Creer. Eso es lo que lleva haciendo el Rayo Vallecano desde agosto. Contra lógicas, viento, marea y resultados, los aficionados franjirrojos han valorado y disfrutado cada una de las gotas de sudor que han caído sobre el césped del Estadio de Vallecas para mantener vivas sus esperanzas de continuar en Primera División. Hace tres meses, cuando nadie habitaba más abajo en la clasificación, cuando los jugadores eran incapaces de brindarles una victoria a los suyos como locales, con altavoz en mano, la hinchada hizo un envidiable ejercicio de fe en sus ídolos y, sobre todo, en su entrenador, tras caer por 1-2 ante el Getafe. Cual speech motivacional de film deportivo, desde las gradas recordaron a Míchel que es uno de los suyos y que a los del barrio nunca se les abandona. El mensaje caló hondo en el técnico madrileño y las lágrimas inundaron su rostro mientras la afición le alentaba cantando: “¡Nos sacó de Segunda, del Rayo hasta la tumba, Míchel contigo siempre!”. Vallecas y su gente demostraban, una vez más, ser un club diferente en cuanto a la relación entre los diversos estamentos de la institución, a pesar de las asperezas existentes entre la hinchada y la dirección de la entidad. La afición nunca ha dejado de alentar a una plantilla que se desvive por un entrenador con plena confianza de la directiva. El puzzle franjirrojo goza de un engranaje (casi) perfecto entre cada una de sus piezas. Si no es el Rayo el que cree en sí mismo, ¿quién lo va a hacer?

Cambiar fue el siguiente paso. Mientras los que se tambalean entre la vida y la muerte junto al Rayo han tratado de reactivar a los planteles con incesantes despidos y cambios de cromos en sus respectivos banquillos, en Vallecas han apostado con los ojos vendados por el hombre que les sacó de los infiernos de Segunda. El Huesca despidió a Leo Franco para darle las riendas del equipo a Francisco; la excentricidad de Antonio Mohamed fue sustituida en Balaídos por el portugués Miguel Cardoso; y el Villarreal, con la reciente marcha de Luis García Plaza, emulando al Mónaco con Leonardo Jardim, ha vuelto a situar a Javier Calleja al otro costado de la línea de cal. Desde Vallecas, ajenos a este vaivén de preparadores, el único cambio lo ha propuesto el propio Míchel, mutando su habitual línea defensiva de cuatro hombres a la cada vez más común de tres centrales y dos carrileros. Esa decisión marcó un antes y un después en el devenir del Rayo durante el presente curso; una manera personal de tomar decisiones de la que ya habló para Panenka en el pasado mes de julio: “No me dejo guiar por la inmediatez del tiempo ni tomo las decisiones pensando en los demás, porque, al final, eso nunca sale bien”. Un cuento que se ha aplicado él, como también lo ha hecho el club, anteponiendo la pausa y el temple por delante de las prisas y la imperiosa necesidad de resultados que hoy reinan en el fútbol.

Renacer era lo único que le quedaba por hacer al conjunto vallecano esta temporada. Ya habían demostrado que en Vallecas también es viable creer en imposibles y que los cambios a veces puede ser mejor aplicarlos desde el conocimiento de la plantilla. Lo único que les faltaba era tocar todas las teclas posibles, encontrar la adecuada, abrir la luz y olvidar la temerosa oscuridad. Ese paso llegó hace cinco jornadas. Se plantó Míchel con cinco defensas en la visita del Levante y Álex Moreno y Advíncula volaron por las bandas con mayor libertad que antaño, mientras Emiliano Velázquez, Abdoulaye Bá y Jordi Amat se sintieron más fiables sumando a otro hombre en una retaguardia que pasó de encajar casi dos goles por encuentro a recoger el balón de entre las mallas una única vez por partido en las últimas cinco jornadas. Unas estadísticas inversamente proporcionales en un ataque que se ha revitalizado gracias al cambio de sistema y al estado de forma de Raúl de Tomás, Adrián Embarba y compañía. Si antes metían un gol de media en 90 minutos, ahora te enchufan dos en el mismo periodo. Nuevo esquema, mejores números y excelentes resultados, 13 puntos de los últimos 15 posibles son el mejor resumen para entender que Míchel le ha lavado la cara a ‘su’ Rayo.

Después de 21 fechas en las que solo había salido a respirar a la superficie en dos jornadas -en la cuarta tras ganar por la mínima al Huesca y en la sexta después de empatar a dos en Donostia-, el Rayo Vallecano por fin vuelve a sentir, ni que sea por una semana, lo bien que se vive fuera de esas angustiosas tres plazas que condenan a jugar en Segunda el año próximo. Y todo este proceso lo han conducido los mismos que hace unos meses estaban mordiendo el polvo partido tras partido. ¿Cómo? Creyendo, cambiando y renaciendo.