Pasaportes

Ponerse la camiseta como Gallego

Nada podía salir derecho tratándose de Pisa. Todo se torció mucho antes, en algún lugar y fecha indeterminada entre el descrédito del Protocolo de Kioto y la privatización y la mercantilización de la universidad pública con el Plan Bolonia. Para todos menos para Enric Gallego Puigsech. Al de Bon Pastor la crisis política, climática, de educación y la de los 40 le ha cogido bajo el sol del Heliodoro Rodríguez, forcejeando con los defensas, como un domingo cualquiera sobre el sólido y compacto terreno de juego de su barrio a finales del siglo pasado. Para alguien nacido en 1986, el año en que se desplomaron los precios del crudo, la gran depresión financiera de 2008 pudo haberle pillado a pierna cambiada y alejarlo del césped, entre el fútbol aficionado y profesional, al trote entre una profesión de por vida y la amenaza del desempleo. Esa década en que ningún informe de analistas y/o ojeadores hubiera podido aventurar si Enric iba o venía, subía o bajaba, llegaba tarde o demasiado pronto.

Pero el máximo goleador de segunda ha crecido y envejecido futbolísticamente a su manera, lejos de los tiempos preestablecidos y de la suerte de los mercados, retrasando su llegada a la máxima categoría y posponiendo el ocaso de una dilatada carrera en la élite de forma sobrenatural. Aún hoy continúa aferrado al futbolista de regional catalana y de tercera que fue, alejándose y acercándose a los 11 metros como si evitara levantar el caucho del antiguo Campo de la Vía Férrea del Cornellà; con el humilde, pero finísimo tacto que solo tienen aquellos zurdos que crecieron golpeando los duros y turgentes balones de los campos de tierra de los 90. Sigue ganando duelos aéreos como rara avis en el panorama futbolístico moderno, pese que pertenece a otra época, convertido en una especie migratoria poco común, al borde de la extinción, en un deporte cada vez más prototípico, normativo y predecible.

 

Con cifras que ya rondan los dos centenares de dianas, para Gallego ponerse la camiseta solo puede significar lucha; pelear por cada balón como si fuera el último, como muestra de respeto a cualquier categoría profesional por la que ha pasado

 

Con cifras que ya rondan los dos centenares de dianas, para un delantero como Gallego ponerse la camiseta solo puede significar, ya fuere en el Alzamora CF, el CE Premià, el RCD Espanyol “B”, la UE Cornellà en dos periodos anacrónicos, con por en medio CF Badalona y UE Olot, Extremadura UD, SD Huesca, Getafe CF, CA Osasuna o CD Tenerife desde 2021 en adelante, lucha; pelear por cada balón como si fuera el último, como un alegato constante a mantener la alta exigencia competitiva a pesar del contexto, como muestra de respeto a cualquier categoría profesional por la que ha pasado y por los equipos en los que ha militado.

Vocación y oficio. Pero sobre todo como símbolo del éxito tardío: el que aparece casi sin avisar, con el tiempo, la madurez y tras las primeras canas. El más imperecedero de todos los triunfos, especialmente en un mundo como el nuestro, obsesionado con la precocidad, la urgencia y la inmediatez del curso, de la temporada. Dejemos a los jóvenes prodigios en paz; bastante tienen con ser jóvenes. Ya saben, como en Noruega: prohibición de la IA, retorno al papel, escritura a mano y restricción de móviles. Si el calentamiento global nos permite sobrevivir un verano más, en un par de décadas veremos los resultados.

 


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Fotografía de las redes sociales del CD Tenerife.

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