Yo no veo los partidos del Rayo Vallecano: los sufro.
Me pasaba cuando era un crío e iba a verlo contra el Sabadell en Segunda División y años más tarde ante el Real Madrid en Primera. Lo pasé tan mal en la promoción contra el Benidorm como en la visita al Lokomotiv de Moscú.
Lo admito, soy un cobarde. Mientras hoy veía el partido frente al Samsunspor en Turquía me he inventado las cosas más extrañas para alejarme de la televisión. He montado un corcho a mi hija para que pueda pegar las fotos y sus horarios del colegio, he bajado a tirar la basura dos veces y casi me pongo a emparejar calcetines por colores siendo daltónico.
Samsun está a más de cuatro mil kilómetros de Vallecas. Una cantidad infinita para un equipo que durante años apenas salió de España. Demasiados para un club que siempre pareció hecho a la medida de sus calles estrechas, de sus bares y un estadio encajado entre casas.
La vida parece otra cuando te alejas de la Avenida de la Albufera.
Sin embargo, ahí estaba el Rayo, calentando sobre el césped mientras en las gradas comenzaban a encenderse bengalas y el himno retumbaba en los altavoces. Luego, al descanso, mientras los jugadores se secaban el sudor y el speaker soltaba anuncios en turco, la grada visitante se vino arriba mientras sonaba el Bandido de Azúcar Moreno que también se colaba en televisión. Porque mientras la franja jugaba a orillas del Mar Negro, en Vallecas el partido también se veía entre botellines, patatas bravas y raciones de torreznos.
Mientras la franja jugaba a orillas del Mar Negro, en Vallecas el partido también se veía entre botellines, patatas bravas y raciones de torreznos
Hace ya un cuarto de siglo que el Rayo Vallecano disputó los octavos de final de la Copa de la UEFA en su primera participación europea. Aquella eliminatoria fue contra el Girondins de Burdeos y, para un club acostumbrado a pelear cada temporada por sobrevivir, aquello fue casi un milagro. Muchos rayistas viajaron a Francia en un desplazamiento que quedó en la memoria del barrio como una de esas historias que se cuentan una y otra vez.
Se organizaban en bares, en peñas, entre colegas que se habían pasado de rosca y soltaban un “no hay huevos” y terminaban con tres coches llenos y una bandera del Rayo doblada en el maletero y otra asomando por la ventanilla. El Rayo era entonces un invitado extraño en Europa, un equipo que había llegado casi por accidente, como quien se cuela en una boda sin conocer a los novios. Europa… ¡uf! Una palabra demasiado grande para un club que durante años ha vivido mirando de reojo la clasificación para saber si toca sufrir o sobrevivir.
Por eso, cuando hoy uno ve al Rayo jugar a miles de kilómetros de casa, entiende que hay cosas que no se miden en trofeos ni en dinero.
Se miden en memoria.
Hoy no estaba Luis Cembranos. Tampoco Míchel ni Bolo.
Sí que estaba Álvaro García, que después de marcar el segundo corrió directo al banquillo, como si el gol no fuera solo suyo y necesitara compartirlo con alguien que lo merece más que ninguno. Allí encontró a Ivan Balliu, compañero en mil batallas al que buscó entre los suplentes y abrazó fuerte, como se abraza a un hermano en una fotografía que vale más que mil victorias. “Esto es nuestro”, parecían decirse con la mirada.
En Vallecas lo que cuenta es eso: un abrazo en el banquillo a cuatro mil kilómetros de casa, un gesto que dice “estamos juntos” cuando el mundo parece demasiado grande
Porque en el Rayo no hay estrellas solitarias: hay compañeros que se buscan cuando marcan, que se levantan cuando caen y que celebran los goles como si se abrazaran en el portal de su casa.
A esas alturas de la película, yo seguía sin mirar. De vez en cuando pasaba por delante del televisor como quien pasa por la puerta de un hospital intentando no mirar el parte médico.
Al final, el protagonista del partido fue Alemao, que marcó dos goles, se convirtió en Ronaldo Nazário por un instante y puso su firma en una victoria por 1-3 que ilusiona. Muchos ya piensan en el viaje a Atenas en cuartos, en seguir poniendo cruces en el mapa y soñar con noches europeas imposibles. Pero yo me quedo con el abrazo.
Quizá por eso el Rayo sigue pegado al pecho después de tantos años: por esos abrazos que duran más que los goles.
Esos tíos que enseñan que el fútbol va mucho más allá de ganar o perder. Porque en Vallecas, y en cualquier rincón donde lata un corazón rayista, lo que cuenta es eso: un abrazo en el banquillo a cuatro mil kilómetros de casa, un gesto que dice “estamos juntos” cuando el mundo parece demasiado grande.
Al final, miré la pantalla. Porque el Rayo tiene esa mala costumbre: aunque apartes la mirada, siempre acaba encontrándote.
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Fotografía extraída de las redes sociales del Rayo Vallecano.


