“Estos días incluso está haciendo un poco de sol. Ya nos ha tocado pasar bastante lluvia. Ahora nos está dando un respiro”. Álex Bergantiños (A Coruña; 07.06.1985) habla del tiempo; pero sus palabras sirven, a la vez, para ilustrar la realidad de un Deportivo que ha resucitado de la mano de Fernando Vázquez; que ha encontrado, por fin, la luz al final de un túnel que parecía conducirle, de forma inevitable, hacia el infierno. En pleno invierno, ha salido el sol sobre Riazor. “En Galicia, hay un dicho que dice Nunca choveu que non escampara. Nunca llovió que no escampara”, afirma el capitán del Dépor; con su tono siempre relajado, masticando las palabras.

Llegó a parecer que el devastador temporal no amainaría. Que ahogaría a un equipo deprimido, agonizante, incapaz de olvidar ese cabezazo de Pablo Marí que jamás entraría en la portería de Manolo Reina, de superar el trauma, el drama, de haberse quedado a las puertas, a un solo gol, de regresar a los cielos del fútbol estatal; desperdiciando un 2-0 favorable, aguando todos los preparativos para celebrar un ascenso que ya no podía escaparse. Pero, casi sin pulso pero rebelde, rechazando la extremaunción, el Dépor ha recuperado el pulso en estas últimas fechas, enlazando hasta seis victorias seguidas que le han servido para alejarse un poco del purgatorio.

 

“Estábamos bloqueados. En un bucle del que no sabíamos salir. Con una amenaza real de bajar a Segunda B. Con una posibilidad real de que el club desapareciera”

 

“Ha sido muy duro. Ninguno había vivido nada como lo que nos ha pasado en esta primera vuelta. Enlazando hasta 18 partidos sin ganar. Con unas sensaciones muy malas. Teniendo que afrontar las semanas, los partidos, con ese miedo a que no se rompa la mala dinámica; a comenzar los partidos encajando siempre. Nos superó a todos; tuviéramos más o menos experiencia. Estábamos bloqueados. En un bucle mental del que no sabíamos salir”, admite el ‘4’ de un Deportivo que, incapaz de levantar la cabeza ni con Juan Antonio Anquela ni con Luis César Sampedro, llegó al ecuador de la liga, a la 21ª jornada, en el último puesto de la tabla, con apenas 15 puntos; a siete de la permanencia. Frustrado por no hallar la forma de dar respuesta a las expectativas de una hinchada que afrontaba el curso con la ilusión de volver a tener opciones de subir a Primera hasta el final; el cuadro blanquiazul, desahuciado, fue hundiéndose en el barro.

“Verse ahí abajo, colista, a muchos puntos de la salvación, con una amenaza real de bajar a Segunda B, e incluso con una posibilidad real de que el club desapareciera, resulta difícil de asimilar. Es muy complicado”, suspira el capitán de un Dépor que malvivía atormentado, con el Mucho que decir, nada que contar de Arsenio Iglesias grabado en la frente. “Ver que no logras resultados, que no puedes dar el rendimiento que se requiere para luchar por el ascenso en una categoría tan igualada como la Segunda División, quizás la más igualada del mundo, te hace dudar de ti mismo, y del compañero. Sobre todo, lo que nos pasó fue que, al tener que renovar toda la plantilla por no haber logrado subir, casi ninguno de nosotros nos habíamos visto en nuestra mejor versión. Entonces, en esta situación, tampoco puedes aferrarte al de al lado porque no le has visto a su mejor nivel. No habíamos tenido el proceso de acople, de pretemporada, que se debe tener para afrontar una liga que exige tanto a nivel grupal como esta. Todos nos superaban por esta confianza colectiva”, remarca el mediocentro blanquiazul.

