Hace algunos años, en una entrevista para La Vanguardia, Sergio Heredia le preguntó a Roberto Trashorras (Rábade, Lugo, 1981) por las actividades con las que rellenaba su tiempo libre, y el jugador le respondió que acostumbraba a compartirlas con su mujer y sus hijas, y que no eran nada del otro mundo, como ir al cine, por ejemplo. “Hago las cosas que suele hacer un tío normal”, resumió.

Sin embargo, como ya advirtió el periodista, la realidad desmentía a Trashorras, que en ese momento, en plena campaña 2015/2016 con el Rayo Vallecano, pasaba por ser uno de los centrocampistas más singulares del campeonato español, capaz de organizar a todo un equipo con el sencillo método de hacer correr el balón. No era él el que se movía; era la pelota la que debía hacerlo cuando pasaba por sus botas. Y en ese juego de contrastes, sus compañeros, por cada vez que recibían, descubrían en el campo una nueva dimensión.

No hay muchas personas que consigan ser normales y extraordinarias al mismo tiempo. Quizá por eso ambos adjetivos aparecen en el diccionario como antónimos. Pero puede darse. Trashorras es la demostración. También Iniesta. O Xabi Prieto. O Valerón. Nuestro fútbol, si se hace un recuento, se ha especializado en confeccionar figuras de este tipo, cuyos comportamientos están cortados por patrones radicalmente distintos, dependiendo de si estos se dan en la calle o en el césped.

Humanos fuera, marcianos dentro. Qué bella contradicción.

 

No era él el que se movía; era la pelota la que debía hacerlo cuando pasaba por sus botas

 

No es fácil pasar de vivir en un pueblo de apenas 1.600 habitantes a una ciudad de más de un millón. Mucho menos si al nuevo hábitat tienes que adaptarte solo, sin el apoyo de tu familia, y cuando todavía estás lejos de cumplir la mayoría de edad. Eso es lo que tuvo afrontar Trashorras, hijo de ama de casa y de banquero, cuando se mudó a Barcelona para entrar en La Masía. El exportero azulgrana Amador había detectado su talento en Galicia, y el club no tardó en ofrecerle una oportunidad. Así comenzaba su recorrido un tipo que ahora, 22 temporadas después, ha decidido cerrarlo con un comunicado (hecho con Word y con el texto sin justificar, la modestia no caduca) en el que anuncia la retirada.

Lejos de lo que podría indicar su dominio total de la posición de mediocentro en su etapa madura, Trashorras no jugó siempre en la misma demarcación. Empezó más adelante, alternando la mediapunta y los extremos, y fue así como Edu Polo, cuando comenzaba a asomar la cabeza en el primer equipo, lo bautizó como ‘Brujita’, por sus similitudes con el genial Juan Sebastián Verón. Una comparación que por lo visto no acababan de comprar en la entidad culé, que con el anuncio del primer gran fichaje de la era Laporta, le dio la carta de libertad. Trashorras insistió que el que le había dejado sin hueco en la plantilla no había sido Xavi Hernández, otro talento de la casa que jugaba más atrasado: el que le tapó de verdad fue Ronaldinho.

El filial del Real Madrid fue su siguiente destino. Dio el salto a la capital avalado por Jorge Valdano, por aquel entonces director deportivo. “Organizó una reunión y me convenció para ir”. Pero a lo pocos meses de su llegada el argentino saltó, y al joven se le apagaron las luces. Recalaría en Segunda, en el Numancia, y más tarde en Las Palmas y en el Celta.

 

Su juego era como una copa carísima, de esas que solo sirven en películas americanas, que había que remover lentamente en círculos antes de llevársela a los labios

 

Tal vez la tardía consagración de Trashorras encontrase una explicación en su juego. Elegante y mesurado, las actuaciones impactantes nunca fueron su estilo; siempre prefirió el proceder cauteloso, que a la postre, con el paso del tiempo, se volvía definitivo. Su juego era como una copa carísima, de esas que solo sirven en películas americanas, que había que remover lentamente en círculos antes de llevársela a los labios y, entonces sí, disfrutar de su sabor. Nunca tuvo prisa por convertirse en el mejor de los partidos; simplemente dejaba que cayeran los minutos, y que al final, cuando se cerraba el resultado, al público no le quedase otra que mirarlo a él para comprender lo que había pasado.

Fue en el Rayo donde todas esas virtudes por fin cristalizaron y obtuvieron el reconocimiento merecido. El encuentro con su entrenador fetiche lo cambió todo. Hay un anécdota que contaba Jordi Quixano en un reportaje para El País que lo ilustra a la perfección. En un entrenamiento muy físico, Trashorras bromeó con Jémez. “Paco, vas a hacer que me retire del fútbol”, le soltó. “Lo que voy a hacer es alargarte la vida y la carrera”, respondió el técnico. Los años le darían la razón.

Vallecas vio como se coronaba un futbolista que, ya anclado en el círculo central, era capaz de sumar más pases que Kroos, Messi o Busquets en un solo curso. Se erigió como capitán y termómetro de un equipo humilde y alegre que encontró en la sucesión de pases un camino perfecto para alejarse del descenso. El barrio quedó en él, y él quedó en el barrio. Fue allí donde se puso de manifiesto una de las leyes imperfectas del fútbol: no es necesario pisar la élite para jugar como una estrella; puedes estar en un club terrenal y no tener para comprar un yate, y aun así sacar a pasear el traje al verde todos los domingos.

Buen viaje, mariscal.