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Luis Aragonés: del tú al usted en 24 horas

– Mi problema fue renovar contrato a principio de temporada.

– ¿Y por qué lo hizo?

– ¿Usted qué quiere, que me coja el cocodrilo?

– ¿Qué cocodrilo?

– ¿No sabe el chiste? Un señor se compra un fusil y se va a cazar un cocodrilo. Se encuentra a un amigo y le cuenta el plan. “Me subiré a un árbol y cuando se aproxime, disparo”. “Pero el cocodrilo -le replica el amigo- es muy ágil, saltará al árbol y te comerá”. “Pues entonces -insiste el cazador- compraré una lancha motora y cuando me acerque le dispararé”. Nueva pega: “Cuidado, porque el cocodrilo tiene una cola muy ágil, como la ballena, y puede destrozar tu canoa”. Entonces le responde: “Bueno, pero ¿tú eres amigo mío o del cocodrilo?” ¿Lo entendió? Pues no me haga más preguntas.

El cambio de poderes interpretado en el estadio del Manzanares esa mañana del 27 de noviembre de 1974, martes para más señas, debió ser de lo más pintoresco. La noche del 26, la Junta Directiva del Atlético de Madrid había decidido destituir a Juan Carlos Lorenzo, el autor de las palabras anteriores, hasta entonces técnico del primer equipo, y nombrar en su cargo a Luis Aragonés, hasta entonces un miembro más de la plantilla.

En la nota oficial, breve y escueta, se enmascaró el cese como dimisión, pero realmente al entrenador argentino, que unos meses antes había llevado al Atlético a la siniestra final de la Copa de Europa contra el Bayern de Múnich, perdida en el partido de desempate, había sido despedido. El equipo acababa de ser eliminado por el Derby County, en los penaltis, en la Copa de la UEFA, y en la Liga sus estadísticas -dos victorias, cuatro empates y tres derrotas- lo tenían ya apartado de la lucha por el título.

A nadie sorprendió que don Vicente Calderón tomase esa decisión tan drástica. Era un caso extraordinario nombrar entrenador a un jugador que había jugado el domingo contra el Sporting en el Manzanares (2-2), pero Aragonés estaba predestinado a ese cargo después de once años vistiendo la camiseta rojiblanca. En los últimos, con el mismo Lorenzo, ya tenía mando en plaza desde el campo. Tenía 36 años.

 

Luis Aragonés se acostó un domingo de noviembre de 1974 como jugador del Atlético y el lunes por la noche ya era entrenador

 

Sólo tres jugadores sabían desde la noche del lunes que Luis pasaría de compañero a jefe. Los más veteranos, Ufarte, Adelardo y Gárate. Lo tomaron con naturalidad. El nuevo entrenador llegó ese día al estadio bien trajeado. Con una cartera en su mano derecha, “como si fuera el ministro de Asuntos Exteriores, como si quisiera demostrarnos desde el primer día que ya no era nuestro compañero, sino nuestro jefe. Nos sorprendió en los primeros entrenamientos, porque parecía que lo llevaba todo muy preparado, muy ordenadito y lo que más nos chocó fue que comenzó a hablarnos a todos de usted, como para imponer respeto y marcar las diferencias desde el primer día”, comenta Irureta, uno de los fijos de aquella época.

Las presentaciones y despedidas se realizaron en la intimidad del vestuario. El presidente quiso ser breve. La foto del saludo entre el entrenador saliente y entrante se realizó sobre el césped. Lorenzo, de traje. Luis, de chándal y con un silbato. Se le notaba animado, más hablador que de costumbre. A los excompañeros, un mensaje. “Sólo os pido corazón, respeto, entereza y amistad”.

“Ya se le escuchaba como jugador. Le gustaba entrar en cuestiones tácticas, comentaba cosas, nos colocaba sobre la marcha, pero lo que más nos llamó la atención fue que comenzara a llamarnos a todos de usted. Además, con mucha determinación”, coinciden Adelardo, su fiel amigo y Alberto, uno de los jugadores en los que más confió nada más hacerse cargo del equipo.

Irureta, sin querer, por supuesto, pudo influir en la situación. Una mano suya convertida en penalti por el árbitro supuso el segundo gol del Sporting en el Manzanares. Marcó Quini. Ese empate aceleró los acontecimientos. Curiosamente, el propio Irureta marcó el primer tanto de la etapa de Luis como técnico. Fue el domingo siguiente (1 de diciembre del ’74). Mestalla, el escenario. El Valencia, el rival. Jornada décima. Su primer once para la historia: Reina; Melo, Eusebio, Heredia, Capón; Salcedo, Irureta, Adelardo, Alberto; Ayala y Becerra. Tres cambios en relación al último partido de Lorenzo en el que Luis había sido titular. No estaban ni Marcelino ni Gárate. Ni él mismo, claro. Se adelantó el Atlético con el tanto mencionado de Irureta a pase de Alberto. Y empató Keita en un golazo que puso en pie al estadio.

Ahí empezó todo. El Atlético acabaría sexto el campeonato. Luis ganó 14 partidos, empató 11 y perdió nueve. Llegó a la final de la Copa y el Atlético, en el Manzanares, tras un empate sin goles, cayó en los penaltis ante el Real Madrid. Y a la temporada siguiente llegaría su primer título. Nada más y nada menos que la Copa Intercontinental. Eso sí que es comenzar a lo grande. Como acabó.

 


Este artículo está extraído del interior del #Panenka76, un monográfico sobre el fútbol en los años 70 que todavía puedes conseguir aquí.

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Enrique Ortego

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