 

“Todavía estamos en riesgo de descender, pero asumir que la situación era muy crítica fue muy importante. Todo el mundo se unió para poder remar, avanzar, hacia adelante”

 

Las negras nubes que cercaban un Dépor que no ganaba ni a la ONCE empezaron a disiparse en los últimos días del año; “con esa victoria frente al Tenerife (2-1; aún con Luis César Sampedro en el banquillo), con el cambio de directiva, con la llegada de Fernando Vázquez, que aquí es un hombre súper querido, que sabe absorber todos los focos para liberar al jugador, que ha reenganchado a la hinchada, y con los nuevos jugadores que han llegado (Sabin Merino, que ha firmado cuatro dianas en sus cuatro primeros encuentros como blanquiazul, Emre Çolak, Keko Gontán, Claudio Beauvue, Hugo Vallejo, Uche Agbo y Aleksander Jovánovic). “Todavía estamos en riesgo de bajar, pero darnos cuenta de que la situación era muy crítica, y asumirlo, fue muy importante. Todo el mundo, desde la afición a los futbolistas, se unió para poder remar, avanzar, hacia adelante. Y ahora el equipo está mucho mejor; contento, creciendo”, afirma.

El cuadro blanquiazul, revitalizado, renacido, ha vuelto a competir en todos los partidos. En todos los balones. Y, sobre todo, ha vuelto a ganar; logrando los mismos 15 puntos en los últimos cinco encuentros que en los primeros 21; situándose decimoquinto, con dos puntos de ventaja sobre la zona roja de la tabla, tras comenzar el 2020 enlazando cinco balsámicas victorias, reconfortantes. Erigiéndose en el mejor equipo de esta segunda vuelta, con un brillante pleno al 15 de puntos; los jugadores de Fernando Vázquez han sabido reconvertir aquello que les lastró en la primera vuelta, todo el sufrimiento, el dolor, para mutar en un conjunto unido que afronta el presente con más ilusión que miedo. “Habernos visto tan, tan, mal los unos a los otros, haber visto caer al de al lado, haberlo pasado tan mal juntos, nos ha unido mucho. Y nos ha hecho mucho más fuertes. Y ahora que las cosas nos empiezan a salir, que estamos en una racha tan positiva, esta confianza se multiplica. Los futbolistas somos los que más sufrimos. Y ahora, después de haber vivido tantas cosas negativas, cuando ves al de al lado disfrutar, cortar una pelota, marcar un gol, esa confianza se multiplica por la unión que hemos ido creando”, asegura el que es el tercer futbolista del equipo que ha jugado más minutos hasta la fecha (1.967), apenas superado por Dani Giménez (2.340) y por Ager Aketxe (2.073), un Bergantiños que según concluía Paulo Alonso en un precioso reportaje en La Voz de Galicia es “un tipo que juega como vive, sin adornos ni chorradas, con profesionalidad, esfuerzo y talento. Es el último capitán de los de antes. Representa todo lo auténtico de este deporte; aquello que a veces parece en retirada en la industria de un fútbol que ahora, en ocasiones, roza lo ridículo”.

 

“Recuerdo el día del penalti de Djukić. Recuerdo volver llorando hacia casa para contárselo a mi madre. Se me ha quedado marcado ese trayecto, corto, eterno, llorando solo hasta mi casa”

 

