“Yo quería hacer con los goles de Hugo Sánchez lo que después quise hacer con mi vida: detenerlos en el tiempo, congelar la felicidad y mantenerla envasada en la nevera para cogerlos cualquier día y abrirlos como si fuesen un helado”

Manuel Jabois, en Grupo Salvaje. 

 

Ahora que algunos amenazan con enclaustrarse en sus opulentas urbanizaciones para decirse lo ricos que son los unos a los otros mientras el resto les aplaude y les rinde honores y que amenazan, también, con raptar la pelota, llevársela a su cortijo y coronar sus muros con alambre de espino porque dicen que hace falta dinero, y ya nada parece más barato que los principios, resulta doblemente hermoso rememorar y reconstruir proezas del pasado, de un pasado en el que el balón botaba por toda Europa y nadie se creía demasiado guapo para que no pudieran verle con según quien.

Proezas del pasado como las que firmó el Madrid en el curso 85-86 para alzar su última Copa de la UEFA, la segunda tras la conseguida apenas un curso antes con remontadas frente al Rijeka yugoslavo y, sobre todo, el Anderlecht belga y el Inter de Milán y triunfo sobre el Videoton húngaro en la final. Fueron unos años, de hecho, en los que el Santiago Bernabéu se abonó a las noches mágicas, a las remontadas brutales, salvajes; a vivir atornillado a las butacas mientras se dejaba la voz alentando a sus futbolistas hasta que se culminaba la gesta y los rivales se iban empequeñeciendo por el miedo escénico del que profetizaba Jorge Valdano, uno de los principales futbolistas de aquel Real Madrid.

En la 85-86, la andadura del equipo de Luis Molowny por la UEFA empezó con un 1-0 en el estadio del AEK de Atenas, pero, ya en el encuentro de vuelta, el Madrid hizo valer su superioridad, con goles de Emilio Butragueño, Míchel González, Valdano y Hugo Sánchez y un tanto en propia puerta de los helenos, y se encaminó hacia los dieciseisavos de final, primero, donde su camino se cruzó con el del Chornomorets Odesa soviético (2-1), y hacia los octavos, después, donde se vio las caras con el Borussia Mönchengladbach; dirigido entonces por un joven Jupp Heynckes.

El 5-1 de la ida, disputada en suelo germano, allanaba el camino del cuadro alemán hacia cuartos de final y demandaba un milagro del Real Madrid, pero el milagro, como tantas otras noches, se produjo en el Santiago Bernabéu; convertido en la cuna del ilusionismo futbolístico (arte de producir fenómenos que parecen contradecir los hechos naturales, según la RAE). “¿Ustedes sabéis lo que más nos dolió? Que se burlaran de nosotros. ¿Visteis los cortes de manga?”, apuntaba, en Interviú, entre la ida y la vuelta, Rafael Gordillo, autor del gol blanco en Alemania y baja para el encuentro de vuelta junto a Hugo Sánchez y Chendo por lesión.

No importaron ni las bajas ni la dificultad de la empresa. “La eliminatoria está francamente complicada”, reconoció Molowny en la víspera del encuentro, pero sus pupilos, desatados, atropellaron a los rivales desde el primer minuto y en el 17′ ya habían recorrido la mitad del camino gracias a dos goles de Valdano. La remontada se completó en el tramo final del segundo acto, con un épico e inolvidable doblete de Santillana (76′ y 88′) que desató la euforia en el feudo madridista. “Ha sido muy importante para todos haber podido superar una eliminatoria que todos menos nosotros, que estábamos convencidos de nuestras posibilidades, ya daban por perdido”, remarcó el delantero de Santillana del Mar, mientras Heynckes se lamentaba, ignorando que 12 años después le daría al Real Madrid su séptima Champions, y mientras el incansable Juanito Gómez, otro de los grandes héroes de la noche, acentuaba que “no es momento para hablar de reproches, pero en este país se intenta rebajar la categoría de la gente. Se ha llegado a decir de Santillana y de mí que estábamos acabados. Es increíble, porque luego llegan estas gestas y algunos se lo tienen que tragar. Pero ahora me da igual todo eso. He sido internacional con mi país, he jugado dos Mundiales y he vivido títulos con el Madrid, pero remontar lo de esta noche ha sido algo inmenso. Superior. El días más feliz de mi vida”. Aún estaban por llegar más días felices.

En cuartos, el Madrid, el único equipo español que seguía vivo en la competición después de la eliminación del Athletic a manos del Sporting lisboeta en octavos y de Osasuna a manos del Waregem belga en dieciseisavos, se topó con el Neuchâtel Xamax suizo, el equipo en el que había recalado en verano el alemán Uli Stielike tras ocho campañas en Chamartín, y 50 goles en 308 partidos. Stielike pedía dos años de contrato para renovar, pero Ramón Mendoza solo le ofrecía uno y el centrocampista fichó por el Neuchâtel por cuatro temporadas. La afición, según relataba El País en la época, no vio con buenos ojos la decisión del presidente, y en el último partido de Stielike con el Madrid, la vuelta de la final de la Copa de la Liga de la 84-85 contra el Atlético de Madrid, se desgañitó al grito de “¡Uli, quédate!”, pero la buena marcha del equipo templó los ánimos e hizo olvidar el rencor.

