Hace unos días saltó la noticia en la prensa inglesa: N’Golo Kanté, centrocampista titular del Chelsea y campeón del Mundo con Francia este verano, acudió a una mezquita tras perder un tren a París y conoció a un grupo de amigos que, tras pedirle una fotografía, hablaron con él y le propusieron que cenara con ellos en su casa. El jugador, que solo unas horas antes había ayudado a su equipo a derrotar por 4-1 al Cardiff City en partido de liga, aceptó la invitación, y acabó comiendo arroz con curry y echando unas partidas al FIFA con unos desconocidos que, al verle sentado en el sofá, no lograban salir de su asombro.

Los hechos, por un momento, pusieron del revés el mundo del fútbol. Normal. Hoy en día encontrarse a un futbolista de un club grande en un lugar público es casi tan anormal como abrir la puerta de la cocina y tropezarse con un cocodrilo. Y ya no digamos si este encima se muestra cálido en el trato y accede a alguna de tus proposiciones. La anécdota me recuerda a otra que me contó un amigo músico hace algunos años. Una noche, después de dar un concierto en Valencia, mientras esperaba en la barra del reservado a que el camarero le tomara nota, alguien se levantó de su lado, le dio dos palmaditas en la espalda y, marchándose, le dijo: “Bien hecho, chico”. Cuando mi amigo se giró para darle las gracias a ese fan tan educado, descubrió a Tarantino dirigiéndose al lavabo.

El planeta se ha vuelto un lugar tan extraño y arrugado que cuando un deportista reconocido se sitúa a nuestra altura rompemos a sospechar. En vez de recurrir a la lógica, y asumir que no hay alturas, sino carne, huesos y un montón de mierda compartida, no podemos evitar preguntarnos: ¿es él o me estaré confundiendo? ¿Seguro que no es un sueño? ¿Dónde está la cámara oculta? La paranoia nos encierra en una esquina. Resulta incluso enternecedor. Somos incapaces de actuar como personas normales ante esa gente de la misma forma que ellos son incapaces de sentirse como personas normales ante nosotros. Quizá, unos y otros, solo buscamos lo mismo, un poquito de paz y de buen rollo, pero eso ya no arregla nada, pues el puente que debería unirnos hace tiempo que voló por los aires.

 

El planeta se ha vuelto un lugar tan extraño y arrugado que cuando un deportista reconocido se sitúa a nuestra altura rompemos a sospechar

 

Lo que está pasando con Kanté últimamente, de hecho, explica bastante bien cómo hemos llegado hasta aquí. El mediocentro venía dibujando la carrera de una anti-estrella: ordenado y constante en el campo, como si solo supiese escribir prosa, su vocación de operario silencioso lo empujaba en la dirección opuesta a la que habían tomado algunos de sus compañeros, mucho más citados y aplaudidos por sus goles o regates. Sin embargo, hace un par de meses, todo cambió. Icono del éxito mundialista de su selección, y protagonista inesperado de los festejos que acompañaron al triunfo, con esa canción ya tarareada en tantísimos bares, de repente la modestia y la sonrisa contagiosa del tímido Kanté se transformaron en algo mucho más valioso en términos comerciales, una marca poderosa, hasta el punto que hoy cuesta determinar quién tiene más tirón entre el público, si él o su compatriota Paul Pogba, que cada vez que se cambia el peinado vende otras 100 camisetas.

Hay que andar con cuidado. Obsesionarnos con la personalidad de Kanté, que desde luego tiene su encanto, a la larga podría inducirnos al error de perder la referencia de su juego, y sería una lástima. No deberíamos romper esa magia. Me viene a la cabeza otro galo célebre, Mathias Enard, ganador del Goncourt en 2015 por su novela Brújula, quien le confesaba recientemente en una entrevista a Jorge Carrión que recibir el galardón más prestigioso de las letras francesas se acabó convirtiendo para él en “una experiencia muy rara”, dado que a esa buena noticia le siguió una serie interminable de comidas, fiestas y ruedas de prensa por un sinfín de ciudades. El autor reparó en que, en esos actos, su presencia física era más importante que la propia obra, y llegó a la conclusión que todo aquello era injusto, “porque al final el premio es para el libro, no para ti”.