Un día fuimos muy grandes, qué noches aquellas. La inocencia por bandera y todo un camino por recorrer, aunque lo importante nunca fue el final, pero eso lo supimos tarde, cuando el árbitro señaló la hora. Un trofeo, dos trofeos, tres, cuatro y ya perdí la cuenta. Como esas noches que sabes cuándo empiezan y no cuándo acaban, de esas que terminas comiendo un kebab, en la auténtica imagen de la decadencia, pero que en ese momento brilla con luz propia. Alcohol mezclado con una salsa que vete a saber tú con qué está hecha, pero es como si el jodido Arzak la hubiera estado haciendo. Hasta esos instantes eran mágicos. El balón no era perfecto, estaba rasgado por tanto uso contra las paredes de los vecinos, era redondo y con eso era suficiente. ¿Para qué íbamos a pedir más? Las rodillas, cómo no, llenas de parches, ya que los pantalones no soportaban el fútbol de aquella época. Esperad, creo que me ha entrado algo en el ojo y se me cae alguna lágrima.

Recuerdo que de crío el Milan y el Manchester United me daban miedo. No creía en que hubiera un monstruo debajo de mi cama o dentro del armario, pero sí creía que esos tipos venían a robarme mis sueños y mis juguetes. Eran plantillas que te sabías de memoria, quizá por el pánico que producían, y cada uno de sus futbolistas parecía que era el más rápido, el más alto y el más letal, todo ello personificado en un Jaap Stam que vistió ambas camisetas. Esos cabrones estaban siempre en el mes de mayo. Esos cabrones estaban siempre ahí. Europa les temía y los mejores jugadores del planeta se daban codazos por lucir sus escudos, fueron los equipos más grandes de sus respectivos países durante unos cuantos años. Lo tenían todo, desde la portería hasta el ataque. Futbolistas de calidad, defensas que te hacían sentir el frío tras la nuca, delanteros letales y un banquillo de lujo. Días de gloria, amanecer soñando con cheerleaders de los Lakers y no querer salir de la cama.

Ahora todo ha cambiado, hemos crecido y no somos los de antes. Lo que ayer nos parecía gigante ahora resulta ser pequeño, todo forma parte del mismo proceso. Los críos ya no ven fútbol y cuando juegan a videojuegos no se eligen al Manchester United ni al Milan, se están criando con dos equipos que a sus ojos no son nadie. Para ellos el equipo grande e importante de Mánchester viste de azul cielo y posiblemente no sepan ni cinco futbolistas del Milan ya que ni juega la Champions League, una de esas pocas competiciones por las que quizá muestren algo de interés. No sé si sentir tristeza o simplemente es el ciclo de la vida, es lo mismo que nos sucedió a mi generación con el Nottingham Forest y con otros tantos clubes que ahora mismo están más pendientes de no llevar corbata que de que esta les apriete el cuello. Éramos más felices cuando no teníamos nada, así era más sencillo divertirse. Brindemos para que Manchester United y Milan no caigan en el olvido, por mucho que sus dirigentes se empeñen en que los adolescentes del mañana ni sepan de qué color visten sus equipos.

 


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Fotografía de Getty Images.