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24 de abril de 2007. Manchester United y Milan buscaban superar el último peldaño que les llevara a una nueva de final de la Champions League. El partido fue un espectáculo. Uno de los últimos vals que nos brindarían el uno frente al otro sobre el escenario europeo. Dos maneras de entender el fútbol. Dos mastodontes con la galería repleta de títulos. Y el encuentro estuvo a la altura de las circunstancias. Dos remontadas, una por cada lado. Un equipo llevado en volandas por su afición hacia la victoria en el primer asalto; y el otro muriendo de pie sobre el césped, con el cuchillo entre los dientes, dejándoselo todo, y más, por salir vivo de un teatro del que lo normal sería despedirse entre pesadillas. Y si pudo contar su regreso a casa, más allá de por las paradas de Dida, por el temple de Nesta o por los siete pulmones de Gattuso, fue por dos chispazos de magia del último hombre que dominó el planeta antes de que dos seres inmundos se encargaran de llevar este deporte hasta cotas prácticamente nunca antes vistas.

Aquel año, Ricardo Izekson dos Santos Leite, Kaka cuando el balón echa a rodar, fue el mejor del mundo. Sin duda. Y la de Old Trafford fue su mejor actuación. Puede que los ingleses se impusieran sobre el terreno de juego a los italianos, pero cuando, años después, se recuerda aquel duelo, nadie se atreve a decir nada de la magnífica asistencia de Scholes a Rooney, al más puro estilo Laudrup, para poner la igualada en el luminoso, ni mencionan el segundo tanto de Rooney sobre la bocina, ni las jugadas de aquel Cristiano que vivía enganchado a la cal. Todos, seamos del United, del Milan, o sintamos amor por cualquier otro club, hablamos del día en que Kaka conquistó Old Trafford. He ahí la magnitud del brasileño aquella temporada; trascender por encima de la verdad absoluta, del resultado. Eso solo unos pocos pueden permitírselo.

 

Aquel día, con dos chispazos, un chaval al que el mundo del fútbol conocía como Kaka consiguió que los forasteros disfrutasen de sueños y no de pesadillas en Old Trafford

 

Regresando al encuentro, transcurrido el primer cuatro de hora el United, con ventaja en el marcador gracias a un tempranero gol de Cristiano Ronaldo, dominaba el partido con notoriedad. El Milan, recluido frente a su área, buscaba conectar con los de arriba, pero le costaba horrores llegar hasta sus dos hombres más avanzados, Kaka y Gilardino. Cuando lo consiguió, gracias al ’22’, la balanza comenzó a equilibrarse. Cada vez que el balón llegaba a sus pies, el Milan respiraba aliviado, tenía motivos para la esperanza. Y con el paso del tiempo iban encontrándole en zonas más peligrosas. Con espacio para correr, cerca del balcón del área, en esas el ex del Sao Paulo no solía perdonar al rival. Así, en el minuto 22, tras una falta en el centro del campo, comenzó el espectáculo de Kaka en Old Trafford. Gattuso reanudó rápido el juego abriendo para Seedorf. El holandés avanzó unos metros sin oposición hasta que encontró a Kaka arrancando por el pasillo central. Un pase entre líneas y un destrozo a la defensa del United. Con el mismo control Kaka sacó metros de distancia a Carrick, Heinze y Brown, les dejó en el sitio con un cambio de ritmo arrollador. Un primer toque fuera del área para noquearlos; un disparo cruzado con la zurda, la mala, imposible para Van Der Sar, para matarlos. El partido se ponía 1-1 y Kaka aún tenía que contarles otra cosa a los mancunianos antes de enfilar por el túnel de vestuarios para que el partido, rápido, vibrante, disputado, se tomara un respiro.

15 minutos después de aquello, cuando mejor estaban los ‘Diablos rojos’, cuando más apuros pasaban sus compañeros, regresó Kaka. José Sámano describió a aquel Milan en la crónica de El País como un equipo en el que “todos conocen su oficio a la perfección, dominan como nadie las menudencias del juego y se aplican con un voluntarismo encomiable. Nunca se arrugan y siempre tienen a un chico talentoso ajeno a la faena gregaria”. Y aquel chico era el mediapunta brasileño, el mismo a quien se le ocurrió que un puntapié de un Dida angustiado por las acometidas del United podía ser la asistencia idónea para darle la vuelta al marcador. Solo necesitó cuatro toques. El primero, con la cabeza, para dejar atrás a Fletcher en el forcejeo. El segundo, un sombrero marca de la casa con el que zafarse de la presión de Heinze. El tercero -mi favorito-, de nuevo con la cabeza, para esquivar a Evra, que llegó pasadísimo de vueltas y mal a la cobertura, y en su intento por resolverlo acabó derribando a un Heinze que, tras ser superado, buscaba evitar la desgracia. El último contacto con el balón, el cuarto, fue un pase a la red con el que Old Trafford combinó silencios y tímidos aplausos rindiéndose ante el, por entonces, futbolista más determinante del planeta.

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El Manchester United acabaría remontando el encuentro, sí. Pero, ¿qué más da? Aquel día, con dos chispazos, un chaval al que el mundo del fútbol conocía como Kaka consiguió que los forasteros disfrutasen de sueños y no de pesadillas en Old Trafford. Y eso, entonces, no lo conseguía cualquiera.