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Buenos días, póngame un extremo, por favor

Un extremo es un niño que se quedó atrapado en la media hora del recreo, cuando las farolas y los árboles se regateaban, más que por placer, por mera supervivencia

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Hay quien decide combatir la tristeza comprando un vuelo a Filipinas. Está el que prefiere hacerlo comiéndose un bote de Nocilla con los dedos. Yo apuesto por encerrarme en mi piso y ponerme un vídeo con las mejores jugadas de mi extremo favorito. Un extremo, si se elige bien, es un antídoto contra la infelicidad. Un disparo a quemarropa contra la monotonía de los días y la acidez de las desdichas. Pero hay que saber buscar. Un extremo es el penúltimo miembro de una especie en extinción. Desde que el fútbol empezó a apartarlo del tablero, ya casi cuesta tanto verlo como a un leopardo de las nieves. Un extremo es el euro que un despistado olvidó en la taquilla, el invitado expulsado de una fiesta, un río que corre hacia atrás. Un loco que esprinta en el campo como si en realidad quisiera abandonarlo, perderlo de vista, por más que sea su medio de vida. “Huir del paraíso es más sencillo cuando nunca has estado en él, cuando, en fin, has construido minuciosamente las pruebas de que el paraíso no existe”. La frase es del periodista Guillem Martínez. Un extremo también es eso: una cita breve y perfecta, de las que no abundan. Un niño que se quedó atrapado en la media hora del recreo, cuando las farolas, los árboles y los cubos de basura se regateaban, más que por placer, por mera supervivencia, para no dejarse la espinilla por el camino. Un extremo dribla con cierto desdén, como si no pudiera hacer otra cosa. Es el “ahí me has pillado” de Abde, un acto reflejo, un hecho que antecede a una idea. Un extremo va por libre, y, sin embargo, logra que lo sigan los demás, sobre todo los laterales, que se matan para que no se escape. Un extremo es un alternativo: prefiere el centro al gol. El centro es una de las acciones más desprestigiadas del fútbol. Hay quien se quedaría antes con una pared, y ya no digamos con un pase al hueco. El centro se valora tan poco que algún día podría caer en desuso. Pero, por suerte, ahí está el extremo, para servirlo medido y regalarle una sonrisa al delantero. Del extremo se han dicho cosas terribles, como que es un chupón. Mentira. Suelta el balón cuando debe, solo que a veces, en su modesta opinión, no debe hacerlo hasta que no ha sorteado a medio equipo contrario. Esto es, en resumidas cuentas, un extremo: una manera inesperada de estar en el mundo.

 


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