Es cierto que en la temporada 1999-00, la de su salto al primer equipo del Real Madrid, ya le había pegado un bocado a la Historia, convirtiéndose, con 19 años recién cumplidos, en el arquero más joven en jugar y ganar una final de la Liga de Campeones, pero la verdadera consagración de Iker Casillas como estandarte del club blanco se produjo dos temporadas después. De nuevo con la Copa de Europa como marco, sí, pero en esta ocasión haciendo frente a unas circunstancias mucho más adversas: cuando después de lograr establecerte bajo los tres palos de una de las porterías más exigentes del planeta ves cómo vuelves a dar un paso atrás. Pero quizá ese regreso al inicio fue el empujón final hacia el estrellato.

A finales de febrero de 2002, para sorpresa de muchos, Vicente del Bosque apartó de la titularidad a Casillas para cedérsela a César Sánchez, y un Iker joven y frustrado se dispuso a seguir la resolución del curso desde el banquillo. “El primer año que me cambió, dije ‘bueno, me viene bien, tengo 20 años y así aprendo’. El segundo año me volvió a hacer lo mismo y ya dije, ‘bueno esto ya… Esto se convierte en una rutina. Voy a tener que buscarme alguna solución…’”, comentó Iker Casillas en una charla con Vicente del Bosque, para El País. Y la solución llegó, sin esperarlo él, sin esperarlo quizá nadie, en el partido más importante de la temporada.

 

Tres acciones, tres momentos, tres destellos, que lo encumbraron junto a Zinedine Zidane, con aquella volea para la posteridad, como el héroe de La Novena

 

Todo cambió la noche en la que el Real Madrid disputó una nueva final de la Champions League, en el Hampden Park de Glasgow, frente al Bayer Leverkusen de Hans-Jörg Butt, Lúcio, Michael Ballack, Dimitar Berbatov y Oliver Neuville, entre muchos otros. Como venía siendo habitual, el de Móstoles empezó el encuentro sentado en el banco, pero cuando faltaban 23 minutos para la conclusión, César se lesionó y él saltó al campo de urgencia para reemplazarlo. No tuvo tiempo para calentar, pero ni falta que le hizo. De repente, aparecía, cual milagro, una ocasión perfecta para que Iker Casillas se rebelara ante todo y ante todos, confirmando que la etiqueta de diamante en bruto era algo del pasado, que lo suyo ya era una realidad. Y en esos 23 minutos, en menos de media hora, lo certificaría: su carrera pasó de prometedora a legendaria. Todo gracias a sus reflejos, que frustraron tres acciones de gol clarísimas de los alemanes para empatar.

La primera, un chut potente, seco, desde la frontal, teledirigido a la escuadra que Iker desvió a córner. Después, puede que la más icónica; aquella con los pies, en la línea de gol, despejando el gol que ya cantaba Berbatov. Y por último, otra al ariete búlgaro; tras un córner sacó a pasear los reflejos felinos que tenía para decirle que no por tercera vez a los de Leverkusen, que aquella ‘Orejona’ viajaba a Madrid. Tres acciones, tres momentos, tres destellos, que lo encumbraron junto a Zinedine Zidane, con aquella volea para la posteridad, como el héroe de La Novena.

Aquel verano ya nadie le discutiría la titularidad con la selección en el Mundial de Corea y Japón. Si José Antonio Camacho lo había convocado días antes de la final de la Champions dubitativo por su rol en los últimos meses en el Real Madrid, la exhibición en Glasgow despejó cualquier sensación de titubeo. Eso, sumado al mítico incidente de Santi Cañizares con una colonia, le situaron en la titularidad. Ya nadie movería a Casillas de ahí. Había nacido un mito.