“Tras caer el muro los alemanes de un lado preguntaban a los del otro: ‘¿dónde estabas cuando marcó Sparwasser?'”, dijo el propio Jürgen Sparwasser en una entrevista en As en 2009. Él fue el gran protagonista del histórico partido que el día 22 de junio de 1974 enfrentó a la Alemania Federal y la Alemania Democrática, separadas desde 1961 y hasta 1989 por el muro de Berlín. El azar quiso que las dos Alemanias se cruzaran en la tercera y última fecha de la primera fase de grupos del Mundial de 1974, disputado, para más inri, en la Alemania Federal, la capitalista. En las dos primeras jornadas, la RFA, clara candidata al título por su condición de vigente campeona de Europa (1972), había vencido a Chile y a Australia y la RDA había superado a Australia y había empatado con Chile. Justo antes del duelo fratricida del 22 de junio, Australia y Chile empataron a cero y las dos Alemanias saltaron al verde de Hamburgo sabiendo que, pasara lo que pasara, ya estaban clasificadas para la siguiente ronda. Lo único que estaba en juego, pues, era la primera plaza y el honor, y no era poco acicate en el contexto de la guerra fría. La connotaciones políticas del duelo eran inevitables. “El partido estaba cargado de un morbo evidente: la Alemania capitalista contra la Alemania comunista, las gloriosas estrellas del Bayern y compañía contra los oscuros jugadores de la RDA, que ni siquiera en su país eran celebridades, pues les robaban plano los atletas”, escribió Alfredo Relaño en las páginas de As. De hecho, aquella fue la primera y única experiencia mundialista de la RDA.

El partido se jugó ante 60.000 almas y, según contó J. Carlos Jurado en Marca, “estuvo precedido por amenazas de atentados y secuestros por parte de la organización terrorista Baader Meinhof. El partido se disputó con un helicóptero sobrevolando el estadio y con francotiradores en todas las terrazas de los edificios cercanos al estadio para evitar cualquier tipo de tragedia similar a la de los Juegos Olímpicos de Múnich”. Ya en el verde, apuntó Relaño, “los Maier, Vogts, Schwarzenbeck, Breitner, Beckenbauer, Hoeness, Overath, Müller y compañía jugaron nerviosos frente al motivado y machacón equipo del Este, el de los parientes pobres”. “Preparamos un cerrojazo porque la RFA era un equipazo de estrellas y nosotros unos obreros del fútbol. La presión les superó porque estaban obligados a ganar. Beckenbauer lo bautizó como el Waterloo de la RFA”, contó Sparwasser en As. Para defender los colores de su país se había tenido que afiliar, como tantos otros deportistas, al Partido Socialista Unificado de Alemania, según recordó Alberto Servián Aparicio en El Periódico. Aquella noche, Sparwasser, centrocampista ofensivo de vocación, ingeniero mecánico de profesión, firmó un gol que le convirtió en portada en todo el mundo. “Recibí un pase largo, corrí y al entrar en el área disparé sin pensarlo. Chuté desde el este con dirección al oeste”, admitió en As.

El Mundo Deportivo del domingo 23 de junio relató, en una crónica titulada Alemania Oriental dio la campanada, que “un rápido contraataque por la izquierda terminó con un centro sobre el área. Sparwasser, atento y con habilidad, controló el balón y ni Beckenbauer ni Vogts pudieron hacer otra cosa que seguirle. Se adentró en el área pequeña y superó a Maier por la derecha. El espectáculo fue increíble. Los graderíos eran todo un poema: los partidarios del equipo de Schön quedaron mudos y sus compatriotas comenzaron a cantar en señal de júbilo y alegría y así estuvieron hasta el final, celebrando un triunfo en el que soñaban pero en verdad no creían“. Sobre anuncios de Ron Pujol, J. M. Casanovas destacaba que la Alemania Oriental era el equipo más joven del torneo, con 24 años de media, y que, en la sala de prensa, “Buschner no cabía en su pellejo de alegría. Eufórico por los cuatro costados de su humanidad, aseguró que esta es la mayor victoria de su vida. Y que su equipo ha demostrado palpablemente que puede representar un brillante papel en la competición al dar buena cuenta de uno de los grandes favoritos. Que la gran virtud de sus jugadores había sido correr sin desmayo y que, pese a su estilo quizá algo tosco, han demostrado que pueden llegar lejos”.

