popular serie de Netflix, el Ajax, revitalizado, renacido de entre sus cenizas, se ha situado a un solo paso de la final de la Champions League, de materializar una proeza tan inesperada como preciosa, de hacer realidad una gesta que nos traslada a un fútbol que quizás ya ni siquiera existe.

Rebelándose, levantándose, contra toda lógica, contra la tediosa dictadura que el dinero ha impuesto en el fútbol, contra la poca memoria histórica del balompié, contra el ¿Dónde está el fútbol holandés? que formulábamos en el #Panenka82, los aventureros e imberbes discípulos de Erik ten Hag han reverdecido el misticismo de un club que, marginado, relegado a un segundo o tercer plano en el panorama continental, demasiado limitado por el ecosistema en el que habita, parecía condenado a vivir eternamente la Champions League por la televisión mientras las bellas hazañas que un día protagonizó iban quedando enterradas por el paso del tiempo. Los niños de Erik ten Hag le han devuelto el brillo, el color, al escudo del Ajax, enviando, además, un afectuoso saludo a todos aquellos defensores de una Superliga europea, como remarcaba el periodista Jose Sanchis al cerrar la transmisión del encuentro contra la Juventus en el que el iconoclasta conjunto de Ámsterdam hizo historia al certificar su regreso a las semifinales de la máxima competición europea 22 años después. “22 años. Más tiempo del que algunos de los futbolistas ‘ajacied’ llevan en la Tierra”, acentuaba hace unos días Jorge Giner, remarcando la magnitud de todo lo conseguido por los dignísimos herederos de Rinus Michels, de Johan Cruyff, del “¿Por qué no podemos ganar a un club más rico? Nunca he visto a un saco de billetes marcar un gol”, del “Prefiero ganar por 5-4 que por 1-0”, del “Jugar al fútbol es muy sencillo, pero jugar un fútbol sencillo es la cosa más difícil que hay”. Del “Salid y disfrutad”.

Son los nietos del Ajax de la década de los 70, los hijos del Ajax que se coronó en 1995 al batir al Milan. “Aquello tuvo mucho de justicia poética, porque quien cayó en aquella final fue el Milan de Capello, el mismo equipo que, un año antes en Atenas y frente al Barcelona, había llevado a proclamar que el cruyffismo era una idea muerta. Que los cuerpos hipermusculados, la testosterona, los velocistas a campo abierto y los sistemas defensivos propios de una secta religiosa eran los caminos más cortos hacia el éxito en el fútbol moderno. Y bien, la Francia de Deschamps es la vigente campeona del mundo”, enfatizaba Francisco Cabezas en El Mundo, en las mismas páginas en las que, apenas unos días antes, David Gistau insistía en que, suceda lo que suceda, “el premio a la simpatía de la Champions se lo llevará el Ajax, conformado por jugadores tan jóvenes que uno los imagina buscándose espinillas y que sin embargo juegan como si todo les importara un huevo. Entran en el Louvre y le pintan un bigote a la Gioconda”, ilustrando el carácter gamberro de unos jóvenes que juegan como niños, de unos niños que compiten como veteranos. Fiel al inmortal legado del ‘14’, a las ideas contraculturales que un día hicieron grande al club, a la libreta que 40 años después continúa convirtiendo al Ajax en una rara avis, Erik Ten Hag, que coincidió con Pep Guardiola en el Bayern de Múnich (“Aprendí muchísimo de él. Su filosofía es sensacional. El juego ofensivo y atractivo que propone es, además, muy rentable porque gana muchos títulos”, admitió hace unos meses, aunque después matizaría que “puedes comparar el estilo del Ajax con la forma de jugar de Guardiola. Pero Guardiola aprendió, en cierta manera, de Cruyff. Y decir Cruyff es decir Ajax”), ha sabido ejercer de alquimista para complementar, para perfeccionar, la juvenil ambición del imperial Matthijs de Ligt (19), el exquisito Frenkie de Jong (21), André Onana (23), Noussair Mazraoui (21), Donny van de Beek (22), David Neres (22) o Kasper Dolberg (21) con el liderazgo, la experiencia, la madurez, que aportan el omnipresente Dusan Tadic, el eléctrico Hakim Ziyech, Lasse Schöne, Daley Blind, Klaas-Jan Huntelaar, Joel Veltman o Nicolás Tagliafico, que en una entrevista en El País reconocía que, en el Johan Cruyff Arena, “jugar al pelotazo no es una opción. Me impresiona cómo vamos a Alemania o España y jugamos a nuestra manera. Está bárbaro eso. No importa el resultado, no importa contra quién ni dónde. Aquí es jugar y jugar. Aprendes todo el tiempo. Es darle valor a la pelota.

La pelota es, efectivamente, el origen y la meta de todo para el Ajax, un equipo, dotado de un desparpajo insultante, de una personalidad que tan solo es comparable a su talento, que desnuda a sus rivales. Como ya lo hizo el Bayern de Múnich, el Real Madrid o la Juventus, incapaces de descifrar qué es lo que este etéreo Ajax quiere, a qué juega y qué hace aquí, en el coto privado de los grandes gigantes del continente. Porque lo que está haciendo el Ajax incluso trasciende el mundo de los resultados. Víctima del expolio permanente, de la incesante fuga de talentos, que acosa la Eredivisie, es fácil pensar que no serán pocos los jugadores del conjunto holandés que este verano se despedirán de Ámsterdam, pero las exhibiciones de este Ajax, de este romántico tributo a Johan Cruyff, de estos endiablados muchachos, persistirán en la memoria de todos. Porque están locos, pero son encantadores, como reivindicaba Albert Pla en la indefinible Murieron por encima de sus posibilidades. Apasionados, traviesos, valientes, temerarios, desacomplejados, subversivos, insolentes e irrespetuosos, desconsiderados, con la élite, con la aristocracia del balompié continental, estos asesinos con cara de niño todavía seguirán emocionándonos, conmoviéndonos, dos noches más. Al menos, dos noches más. Porque como enfatizaba el propio Ajax este martes desde las redes sociales: “Quizás parece increíble, pero todo es real. Y nos encantan los cumplidos. Pero aún no hemos terminado”.