Sube y baja. Baja y sube. ”¿A qué planta va?”, dispara con absoluta corrección a las decenas de socios, empresarios, ricos y miembros de la ‘jet set’ londinense que buscan el palco de Stamford Bridge. Pocos saben que detrás de su traje entallado y sonrisa burocrática se esconde Paul Canoville, el primer jugador de color de la historia del Chelsea.


 

Era un domingo de primavera en Londres y el sol se columpiaba por todos los rincones de la ciudad. “Yo soy Paul Canoville, el primer jugador negro del Chelsea”, soltó de sopetón el ascensorista de Stamford Bridge minutos antes del partido contra el Liverpool. Sí, el ascensorista. Su pasado con el balón no le grangeó un presente de esplendor.

Cuando los 80 apenas gateaban por el siglo pasado. Cuando el césped no era una sábana verde. Cuando las camisetas aún no eran esclavas del dinero ajeno y en ellas solo latían unos colores y un escudo. Cuando los pantalones no llegaban más allá de media pantorrilla. Cuando el fútbol tenía mucha más verdad pero era mucho menos civilizado. Fue entonces cuando Paul Canoville escribió su historia.

En 1982, 77 años después de la fundación del club, sucedió lo nunca visto: había un futbolista que no era blanco. Canoville, un extremo zurdo con un gran cambio de ritmo y que centraba con compás, escuadra y cartabón, debutó el 12 de abril de 1982 en un Crystal Palace-Chelsea de la Second Division. Salió a calentar por la banda de Selhurst Park y algunos aficionados le escupieron insultos. Se volvió hacia la grada. No daba crédito. Sus propios seguidores le llamaban ‘perro negro’ y le tiraban plátanos. Había soñado un debut platónico pero la carroza se tornó en calabaza: “Cuando recibía el balón se lo devolvía al lateral, estaba destrozado. Sólo deseaba que el árbitro pitara el final”, relata Canoville.

1982 fue el año del Mundial de España y el de la guerra de la Malvinas, cuando se estaba forjando el molde de hierro de Margaret Thatcher. El Come On Eileen de los Dexy’s Midnight Runners sonaba a todas horas y David Bowie ya cocinaba el Let’s Dance. La Premier aún no existía y, en plena época dorada del Liverpool, los hooligans campaban a sus anchas por los estadios.

 

Se volvió hacia la grada. No daba crédito. Sus propios seguidores le llamaban ‘perro negro’ y le tiraban plátanos

 

El conflicto racial había estallado en el sur de Londres un año antes. El New Cross Fire sacudió la noche del 18 de enero de 1981. Catorce adolescentes murieron calcinados en el incendio de la casa en la que celebraban una fiesta de cumpleaños. La comunidad negra no tuvo éxito en el intento demostrar que un grupúsculo del ultraderechista Frente Nacional, que había cosechado cerca de 200.000 votos en las elecciones generales de 1979, originó la masacre.

Hijo de una angoleña y un dominicano que viajaron por mar en 1948 en el Empire Windrush desde Jamaica hasta Londres, Canoville nació en un barrio suburbial del oeste de la capital llamado Southall. Repleto de bazares coloristas y aliñado con aromas exóticos, es conocido como ‘Little India’. Su padre abandonó a la familia y solo volvió a verle 21 años más tarde, después de un partido en Sheffield. Pisó poco la escuela, se marchó de casa, fue acusado de delitos menores y a los 18 años nació el primero de los 11 hijos que tuvo con diez mujeres distintas. Las lesiones aceleraron su adiós y ‘Canners’ se hizo dj. Se pateó los trofeos futbolísticos y la colección de rarezas discográficas para pagarse la coca. Se desintoxicó, batió al cáncer por dos veces y su hijo Tye se le murió en los brazos por un defecto de nacimiento en el corazón. Casi nada.

Los que le insultaban ahora se disculpan con las mejillas hinchadas de vergüenza. Su autobiografía, llamada Black and Blue: Como el racismo, las drogas y el cáncer casi me destruyen, se publicó en 2008 y se devora en menos que se canta un gol. Más allá de lecturas y videos sobre su vida, apetecía una entrevista. Y preguntar. Y conocerle. Lástima que Mr. Canoville sea mudo si no es a cambio de 150 libras. Nosotros nos lo perdemos. Y él también.

 


Este artículo ha sido extraído del interior del #Panenka49, una número que todavía puedes conseguir aquí.