Los cuartos de final de esta edición de la Champions League cerraron con dos imágenes de Pep Guardiola y el resto del banquillo de Manchester City. La primera, el éxtasis de verse vivos cuando se creían muertos; la segunda, la de la incredulidad al descubrir que aquello era mentira. Cosas del nuevo fútbol, sus teles, sus repeticiones y sus momentos de incertidumbre en los que los goles se pasean un rato por el limbo, antes del juicio final. Pero no solo eso nos dejó esta antepenúltima manga de la máxima competición continental. También hubo madurez, mucha madurez. Y de diversas maneras: sorprendente por la fecha de nacimiento de algunos de los que la sacaron a relucir en Turín; necesaria por parte de aquellos que quieren borrar de la memoria una triste noche cerca del Coliseo; consolidada a medio gas en Do Dragao; e inexorable en una larga y loca batalla en Mánchester. Cuatro fueron los que dieron un paso adelante, escenificando que, como diría Nietzsche, “la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño”. Cuatro caminos distintos para encontrarse, para decirle a Europa entera que esto ya va en serio.

 

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Unos chicos venidos desde Ámsterdam se han plantado en las semifinales de la Champions League con una deslumbrante seguridad en sí mismos. 22 años hacía que el Ajax no viajaba tan lejos, más tiempo del que algunos de los futbolistas ‘ajacied’ llevan en la Tierra. Estos mismos chicos, irreverentes, talentosos y precozmente preparados, han tenido que vérselas con toda la elite europea para llegar hasta donde están. Lo han hecho con respeto y valentía, pero nada de condescendencia ni miedo. A estos chicos, porque muchos de ellos son realmente chicos, les ha dado igual dónde, cuándo, cómo y en qué situación ha tocado salir al campo; siempre han reflejado tener una idea incuestionable por bandera, con un estilo reconocible, atrevido y divertido. “Si muero lo haré con mis ideas, las de Cruyff y las del Ajax”, parece que se repita constantemente Erik ten Hag cada vez que sus muchachos pisan la alfombra verde. Y así, fieles a su idiosincrasia y a la de su club, han protagonizado remontadas contra reyes del continente, miradas de tú a tú ante aristócratas bávaros y ejercicios de superación contra burgueses de Piemonte. Estos chicos, los De Ligt, De Jong, Van de Beek y compañía, continuarán al menos dos noches más escribiendo su precioso cuento de hadas para que el respetable siga gozando.

 

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El United duró hasta que Messi quiso que lo hiciera. Diez minutos de presión extrema, recuperación rápida y velocidad diabólica. Dos sustos, el larguero de Rashford y el enredo de McTominay en la frontal, casi cuestan sendos paros cardíacos en la parroquia azulgrana. Pues salieron a morder los ‘red devils’ como no lo hicieron en Old Trafford y continuaron vivos en la eliminatoria hasta que el partido encontró a Leo Messi. Entonces, el argentino, enchufado como viene siendo habitual este año al sonar el himno de la Champions, agarró el encuentro, lo hizo suyo y no lo soltó de la mano. Lo dejó resuelto en apenas dos flechazos. Robo, caño y la rosquita de siempre. Después, presión de Coutinho, disparo con la diestra y un poco de suerte, que nunca viene mal a estas alturas de la peli si quieres que acabe con final feliz. A partir de ahí, con el 2-0 en el luminoso y el billete a semifinales guardado en el bolsillo, Leo Messi hizo funciones de quarterback mientras regalaba envíos teledirigidos para sus compañeros a uno y otro costado del césped, tuvo sus momentos de trilero escondiendo la pelota cuando el juego requería algo de pausa y también pasó un rato dándoselas de funambulista mientras esquivaba y driblaba a todo aquel que saliera a su paso. Lo que vendría a ser otro día en la oficina para el ’10’.

 

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La actuación de los pupilos de Jürgen Klopp en Oporto fue la de un equipo hecho y derecho, capaz ya, en los dos últimos años, de equipararse a los mejores clubes del planeta. Cierto es que en los primeros compases de partido, hasta el ecuador del primer tiempo, el Oporto, necesitado de goles, se tiró en tromba hacia la meta de Alisson para poner el miedo en el cuerpo al conjunto ‘red’; tan cierto como que los ataques lusos no pasaban más allá de aproximaciones que morían lejos de los tres palos defendidos por el guardameta brasileño. En esas, mientras el Liverpool gestionaba el encuentro bajo de revoluciones, aparecieron dos de los de siempre para agitar el duelo. Asistencia de Salah y gol de Sadio Mané. En el minuto 27, prácticamente la historia ya había llegado a su fin. Pasaban los segundos y poco había que contar hasta que emergió un nuevo arranque demoledor del Liverpool. Salah, Van Dijk y Firmino, con un tanto de Militão entremedias, sentenciaron el pase de los ‘reds’ a las semifinales. Cuatro goles fuera de casa, con el freno de mano echado y la sensación de reservarse para futuras citas. Este Liverpool, en dos latigazos, puede destrozar a cualquiera.

 

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Si nos gusta la Champions es por partidos como este. Si la liturgia de los martes y los miércoles se basa en sentarse delante del televisor es por disfrutar de 90 minutos como los del Etihad. Dos equipos. Dos estilos. Dos maneras de entender el fútbol. Dos motivos por los que poder decir, convencido, que eso de que el fútbol no son más que 22 tipos corriendo en calzones detrás de un balón no son más que bobadas. Lo visto ayer en Mánchester pasará a los anales de la historia de esta competición. Los cuatro goles en diez minutos, las remontadas de unos, la fe de los otros, la partida de ajedrez de Pochettino moviendo piezas a su antojo, el innegociable estilo atacante de Guardiola. Cambios de humor fugaces, repentinos y constantes. De la alegría a la tristeza, del temor a la confianza, de la fe a la incredulidad. El VAR, maldito para los de azul, bendito para los de verde; un brazo pegado al cuerpo y los milímetros de más de Agüero fueron los motivos por los que tuvo que actuar. Y todo eso, por si fuera poco, protagonizado por algunos de los mejores futbolistas de la actualidad. Qué decir de las asistencias de De Bruyne, de la determinación de Son durante toda la eliminatoria o de la chispa de Sterling. Lo de ayer fue, sencillamente, una oda al fútbol.