Siempre he tenido sentimientos enfrentados sobre las tandas de penaltis. He tenido momentos positivos para mi autoestima con ellos y desmanes que provocaron que me reventara por dentro porque mi equipo perdió una Champions League desde los once metros, y no era la primera vez que ocurría.

El único recuerdo agradable fue cuando era un crío, en algún verano lejano. Jugaba un campeonato de pretemporada con el club de mi barrio en uno de esos campos de tierra y con hediondez en el vestuario. Era la final de consolación por el tercer y cuarto puesto, tan de consolación que el torneo estaba conformado por cuatro equipos. El único morbo es que ambas entidades compartíamos estadio, como un Milan contra el Inter, pero de extrarradio.

Los dos conjuntos empatamos en el tiempo reglamentario, y siguieron las tablas en la prórroga. Llegaba la muerte súbita. Algunos lanzamientos, unos gol y otros no. Me tocó a mí. Tenía que marcar para no perder y lancé a mi sitio de seguridad: escuadra izquierda, chutando con la pierna derecha. Entró. Ahora quién fallase perdía. Se dio una vuelta a todos los jugadores y me volvió a tocar, pero esta vez no era para no desfallecer. Era para ganar. El corazón no latía, bombardeaba. Chuté al mismo costado como un autómata y volvió a tocar red, a pesar de que el portero desgreñado y con los brazos como tubos de luz de la cocina adivinó la intención. Conseguimos alzar una victoria moral y yo viví mi único momento de dignidad. Los compañeros se abalanzaron sobre mí y casi me reabren una vieja lesión.

 

La Major League Soccer, en su estreno, presentó al mundo su particular versión de los penaltis

 

Tras aquellos enérgicos acontecimientos, no es de extrañar mi perversión hacia este posible hecho del juego. Por ello, de modo inexplicable, me fascinó la manera en la que la Major League Soccer, en su estreno, presentó al mundo su particular versión de los penaltis. Así descubrí que los americanos estaban hechos de otra pasta.

Chili con carne

La MLS nació en el 1996 y consigo trajo una nueva manera de lanzar las penas máximas. Así, mientras que en el resto del globo terráqueo chutaban desde los once metros, en Estados Unidos lo hacían desde un poco más allá, desde 32 metros. Al más puro estilo hockey sobre hielo. De eso se trataba. Se colocaba el balón en el punto y en la distancia acordada. Tras tocar el esférico por primera vez, el lanzador tenía cinco segundos para anotar. Se llamaron shootout y no cuajaron.

En 1999, tres años después de su implantación, abolieron esta práctica. Ariel Judas, periodista deportivo que piensa que aquello tenía poco que ver con el balompié de otras partes del mundo, reflexiona: “Era algo arriesgado por parte de la Major League Soccer en sus primeros años de vida. No funcionó con el aficionado fiel y purista”.

 

“Fue una movida arriesgada de la MLS y un intento por hacer de la competición un espectáculo de más fácil consumo para el espectador estadounidense”

 

Nunca antes se había visto nada igual. El penalti indirecto, para muchos, ya nos parecía una fantasía, que, al fin y al cabo, se podía realizar. Pero no se sabía de dónde se habían sacado esto. Judas reconoce que aquello fue innovador y con un objetivo en la mente. “Fue una movida arriesgada de aquellos primeros años de la MLS y un intento por hacer de la competición un espectáculo de más fácil consumo para el espectador estadounidense”.

Visto desde Europa y en particular desde España, eran penas máximas muy extrañas para el espectador del otro lado del charco. Se asemejaban a la prueba de la vaquilla del Gran Prix. Toda una locura que me enganchaba y a su vez todo un cadalso. Por otro lado, esta no fue la única novedad que insuflaron los americanos en el mundo del deporte rey. También, en una época en la que tenías que cuidar de un tamagotchi, se escuchaba música a través de un discman, los niños jugaban con tazos mientras mascaban un chicle enrollado, solo habían echado una vez por televisión el Príncipe de Bel-Air, la competición norteamericana apostó por la cuenta regresiva, es decir, en los marcadores, el tiempo iba hacia atrás, como la posesión en el baloncesto.

Ahora, tras dejar aquellos cimientos titubeantes, Sebastian Giovinco, Zlatan Ibrahimović, Wayne Rooney, Carlos Vela, Lodeiro, Wright-Phillips y Josef Martínez, entre otros, se dejan ver por los estadios americanos cada fin de semana. Mucho ha cambiado de aquellos primeros pasos y cualquier tiempo pasado no fue mejor. Ariel Judas lo sabe y lo tiene bien claro: “Difícil añorar todo aquello. El espectáculo lo brindan los jugadores. Hoy, la MLS está en su mejor momento histórico”.

Explotación de merchandising, manos gigantes de goma espuma, hamburguesas grasientas y patatas deluxe. Estadios multiusos, que valen tanto para béisbol como para fútbol. Y con los parkings repletos horas antes con las neveras rebosantes de bebida y con un ahumadero de carne en la parte trasera de la ranchera. Los estadounidenses se apoderan de todo y todo se lo llevan debajo de su brazo. Abrigado por su amparo y su ley. Cogen cualquier cosa y todavía la hacen más grande. Le ponen su toque, su gracia y su salsa chili de Texas. Luces de neón despampanantes y cegadoras por doquier. Pero con los penaltis pasó lo mismo que con La Macarena: se rindieron ante ella. Que sigan tocándola otra vez. Y que nunca olviden que el show debe continuar.