 

Aquella noche, Sparwasser, centrocampista ofensivo de vocación, ingeniero mecánico de profesión, firmó un gol que le convirtió en portada en todo el mundo

 

Pero el equipo ya no llegó más lejos. En la segunda fase de grupos, acabó último y cayó eliminado tras perder con Brasil (1-0, Rivelino) y con Holanda (2-0, Johan Neeskens y Rob Rensenbrink) y empatar contra Argentina. En cambio, gracias a esa derrota, la Alemania Occidental quedó encuadrada con Yugoslavia, Suecia y Polonia. Venció los tres encuentros y en la final superó a la ‘Naranja Mecánica’ de Johan Cruyff, alzando su segundo entorchado mundial. “Vi la final en mi casa de Magdeburgo, completamente solo. Cinco minutos después del partido llegó un mensajero con un telegrama occidental dirigido a Jürgen Sparwasser, Magdeburgo, sin calle ni más indicaciones. Decía: ‘Spari, te damos las gracias. Toda Alemania te da las gracias’. Fue lo mejor que podía haberles pasado a los jugadores de la RFA. Todos lo dicen”, dijo Sparwasser en El País en 2006. Franz Beckenbauer reconoció, años después de aquella Copa del Mundo: “El gol de Sparwasser nos despertó. Sin ese gol nunca habríamos ganado aquel Mundial”.

En la mencionada entrevista en El País, Sparwasser también reveló que no recibieron ninguna prima por el triunfo ante la Alemania Occidental: “Por el partido, nada. Recibimos 2.500 marcos por pasar a la segunda ronda. Occidentales”. En otra entrevista, el jugador explicó que se sintió utilizado por la propaganda. “La gente pensaba que le habíamos hecho un favor a la dictadura. Repetían mi gol constantemente en las noticias y comencé a sentirme utilizado”, dijo, según recogió Servián Aparicio en El Periódico. El 1974 fue, sin duda, el mejor año de toda la carrera de Sparwasser, que antes del Mundial ya se había coronado campeón de la Recopa del Europa con su Magdeburgo tras vencer al Milan de Gianni Rivera. Fue el único título internacional del fútbol de la RDA, que también jugó y perdió otras dos finales de la Recopa (Carl Zeiss Jena y Lokomotiv Leipzig). Sparwasser también consiguió tres ligas de la Alemania Oriental (1972, 1974 y 1975) y cuatro copas (1969, 1973, 1978 y 1979, el año de su retirada) con el Magdeburgo, el club de su vida, y un bronce en los Juegos Olímpicos de Múnich (1972), tras derrotar a la RFA en la segunda fase de grupos. En verano de 1974, el Bayern de Múnich, campeón de Europa en 1974, 1975 y 1976, llamó a la puerta, pero declinó la oferta. “No me interesaba salir del país. Soy hijo de una familia trabajadora. No me atraían el lujo y el dinero”, recordó en As. “Preguntaron por mí tres clubes. No me interesaba porque no quería dejar a mi esposa y a mi hijo. Eso no se hace ni por todo el dinero”, afirmó en El País.

En la misma entrevista contó por qué decidió desertar y dejar atrás la Alemania Oriental en 1988: “Nunca planeé hacerme entrenador cuando terminara mi carrera. Después de mi operación de cadera, tuve que abandonar el deporte profesional y quería dedicarme a la docencia en escuelas deportivas. En 1986 vino gente del Partido Comunista a decirme que debía hacerme entrenador del Magdeburgo. Lo rechacé en tres ocasiones. Les dije que no era lo que quería hacer. Mi meta era otra. Pero intentaron presionarme y evitaron que pudiera escribir mi tesis doctoral. Así que entonces destruyeron mi carrera profesional. Yo tenía 40 años y me quedaban 25 de trabajo para recibir la jubilación. Me quedé sin posibilidades de completar mis planes profesionales. Así que decidí irme a la RFA con mi mujer, que ya estaba al otro lado de la frontera”. Fue invitado a la Alemania Oriental para jugar un partido de veteranos y ya no volvió, pasando a héroe a villano a los ojos de la RDA. La hemeroteca dice que aprovechó un descuido de un dirigente que lo vigilaba y se escapó del hotel. “Acudí a un encuentro de veteranos y me quedé, estaba harto de la politización y las mentiras de mi país”, dijo en As.

También en As, enfatizó que “no recibí una casa y un coche. Es una leyenda urbana”. Su gol, remarcó, fue “un gol político. Aquel gol me trajo más problemas que alegrías”. Pero le convirtió en historia, en leyenda. En eterno. Como afirmó una vez: “Si en mi lápida pusieran, simplemente,’Hamburgo, 1974′, todos sabrían quién yace debajo”.

 


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Fotografía de Getty Images.