El presente, con todo, en clave blanquiazul, está siendo duro, difícil, complicado; sobre todo para un deportivista de cuna como un Álex Bergantiños que nunca, jamás, olvidará aquel aciago 14 de mayo del 1994 en el que, mientras toda A Coruña contenía la respiración, Miroslav Djukić, uno de sus grandes referentes junto a Mauro Silva y Bebeto, caminó hacia José Luis González con la obligación de transformar una pena máxima para redondear la que iba a ser, la que tenía que ser, la mejor tarde de toda la historia del Dépor. “Después de aquel lanzamiento solo habría alegría o tinieblas. Ni el guionista más psicópata podría haber escrito algo así”, escribió Nacho Carretero en el brutal Nos parece mejor. “Fue la primera vez que lloré por el fútbol. La primera. Tenía nueve años. Lo recuerdo perfectamente. Ese día no fui al campo. Estaba viendo el partido en casa de un amigo. En el portal colindante al del edificio en el que yo vivía. Y recuerdo, sobre todo, por encima de todo, volver llorando desde su portal hasta mi casa. Para contárselo a mi madre. Para contarle que el Dépor había perdido. Toda la ciudad estaba volcada, preparada para la celebración. Y perdimos. Perdimos de la manera más cruel. En el último momento. Con un penalti fallado en el último momento. Se me ha quedado marcado ese trayecto, corto, pero eterno, llorando solo hasta mi casa. Hasta mi madre; buscando un poco de consuelo”, rememora, el capitán blanquiazul; haciendo suyo el “yo no lloraba por el fútbol. Yo lloraba por el Dépor” que Carretero proclama en el libro.

“Vernos con los grandes, con la posibilidad de ganar un título, una liga, ante clubes mucho más poderosos, ante el Barcelona, el Madrid, siendo una ciudad pequeña, tradicionalmente de pescadores, de gente humilde, era algo impensable. Pero aquel drama se digirió bastante bien. Y eso permitió que más adelante se pudiera vivir todo lo que vino. Los momentos bonitos. Los títulos. Las noches de Champions. La época gloriosa del Súper Dépor. Maravillosa. La gente supo estar en las buenas y en las malas. Es la mentalidad de esta ciudad; en la que el Dépor supone una gran parte de la vida diaria social, económica. El Dépor lo es todo para A Coruña. Es el día a día. Vas a la plaza a por pescado y las pescaderas llevan bufandas, delantales, del Dépor. Y cuando hay un partido importante toda la ciudad se viste, se tiñe, de blanquiazul. La gente es consciente de que, por cómo ha avanzado el mundo, y, siempre en paralelo, el fútbol, es muy difícil que se vuelva a vivir algo parecido a todo aquello porque ya es muy complicado que se vean ese tipo de sorpresas, pero A Coruña sigue identificándose con el equipo de su ciudad, con su equipo. Un equipo que estando en posiciones de descenso a Segunda B ha metido 27.000 personas en el estadio. Todos los años se hacen más de 25.000 socios; que es una barbaridad para un equipo de Segunda División como estamos siendo ahora”, recalca, poniendo énfasis, involuntariamente, en el estamos siendo ahora, Bergantiños; enamorado de una ciudad que, convencida de que Ser de los que ganan es muy fácil. Ser del Deportivo nos parece mejor, anteponiendo la identidad, el sentimiento de pertenencia, a la inmediatez de los resultados, continúa respirando, pensando, en blanquiazul; rebelándose, como en su día lo hizo el ‘Súper Dépor’ sobre el césped, ante los designios de un fútbol que, en clave estatal, acosando todos los males del capitalismo más feroz, pretende pintarlo todo de azulgrana culé o de blanco madridista. 

 

“Ahora todo es inmediato. Todo va mucho más rápido. ‘Esto me gusta’. ‘Esto no me gusta’. Pero no debemos perder la esencia. No podemos perder la esencia”

 