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El conjunto blanco derrotó al suizo por un incontestable 3-0 en la ida, con goles de Hugo Sánchez, Míchel y Butragueño, y pese a que el Neuchâtel acarició la gesta en la vuelta (2-0) no pudo evitar que el Madrid se citara por segundo año seguido en las semifinales de la UEFA con el Inter de Milán, al que ya había derrotado en las semifinales de la Copa de Europa de la 80-81, para después perder ante el Liverpool, y en los cuartos de final de la Recopa de la temporada de los cinco subcampeonatos blancos, la 82-83. En la 85-86, los transalpinos ganaron por 3-1 en la ida, con un doblete de Marco Tardelli y un gol del central malagueño José Antonio Salguero en propia portería.

Pero Juanito ya había avisado tras el 2-0 del año anterior: “Noventa minuti en el Bernabéu son molto longos”, dijo, y el Madrid, ya con Molowny en el banco, remontó entonces con un mágico 3-0; igual que lo haría en la temporada 85-86 con un 5-1 delicioso, con dos goles de Hugo Sánchez, un gol de Gordillo y, ya en la prórroga, un doblete de Santillana; uno de los grandes artilleros de un Madrid que aquel 16 de abril ya había alzado el título de liga, el primero de los cinco que enlazaría en la segunda mitad de los 80, antes de ceder el relevo al Barça de Cruyff.

Precisamente, aquel mismo 16 de abril el Barça, aún dirigido por Terry Venables, accedió a la final de la Champions al superar al IFK Göteborg en los penaltis y solo un día antes el Atlético se clasificó por la final de la Recopa al ganar al Bayer Uerdingen alemana; aunque ambos, a diferencia del Madrid, acabaron cediendo en el duelo decisivo; unos a manos de Helmuth Duckadam y el Steaua de Bucarest en Sevilla (0-0, 2-0) y otros cayendo a los pies del Dynamo de Kiev de los Oleg Blokhin, Oleksandr Zavarov e Igor Belanov.

Por el otro lado del cuadro, el Köln llegó a la final de la Copa de la UEFA tras superar al Sporting de Gijón, al Bohemians checo, al Hammarby sueco, al Sporting y, por último, al Waregem belga, y con tres grandes estrellas, los delanteros Pierre Littbarski y Klaus Allofs, que acabó pichichi del torneo con dos dianas más que Valdano, y el meta titular de Alemania, un siempre polémico ‘Toni’ Schumacher de quien L’Équipe incluso llegó a escribir que “no es una persona humana. Es un sujeto despreciable que necesita herir a otros” tras la brutal entrada que hizo sobre el francés Patrick Battiston en las semifinales del Mundial’82, en Sevilla.

De Allofs, decía El País que era “un delantero de terrorífico disparo” y del menudo Littbarski, que era “un delantero habilidoso, de buen regate y excelente disparo. Driblar es su mejor arma”, pero sobre el césped del Santiago Bernabéu, en la ida (30-04-1986), el Köln fue más el conjunto que sufrió hasta la última jornada para cerrar la permanencia en la Bundesliga que el equipo que llegó a convencerse de que podía tutear al Madrid, porque el equipo blanco le pasó por encima y dejó la final resuelta con un incontestable 5-1. Allofs estrenó el marcador a la media hora, pero el conjunto local, espoleado por la afición y la prima de 1.412.000 pesetas prometida, reaccionó de la mano de Hugo Sánchez, Rafael Gordillo, Valdano por partida doble y Santillana.

La vuelta se jugó el 6 de mayo en Berlín, la cuna de Littbarski, porque la UEFA había cerrado el estadio del Köln por los incidentes causados por sus hinchas en el partido de semifinales ante el Waregem y le había desterrado a una distancia superior a los de 350 kilómetros de su casa, y el duelo, retransmitido por TVE con la voz de Matías Prats, tan solo reunió entre 15.000 y 20.000 personas en las gradas del Olympiastadion; quizá por el 5-1 de la ida, quizá por la incertidumbre que despertó el accidente nuclear de Chernobyl del 26 de abril y que incluso provocó que la disputa del partido estuviera en el aire en los días previos a la cita. El Madrid perdió por 2-0, pero fue quizá, seguro, una de las derrotas más dulces e insignificantes de toda su centenaria historia, ya que no impidió que al final del duelo los blancos, vestidos de morado, conquistaran su segunda y última UEFA.

 


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Fotografías de Imago.