En el formidable Tot Messi, Jordi Puntí emprende una cruzada contra todos aquellos que repiten que no existen adjetivos ni metáforas para ilustrar, para plasmar sobre el papel, para poner en negro sobre blanco, lo que el ’10’ hace sobre el césped. Insiste en afirmar que el artista argentino no agota las palabras; que nada más lejos de la realidad, que es un creador de lenguaje. Tal como lo es, también, un Cristhian Stuani que, tocado por una varita mágica desde que aterrizó, hace ya dos años, en Girona, inmerso en una segunda juventud que parece no tener fin, continúa obligando a los cronistas a romperse la cabeza para narrar sus actuaciones; las del que es, sin ninguna duda, el mejor futbolista de toda la historia del conjunto del Estadi Municipal de Montilivi, que ahora, tras dejarse arrebatar aquello por lo que tanto había llorado, sueña con regresar a la élite del balompié español. 

Después de perderse las dos primeras jornadas de liga por unas molestias en el pubis que no hicieron más que avivar la ansiedad de la sufridora afición rojiblanca, temerosa de ver marchar a su líder, a su futbolista franquicia, al más grande exponente de su fe, Cristhian Stuani volvió a la titularidad este domingo, con motivo de la visita del Málaga de Víctor Sánchez del Amo a Montilivi. E, insaciable, apenas necesitó media hora para escenificar que está “dispuesto a todo por el objetivo del club”, tal y como reconocía ante sus compañeros la semana pasada, justo después de jurarle amor eterno al Girona al prolongar su vínculo, irrompible desde el punto de vista sentimental, hasta el año 2023; desoyendo, así, la infinidad de ofertas, mejores tanto en el aspecto económico como en el deportivo, que durante este verano han llegado a su puerta. “No les voy a negar que tuve un par de meses complicados, difíciles. Pero estoy seguro de que la decisión que he tomado es la mejor. Sé que va a ser un reto difícil. Pero lo he aceptado con mucho orgullo. Y no tengan la menor duda de que quiero ganar. Quiero ganar. Y lo que les pido es que vengan conmigo, que también acepten el reto. Que vayamos a muerte. Y que juguemos cada partido como si fuera el último. Tengo la espina del año pasado. Y me la quiero sacar. Les invito a que también lo intenten”, afirmó el ‘7’.

 

“Va a ser un reto difícil. Pero lo he aceptado con mucho orgullo. Y lo que les pido es que vengan conmigo. Y que juguemos cada partido como si fuera el último. Tengo la espina del año pasado. Y me la quiero sacar”

 

Porque Stuani ha hallado la felicidad en Girona. Podría ganar más dinero en otro sitio, sí. Y podría alzar más títulos en otro club, sí. Pero, aunque su decisión de seguir en el Estadi Municipal de Montilivi puede parecer antinatural en el mundo del fútbol moderno, tan frío, tan artificial, tan tristemente despojado de los sentimientos, “sentirse feliz es superior a cualquier triunfo”, como acentuaba Andrés Iniesta justo después de darle a la selección española el Mundial del 2010, unas palabras que Cristhian Stuani siente tan suyas como las que proclama Federico Luppi en la exquisita Un lugar en el mundo: “No puedo dejar todo esto. Cuando uno encuentra su lugar en el mundo ya no puede irse”. Seducido, atraído, por el olor de una ciudad y un club únicos, convertido en un gerundense más, tan convencido como consciente de que en ningún otro lugar sería tan feliz ni sonreiría tanto, ha aceptado el reto de intentar conducir al Girona hasta el lugar del que jamás quiso irse.

“Por si no ha hecho suficientes méritos para tener una estatua delante de Montilivi, ha decidido asumir el reto del Girona de volver a Primera División como un asunto personal”, remarcaba Jordi Bofill en la crónica del Diari ARA del duelo contra el Málaga; un partido que Stuani decantó en el minuto 30 al convertir en caviar un delicioso pase de Borja García para batir a Munir en el uno contra uno con un toque sutil; haciendo gala de su infinito arsenal de recursos en el área; engrandeciendo su leyenda en un Montilivi que le adora, que vive rendido a él; dándole al Girona, que en las dos primeras jornadas de la competición apenas había podido sumar un punto, la primera victoria en una temporada en la que peleará por regresar a la máxima categoría del fútbol español por la vía rápida.

 

Podría ganar más dinero y más títulos en otro club. Pero en ningún otro lugar sería tan feliz ni sonreiría tanto como en Girona, la ciudad en la que Stuani ha hallado la felicidad

 

Sabedor de la imperiosa necesidad de empezar a sumar de tres en tres para comenzar a dar respuesta a las enormes expectativas que la hinchada rojiblanca, ansiosa de regresar a la élite, ha puesto en su equipo para ratificarse como uno de los candidatos al ascenso; el ambicioso Girona de Juan Carlos Unzué se aferró a Cristhian Stuani. Y Cristhian Stuani respondió iluminándole el camino con su 42ª diana con la casaca rojiblanca. 42 tantos (43 si se le añade el que anotó en la final de la Supercopa de Catalunya, dándole un título a un club que desconocía que existen, que ni siquiera tiene un museo donde exponerlo) en 68 encuentros oficiales que, además de acreditarle como el máximo goleador de la historia de la entidad en el balompié profesional, confirman la mutación de un futbolista que jamás había destacado por su relación con el gol hasta que se enfundó la elástica del Girona para llegar al cénit de su trayectoria. “Stuani se despertó una mañana con gol. Y desde entonces cada balón que toca lo convierte en oro. Hasta el año pasado el charrúa no había tenido síntomas relacionados con él. En el Albacete y el Espanyol tuvo su idilio con el gol, pero nada parecido al embrujo que le persigue desde que viste la camiseta del Girona. No avisó a nadie. Apareció en 2017 y decidió que iba a ser un ‘9’ letal”, apuntaba Iñaki Lorda hace un año, señalando una transformación que resulta indiscutible al descubrir que Stuani tan solo necesitó 41 encuentros con el Girona para alcanzar las 29 dianas que celebró en 117 con el Espanyol; que, antes del duelo del domingo contra el Málaga, había jugado los mismos partidos con el cuadro rojiblanco que con el Middlesbrough (67), pero con un balance anotador radicalmente diferente (41-16).

Guiado por su olfato goleador, y haciendo del sacrificio un elemento innegociable de su manual, el ariete suramericano, autor de casi la mitad de los tantos (40/87 = 46%) que el Girona cantó en sus dos cursos en Primera División, en los que el killer de Tala acabó en la quinta posición del Pichichi, tan solo superado por delanteros de la talla de Leo Messi, Cristiano Ronaldo, Luis Suárez, Iago Aspas o Karim Benzema, persigue ahora la que es la mejor marca anotadora de toda su carrera: las 22 dianas que firmó con el Albacete en la 09-10, en la que hasta el momento era su única experiencia en la categoría de plata del fútbol español. Porque, a pesar de su apariencia frágil, etérea, Cristhian Stuani, immerso en el mejor momento de toda su trayectoria balompédica, sigue demostrando que los 33 años que ya muestran su currículum no son más que una cifra anecdótica, sobre todo en comparación con la de los goles que ha celebrado. Enganchado como un yonqui a perforar las mallas rivales, convertido en una especie de Benjamin Button futbolístico, Cristhian Stuani anhela ahora devolverle la sonrisa al Girona; cambiar las lágrimas de tristeza por lágrimas de alegría, por abrazos, por besos, por sonrisas. E ilusionar a una hinchada que vive enamorada del hombre que ha cambiado su presente. Y su historia.