El Chimy Ávila es un experto en seguir vivo. Cada balón es una batalla, cada esfuerzo es rutina y sus piernas se mueven como si no hubiera un mañana. Al fin y al cabo es una lección de vida. ¿Para qué voy a pensar en la próxima jugada si ahora mismo estoy inmerso en otra? El argentino exprime su tiempo como aquel que saborea un batido de chocolate en un brick, lo estruja y aprieta hasta la última gota. Que en tan solo unos días, incluso horas, iba a ser idolatrado por los hinchas de Osasuna lo sabían hasta en Novosibirsk. Pocas cosas se aplauden más en El Sadar que el esfuerzo. Es el comienzo y el final de todo. Usted podrá tener una técnica depurada, sabrá poner el balón en la escuadra pero si no se deja el alma sobre el verde, difícilmente llegará al corazón de sus hinchas. Cada grada, cada afición, tiene su propio lenguaje y normas. Están las que piden a sus futbolistas un juego preciosista, lleno de detalles técnicos y jugadas sacadas del propio Louvre. Otras se conforman con acciones mundanas, que no menos importantes, como una entrada con éxito o un córner en el último suspiro.

“El Comandante no termina un partido sin tarjeta amarilla”. Así se presentó el Chimy Ávila a los pocos partidos en El Sadar y de momento predica con su palabra. Ya ha cumplido el primer ciclo de sanción, ha recibido seis amarillas en los 13 partidos disputados de la Liga. Este es el peaje de tener al argentino sobre el césped, un precio que prácticamente cualquier entrenador pagaría. Al Chimy tienes que darle libertad, sabes que va a ir al límite hasta que pite el árbitro. Para bien o para mal. Al término de los duelos, o batallas en su lugar, sus piernas están marcadas de heridas de guerra. Un poco de hielo y a funcionar, así va esto. Tras esas carreras tribuneras y protestas desde el túnel de vestuarios, se esconde un futbolista que define con delicadeza y precisión muchas de sus acciones. En esa garra y trabajo hay plasticidad en sus movimientos. El cabrón no solo es un dolor de huevos para los defensas rivales, es también capaz de enganchar un balón sin que bote. No pestañea, actúa.

Al estilo del argentino no le corresponde el fútbol actual. El Chimy parece haber nacido para campos llenos de barro, gradas con bengalas de fondo y enseñar sus tatuajes en cada gol anotado. Quizá por eso guste tanto, porque a los antiguos aficionados les hace recordar a otra época y a los nuevos les demuestra que este deporte también se puede vivir con una pasión desmedida. Imaginad lo que sería el delantero argentino en aquel Sadar de hace dos décadas. Desde hace unos meses en Pamplona han aparecido carteles en sus calles con el rostro de varios jugadores e incluso del técnico Jagoba Arrasate. La figura del Chimy, evidentemente, no tardó demasiado en aparecer en el centro de la capital navarra. El nueve está caracterizado como si de un boxeador se tratara. La metáfora está bien tirada, ya que él se mueve como un púgil sobre el césped. Le puedes dar todos los golpes que desees, él continúa recibiendo hostias hasta que al final te calza una que te manda a la lona. Ávila es un jugador de los de siempre, de aquellos que meterían la cabeza en un ventilador si ello significara sumar los tres puntos.