Porque “el deportivismo es un asunto generacional que pasa de padres a hijos, que ha logrado que los coruñeses se sientan orgullosos de ser del Dépor”, como aseguraba Carretero en el #Panenka85. A sus dos hijos, de hecho, Bergantiños les hizo socios casi justo después de inscribirles en el registro; como queriendo transmitirles, ya desde la cuna, el amor por el Dépor que, a él, a la vez, le transmitieron sus padres; en el humilde barrio de la Sagrada Familia. “Vinieron aquí a ganarse la vida. Mi padre trabajaba de albañil. Mi madre, cuidando niños y limpiando casas”, recuerda el capitán blanquiazul, siempre consciente de sus orígenes; feliz de recordar aquellos tiempos en los que, cada dos domingos, iba caminando hacia Riazor por la Ronda de Nelle junto a su padre para disfrutar del Súper Dépor. Aquellos tiempos en los que “jugaba en la calle. En el colegio. En todos sitios. Como todos los niños de esta generación. Jugábamos mucho más en la calle. Estábamos ahí todo el rato, siempre con el balón. En una pista que había ahí, en el barrio. Que todavía está ahí. Y disfrutábamos de la infancia. Felices, con los amigos; como tiene que ser”. Aquellos tiempos en los que en los que, con apenas cinco o seis años, recibió su primera camiseta del Dépor. Una réplica. Sin ningún nombre detrás. Sin saber que tres décadas más tarde capitanearía el primer equipo, orgulloso.

“Estoy orgulloso de todo el camino que he recorrido. Ha sido largo, difícil; subiendo, quemando etapas, poco a poco, con trabajo, con esfuerzo, categoría a categoría, jugando en Tercera, en Segunda B, en Segunda, en Primera, teniendo que salir cedido a varios equipos (Xerez, Granada, Gimnàstic de Tarragona y Sporting de Gijón). Pero me considero un privilegiado. Me considero un privilegiado por formar parte del Dépor. Por poder vivir lo que he vivido. Lo que sigo viviendo. Por estar viviendo esta etapa; que no es tan brillante como la época de los títulos, pero que para mí es maravillosa. porque puedo jugar en el estadio en el que siempre soñé jugar. Son ya muchos años en el Dépor. Son ya casi 250 partidos con el equipo de mi ciudad. No podía ni llegar a imaginármelo cuando era pequeño. Era impensable. Era impensable. Todo el mundo sueña con conseguirlo, pero el porcentaje que lo logra es muy pequeño. Y estoy muy orgulloso de mi trayectoria; la de un chico de barrio que ha peleado, ha sufrido, mucho para llegar a ser profesional, para llegar a hacerse un hueco en el equipo de su ciudad”. Y, humilde, modesto, humano, siempre, llueva o haga sol, con los pies en el suelo, discreto, ilustrando, evidenciando, por qué algunos hemos acabado prefiriendo la sencillez del ‘4’ ante la majestuosidad del ’10’, sentencia, convencido: “Disfruto con mi profesión. Disfruto jugando al fútbol. Me apasiona. Desde niño. Y he sido siempre el mismo. Eso es lo más importante. Seguir siendo el mismo; siempre junto a la familia, los amigos. Entiendo todo el movimiento mediático que tiene el fútbol; multiplicado, ahora, por la inmediatez. Pero sigo teniendo los mismos amigos que siempre. Salgo del estadio por la misma puerta de siempre. Y me paro con todo el mundo. Cuando voy por la calle me gusta ser cercano con quien quiere que me acerque a él. Me gusta tener ese contacto directo. Con este grado de inmediatez, con las redes sociales, muchas veces perdemos la esencia. El contacto real. La interacción. Es importante, fundamental, que la gente siga manteniendo las relaciones. Las directas. Que quien vaya a un concierto vaya a un concierto y no esté todo el rato con el móvil en la mano, grabando. Que quien vaya a un partido de fútbol vaya a un partido de fútbol y no esté todo el rato con el móvil en la mano, grabando. Todos lo hacemos, y muchas veces sin darnos cuenta, pero deberíamos reflexionar un poco acerca de esto. Para mantener la esencia. La esencia de todo. De todo. Ahora todo es inmediato. Todo va mucho más rápido. Todo el mundo cuelga cartelitos. Opiniones instantáneas sobre todo. ‘Esto sí’. ‘Esto no’. ‘Esto me gusta’. ‘Esto no me gusta’. ‘Esto es de esta manera’. ‘Esto es de esta otra manera’. Todo va demasiado rápido. Tiene su parte positiva. Pero no debemos perder la esencia. No podemos perder la esencia”.

 


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