Se ve que a Salvador Dalí le molaba escuchar a la gente hablando sobre él. “Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí”, decía el pintor catalán. Otra cosa es cómo lo hicieran. Por preferir, él prefería que le llovieran las críticas. Litros y litros de feas palabras empapando su figura. “Confieso que me gusta que hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien”, añadía. Si su presencia jodía, si su nombre molestaba, solo había una explicación, a los críticos les fastidiaba cualquier logro que obtuviera uno de los máximos exponentes del surrealismo. Será porque el éxito y el triunfo ajeno nunca ha caído de pie en casa del envidioso.

No sé muy bien por qué, pero lo de Dalí me conduce en estos días directamente a un futbolista que ha vuelto a ser noticia en las últimas semanas. Emmanuel Adebayor, justo antes de sumar 36 ‘castañas’, regresaba a las planas tras el anuncio de su fichaje por el Olimpia paraguayo. Es curioso porque el togolés recuerda a esa clase de personas que ni están ni acaban de desaparecer. Como la ex, como el primo segundo de un pueblo que ya ni ubicas, como el amigo ennoviado a quien hace tiempo se le perdió el rastro. Sabes que, de alguna manera, quieras o no, tendrás que volver lidiar con ellos. Y Emmanuel Adebayor no podía ser menos. Está de regreso en nuestras vidas.

La cosa es que desde que comenzara a destacar en la élite luciendo la elástica del Mónaco tras subirse al escenario balompédico con el Metz francés, el togolés siempre ha vivido en el epicentro del terremoto. A veces iba él directo al lugar donde todo estallaba; otras, en cambio, era el seísmo el que necesitaba encontrarse con Adebayor para poner su vida patas arriba. O la liaba él con una carrera de cien metros para celebrar un gol tirándose de rodillas delante de su antigua afición; o venía su familia, le zarandeaba cual hucha con forma de cerdito, y buscaba quitarle hasta el último centavo. O desaparecía del fútbol profesional durante más de medio año, y solo había rastro de él cuando publicaba en las redes las pachangas que hacía en Togo con sus amigos; o sufría un ataque terrorista con sus compañeros de la selección en una Copa África disputada en Angola. Y así tantas veces. O daba o recibía. Pero siempre, siempre, aparecía en el ojo del huracán, incapaz Adebayor de huir de ahí.

 

“De los mediocres no habla nadie, y cuando lo hacen solo dicen maravillas”

 

Entonces, viendo que a Emmanuel Adebayor le han caído palos por todos lados, buscados o no, toca regresar a las palabras de Dalí. Obviamente, el togolés no tiene la magia en los pies que tuvo el de Figueres en sus manos. No hay comparación. Pero recuperando las estadísticas de su carrera uno se da cuenta de que quizá a Adebayor nunca se le juzgó como es debido sobre el césped. Sus goles fueron trascendentales para volver a ver al Metz en la Ligue 1 y para subir un escalón, fichando por el Mónaco. De ahí al Arsenal, donde se convirtió en objeto de deseo de los grandes clubes europeos, logrando 24 goles ligueros en su penúltima campaña en Londres. En el City cuajó un buen primer año; y en el Bernabéu, ‘Manolito’, como le conocían por Madrid, dejó un grato recuerdo. Después, con el Tottenham, de más a menos; y por el Crystal Palace pasó sin pena ni gloria antes de embarcarse en una aventura por la Superliga turca, una especie de cementerio de elefantes en el que, todo sea dicho, Adebayor dejó buenos registros, al menos en el segundo curso, vistiendo la elástica del Başakşehir. Qué quieren que les diga, más de 200 goles -según Transfermarkt-, teniendo en cuenta sus idas y venidas, sus largos parones de fútbol y demás historias, no están nada mal. De hecho, son cifras a las que delanteros con mayor cartel nunca llegaron.

A todo esto, el domingo 23 de febrero hizo su debut con Olimpia. El escenario no podía ser mejor: el ‘Clásico’ paraguayo contra Cerro Porteño. De paso, entró sustituyendo a Roque Santa Cruz, mito del club y del fútbol guaraní. Entró al arrancar el segundo tiempo y las primeras críticas cayeron sobre él tras el partido. La historia de siempre. “De los mediocres no habla nadie, y cuando lo hacen solo dicen maravillas”, apuntaba también Dalí. Será que Emmanuel Adebayor, con sus pros y sus contras, nunca fue un mediocre. Aunque cueste reconocérselo.

 


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Fotografía de Getty Images.