El ‘caso Griezmann’, como se han encargado de abreviarlo los medios ya en tantísimas ocasiones, tiene que ver menos con el fútbol que con la teoría del caos. El jugador francés, que en unos pocos meses ha imaginado cientos de vidas posibles, en distintas ciudades, casas o incluso cuerpos, es ahora consciente que una sola decisión conduce a muchos desenlaces. Depende del momento en el que se haya tomado. Depende de si crees en Dios o eres ateo. Depende de si desayunas tostadas o prefieres la fruta. Depende del clima. Depende, depende, depende…

Depende de demasiados matices.

Ojalá solo hubiese dos escenarios al final del camino. Por ejemplo: que te fuera bien o te fuera mal. Ojalá. Pero, ¿y si después de haberte decantado por una cosa u por otra, te fuera regular?

La realidad es compleja y accidentada. Se desdobla en millones de planos que a su vez se desdoblan en otros muchos millones de planos, y así hasta chocar con Borges, es decir, contra el infinito.

Una conocida de mi barrio que iba para abogada decidió un buen día que iba a vender todos sus libros de derecho para comprarse una guitarra. Su meta era convertirse en cantautora. Se dedicó una temporada a ello, compuso unas cuantas canciones, probó con algunos conciertos y como no le acompañó la suerte acabó poniendo a la venta de nuevo el instrumento. Con el dinero se hizo con una maquinilla de afeitar y empezó a cortar el pelo a los amigos que se prestaban. Así hasta que una cosa llevó a la otra, el boca a boca surgió efecto, y su cartera de clientes fue ampliándose. En una ocasión rapó a un chico en su piso que era colega de un colega, al acabar fumaron un par de canutos y se enamoraron. Él trabajaba en la empresa de jardinería de su familia y medió para que le cayera un puesto. Dos años después, ella sigue en el negocio como administrativa y, si no me mintió la última vez que nos encontramos, todo le va “normal”.

Lo que da de sí el Código Penal.

 

Averiguar si Griezmann ha cambiado a su favor la historia puede demorarse lo mismo que confirmar que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York

 

Un repaso rápido a la trayectoria de cualquier ser humano debería enroscarnos en la cabeza el convencimiento de que jamás podemos adelantarnos a los acontecimientos. Lo que ocurre es que a menudo ni siquiera eso es tan sencillo, y aun asumiendo esa incertidumbre como algo intrínseco a la existencia, nos vemos abocados a emprender un próximo paso. Coger el autobús en lugar del metro. Salir a la calle con gorra y dejar la boina. Echar el currículum aquí y no allí.

Elegimos porque toca elegir, porque no hay más opción. Pero la duda permanece siempre.

Deseando que llegue un mañana mejor, acompañado de más títulos, Griezmann se pregunta hoy si lo que escogió ayer, quedarse en el Atlético y no fichar por el Barcelona, fue lo correcto. Ni siquiera sabe cuántas respuestas admite esa duda. Lo que es seguro es que de ese bucle, paradójicamente, solo puede sacarlo el tiempo. Pero claro; quién sabe de cuánto tiempo estamos hablando. Averiguar si el delantero ha cambiado a su favor la historia del fútbol puede demorarse lo mismo que confirmar que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York. Y si finalmente se demuestra que sí, lo más probable es que ya no estemos aquí para encajarlo.