“Qué envidia me da verles ahí abajo ahora, a punto de jugar”, me reconocía, sonriente, as always, Iker Muniain, que deberá perderse este final de año por una inoportuna lesión en el bíceps, en la grada de San Mamés justo antes de que arrancara el encuentro del Athletic Club contra el Granada (2-0). Unas palabras, pronunciadas apenas unas pocas horas después de ir a ver un partido de su hijo Iker, a quien “siempre he tratado de transmitirle mi amor por el fútbol”, como él mismo admitía en una entrevista, publicada en el #Panenka83, en la que además acentuaba que el balón que empezó a chutar en el barrio pamplonés de la Txantrea todavía continua botando, haciendo suya aquella cita en la que Dylan Thomas remarcaba que “la pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”, que regresaron a mi mente al descubrir la preciosa historia que se escondía detrás de las lágrimas que este fin de semana surcaron, inundaron, el rostro, las mejillas, del meta londinense David Martin (1986), del West Ham.

El portero inglés, habituado, condenado, a vivir, a malvivir, siempre en las sombras, a medio camino entre el banquillo y la grada, fue la principal novedad en el once titular que alineó Manuel Pellegrini para enfrentarse al Chelsea de Frank Lampard, al que los ‘Hammers‘ vencieron por un ajustado 0-1 en Stamford Brigde, con un derechazo de Aaron Cresswell en el amanecer del segundo acto. Martin, protagonista de una, hasta este sábado, gris, humilde, carrera futbolística que le ha llevado por el Wimbledon, el MK Dons, con el que, en la 15-16, disputó 35 duelos en la categoría que hasta el momento era su techo, la Championship, el Liverpool, el Accrington Stanley, el Leicester, el Tranmere Rovers, el Leeds United, el Derby County y el Milwall, desde el que este verano aterrizó en el London Stadium, acarició el cielo con los guantes al debutar en la Premier League; aprovechando la ausencia de Łukasz Fabiański, lesionado, y el mal momento de Roberto Jiménez.

Por fin, debía pensar el cancerbero londinense, un jornalero de un balompié que siempre le había mostrado su cara más amarga, mientras sus compañeros le hacían desaparecer del césped de Stamford Bridge entre una nube de abrazos. Por fin, debió pensar mientras se fundía en un precioso, emocionante, abrazo con su padre; Alvin, una gran leyenda del West Ham. Del West Ham que fue el club del corazón, del alma, de David Martin desde que llegó al mundo; hace ya 33 años. Erigiéndose en uno de los héroes de la victoria ‘hammer‘, el arquero británico del West Ham dejó su portería a cero para embellecer, más si cabe, la historia de un día que él jamás olvidará. Llegó a acostumbrarse a despedirse de las hojas del calendario desde el banquillo, a visionar los resúmenes de la Premier League desde el sofá, pero jamás renunció al sueño de convertirse, un día, en el feliz protagonista de uno de ellos. Nunca se decantó por rendirse. Por enterrar el sueño que todos compartimos algún día. Al contrario. Él continuó esperando, paciente, su oportunidad, desafiando a los que insistían en que su barco había zarpado ya, entregándose a la que siempre fue su gran pasión de una forma tan pura, tan genuina, como las emocionadas lágrimas de felicidad que este sábado brollaban de sus ojos desorbitados; de una forma que a uno, mientras escribe estas líneas, solo unas horas después de rescatar de un contenedor un Football Stadium de Perma, le parece una lección de vida, le recuerda una maravillosa respuesta de Flavita Banana: “La pregunta no es cuándo empecé yo a dibujar. Es cuándo dejaste tú de dibujar. Dibujamos todos, de niños. Yo seguí. Tomé la postura pasiva de continuar dibujando. El resto asumió la postura activa de parar”.