Los porteros viven sobre la línea. El muro imaginario separa los títulos del vacío, el triunfo de la derrota, la felicidad de la tristeza. Tienen la llave maestra de los hoteles. Son, como los Reyes Magos, el último paso antes de perder la magia. Parece que miran al delantero, parece que miran a la pelota, parece que miran al destino. Pero en realidad están mirando a la muerte. Y solo hay dos formas de encarar el fin: aceptándolo con la cabeza gacha o diciéndole que vuelva mañana, que ahora estás ocupado, como si la huesuda fuera un teleoperadora de Jazztel.

David de Gea es el que mejor agarra a la muerte en los tangos. Cuando acumula una mala racha, cuando parece que le han echado la última palada de tierra, el cancerbero español recuerda a Syrio Forel, el maestro de Arya Stark, cuando dice: “Solo existe un dios y se llama muerte, y solo hay una cosa que decirle a la muerte: hoy no”. Acostumbrado a revivir como si desayunara las habichuelas mágicas de Son Goku, la última resurrección de De Gea llegó el pasado fin de semana ante el Norwich. Dos paradas como arrebatos, dos manotazos como tragos de Jägermeister, dos matamoscazos.

La carrera de David de Gea hay que entenderla como un monitor que marca los latidos del corazón. Un valle, y de repente, pip. Debut en el Atlético de Madrid. Dos años y, de nuevo, pip. Fichaje por el Manchester United, el más caro en aquel entonces de un guardameta de la Premier League. Cuando parecía que los picos de forma abundarían en su carrera, tuvo un debut para olvidar. A cada mazazo, se fue reponiendo, hasta que volvía a firmar otro mal partido. “Debería haber parado ese disparo el 100% de las veces”, dijo Solskjaer tras un partido de la FA Cup. “De Gea está cometiendo errores básicos de niño de colegio”, se cebó el ex ‘Red Devil’ Paul Ince. Pasaba de ídolo, como mejor jugador del equipo durante varias temporadas, a villano. Pero de Gea, cuando más cuestionado estaba, cuando más se crispaba el ambiente en la portería, volvía a decirle las mismas palabras a la muerte. Not today.

 

Los porteros tienen algo de discurso de autoayuda, ese que dice que el invencible no es al que no vencen, sino a quien vencen y se levanta

 

Se repuso también del culebrón del fax, el único que consiguió hacerle la competencia a ‘Frijolito’. Era 2015, lo tenía todo hecho con el Real Madrid, pero el fax más famoso de la historia del fútbol llegó 32 minutos fuera de plazo. Por aquel entonces, se empezaba a producir la transición dulce que anticipaba Del Bosque en la selección española. Con la ‘Roja’ todo iba mejor que en su club porque estaba en nuestras cabezas. Era el elegido para sustituir a Casillas. Pero llegó el Mundial de 2018 y los diez goles en once disparos, errores groseros incluidos. Como si a la transición dulce le echaran un puñado de sal. Tampoco convenció a Luis Enrique y ahora mismo es el suplente de Unai Simón.

Y de nuevo, pip. Parece indiscutible en Old Trafford. Ragnick ha visto en él la piedra sobre la que cimentar el nuevo proyecto. Los porteros tienen algo de discurso de autoayuda, ese que dice que el invencible no es al que no vencen, sino a quien vencen y se levanta. Cuántas rodillas clavadas, cuántos puñetazos al césped, cuántos balones recogidos de la red. Pero ellos resisten. Not today”, susurra de Gea después de cada reflejo. Tras cada error, cuando todos lo envían al paredón, él recuerda a aquel condenado a muerte que, antes de ir al corredor, dejó el punto de libro en la página en la que se había quedado.

 


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Fotografía de Imago.