La Noche de Reyes de 1998 tuvo su dosis de magia inexplicable, su ración de infantil cosquilleo estomacal y su delirio colectivo transmitido de padres a hijos y no viceversa. Fue una Noche de Reyes de manual, en suma. La casualidad geográfica quiso que viviese mi particular cabalgata en el Helmántico, donde adoré en directo a mis majestades Figo, Luis Enrique y Rivaldo y donde comprobé que algunos héroes sí llevan Kappa. Ataviado con innecesarios gorro y guantes -no recuerdo haber sentido frío antes de los 30-, mi bautismo de fuego en la grada se saldó con un valioso doblete: mi yo del futuro descubrió la importancia del #yoestuveallí y se desmarcó del perezoso y simplista dogma support your local team. El resultado nos dio igual.

En fútbol, ser es estar. Mientras el Salamanca de ‘Txetxu’ Rojo remontaba al Barça de Van Gaal, un crío de once años aprendía que lo que se ve por la tele se siente en el estadio. No tiene edad una pasión que late desatada entre escalones de hormigón y asientos de plástico. Cuando ocupé el mío ignoraba estar ante un rito de 90 minutos que encerraba lecciones aún vigentes: que en la vida no se gana hasta que pita el árbitro, que los tuyos son los tuyos allá donde vayas o que verse rodeado de alegría ajena no garantiza la propia. Lejos de contagiarme o ablandarme, las bufandas unionistas al viento tras la proeza local me enfadaron y definieron como solo un niño se enfada y se define: de verdad y para siempre. Lo que entonces supo a carbón es hoy un dulce recuerdo.

El vínculo hacia unos colores es demasiado fuerte como para depender del lugar en el que estamos empadronados. Support quien te salga del alma. No caben imposiciones cuando se trata de escoger un credo. Cada corazón tiene sus motivos, a menudo indescifrables o casuales como lo es el fútbol por mucha estadística avanzada que intente racionalizarlo. El balón está lleno de paradojas. Aquel 5 de enero del 98, por ejemplo, yo era un aficionado local del equipo visitante ajeno a la gentrificación que desde entonces desplaza progresivamente a los clubes menores en favor de aquellos con mayor poder adquisitivo. Comprendo que las gradas no coreen support your global team, ¿sería mucho pedir que además no se nos diga con quién debemos ir?

 

Sin niños que se enamoren en la grada, el producto pronto interesará solo a cuarentones. Y el juguete que logra que cada noche sea la de Reyes podría romperse

 

A propósito de verbos de movimiento, siempre me fascina que al acto de acudir a un partido se le denomine ‘ir al fútbol’. Estadísticamente, es el fútbol quien viene a nosotros con mayor frecuencia para que lo consumamos desde el sofá. Ahora que parece estar en horas bajas, convendría devolver la cortesía y personarse en esos recintos sensoriales llamados estadios: el bombo que te pone la cabeza como un ídem y te altera el corazón, los cánticos que asustan y atraen al mismo tiempo, la hierba de la que no puedes ni quieres apartar la mirada. Con ‘Don Dinero’ acentuando las diferencias y ‘Doña Atención’ alejándonos emocionalmente de un juego hoy más televisado que presenciado, urge avivar la llama. El flechazo es in situ o no es.

El consumo fuera del estadio convierte el fútbol en un producto completamente distinto. La evolución comportamental del aficionado se explica desde la cantidad de horas delante de la tele. No es sostenible que cada partido sea un regalo de Reyes; el Salamanca-Barça de turno equivale hoy a una suscripción de dos meses a razón de 20 encuentros por semana. Oferta 1-0 Demanda. “Cuando la televisión es tu terreno de juego”, apunta el periodista Daniel Storey, “es menos probable que conectes con el equipo de tu ciudad y mucho más que idealices a futbolistas o equipos globales”. Así sopla el viento mediático. Dejemos de tratar a los seguidores de los grandes como a villanos con poca imaginación y acerquemos a la gente al lugar donde se produce la infatuación futbolera. Nuestra pasión habita en las gradas, al 2021 pido que nos deje rendir visita.

Hace 23 años ‘fui al fútbol’ por primera vez. No solo vi perder a mi equipo del alma contra el de mi ciudad -eso podría haberlo hecho desde casa, sin gorro ni guantes- sino que escuché el balón que Couto estrelló en el larguero; sufrí en mis carnes el inmediato 4-3 del ‘Cuqui’ Silvani; admiré a Rivaldo con el estómago en llamas. No empaticé con mis vecinos, deseé que Goliat machacase a David. Aprendí a golpes el significado de matagigantes, término en infeliz desuso y tan adecuado para aquella UDS. ¿Ir al fútbol o que el fútbol venga siempre a nosotros? Mi yo del presente sabe que es preciso mover el culo. Porque sin niños que se enamoren en la grada, el producto pronto interesará solo a cuarentones. Y el juguete que logra que cada noche sea la de Reyes podría romperse.

 


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Fotografía: portada de Mundo Deportivo (6-1-1998)