La ciudad de Toledo es una de las 15 capitales de provincia españolas, incluyendo Ceuta y Melilla, que nunca ha tenido representación en Primera. Pero Toledo, y el Salto del Caballo, tienen, y siempre tendrán, aquella mágica e inolvidable noche del 13 de diciembre del 2000 en la que, sublevándose contra la lógica, contra la historia, superaron al Real Madrid; que tan solo dos días antes había sido declarado mejor equipo del siglo XX y que en mayo había alzado su octava Copa de Europa en el Stade de France.

“Hicimos algo grande. Para el equipo, para el club, para la ciudad. Fue algo histórico. Y 20 años después se continúa hablando de esa noche”, arranca el exdefensa José María Cidoncha (Badajoz, 1970), el capitán de aquel Toledo y el autor del segundo gol del encuentro; viajando hacia atrás en el tiempo. Hasta aquella noche en la que volvió a casa al volante de su Opel Calibra blanco con su mujer mientras la ciudad bullía y tocaba el cielo e intentaba explicarle lo que era derrotar al Real Madrid.

La Copa había estrenado el formato de partido único hasta octavos de final, y, para aquel partido de los treintaidosavos, el cuadro merengue, que aquella temporada ya había cedido en los dos torneos que se había jugado a un solo partido –la Supercopa de Europa, ante el Galatasaray, y la Copa Intercontinental, ante Boca Juniors– reservó a Iker Casillas, Roberto Carlos, Geremi, Claude Makélélé, Steve McManaman, Raúl González y Luis Figo, que seis días después alzaría el Balón de Oro.

Vicente del Bosque dispuso un once repleto de futbolistas que ansiaban una oportunidad para intentar reivindicarse. “Jugaron César Sánchez, Albert Celades, Fernando Hierro, Iván Campo, Manolo Sanchís, Enrique Corrales, Flávio Conceiçao, Alberto Rivera, Santiago Solari, Sávio Bortolini y Fernando Morientes”, recuerda, nombre a nombre, Cidoncha. “Era un equipo de máximo nivel, con muchos futbolistas internacionales”, remarca el exjugador extremeño, pero el Real Madrid, apático, fue avasallado por un Toledo, tan modesto como rebelde, desatado, que apenas unos meses antes había puesto fin a sus días en la categoría de plata del balompié español.

Recibir al Madrid ya era un premio para el Toledo, pero no era un premio con el que los pupilos José Ramón Corchado se conformaran. Querían el premio grande, soñaban con el pleno al 15. “Nosotros no teníamos nada que perder. Y afrontamos el partido con mucha alegría e ilusión, con el aliciente y la motivación de medirnos al Madrid, recién nombrado mejor equipo del siglo XX, y con la certeza de que podíamos ganar y de que les iba a costar mucho encontrar la motivación para meterse en el partido ante un club de Segunda B. Quizás no nos tuvieron lo suficiente en cuenta o no se lo tomaron lo suficiente en serio. Pero es comprensible. Lo más normal era que nos eliminaran, pero sabíamos que podíamos hacer algo grande, y cuando el Madrid se dio cuenta de que estaba en el Salto del Caballo ya perdía por 2-0”, añade Cidoncha, el ‘5’ de un Toledo que se avanzó en el electrónico a los seis minutos de jugo, con un endemoniado contragolpe culminado por el veloz Israel González.

 

“Me cayó el balón del cielo, y lo empalmé con el corazón. El balón podía entrar o irse a Badajoz, pero entró. Junto al palo, y la alegría y la satisfacción que sentí fueron enormes”

 

Las gradas supletorias que se tuvieron que instalar en el Salto del Caballo todavía temblaban cuando, en el 15′, llegó el 2-0, obra del propio Cidoncha, para embellecer aún más, aún más si cabe, una noche que ya se intuía histórica. “Nunca fui de marcar muchos goles, pero tras un córner sacado por Antonio Gómez, ex del Madrid y ayudante de Benítez durante muchos años, me llegó un rechace de Iván Campos en el balcón del área y empalmé la volea de mi vida. Me cayó el balón del cielo, y lo empalmé con el corazón. El balón podía entrar o irse a Badajoz, pero entró. Junto al palo, y la alegría y la satisfacción que sentí fueron enormes”, rememora Cidoncha, que mientras corría hacia la tribuna lateral, antes de desaparecer en una nube de abrazos, se alzó la camiseta y mostró al mundo la que llevaba debajo, con la foto de su hijo mayor, Alejandro, ‘Cidonchita’ en aquella época.

Intentando sacudirse el frío del Salto del Caballo, el Real Madrid se levantó de la lona justo después, en el minuto 19, para recortar distancias por mediación de Sávio, atento en el área pequeña local para cazar un rechace del cancerbero José Ramón de la Fuente a disparo de Morientes. Quedaban aún más de 70 minutos, y parecía improbable, poco menos que una utopía, que el Toledo de resistiera a las embestidas del Madrid, que hasta ese momento nunca había caído ante un equipo de Segunda B en el torneo del KO. “Lo pasamos mal, sufrimos mucho, sobre todo en los últimos 10 o 15 minutos, pero sabíamos que lo teníamos cerca, que lo acariciábamos. Que lo íbamos a conseguir. El esfuerzo fue enorme, titánico, y no puedo explicar con palabras la satisfacción, el éxtasis, el orgullo, y también la sorpresa, que sentimos cuando el árbitro pitó el final. Fue indescriptible. Fue una locura. Estábamos en una nube, y ahora, de hecho, ni siquiera recuerdo contra quien jugamos el fin de semana. Lo habíamos logrado, y recuerdo los abrazos y las caras de todos, desde el doctor hasta el delegado. En ese momento pierdes el norte, no sabes ni qué hacer. Sabes que has ganado, pero no eres consciente de lo que haces, ni de la magnitud, la trascendencia y el valor de lo que acabas de hacer. Son momentos, imágenes, difíciles o incluso imposibles de narrar”, añade Cidoncha, que jugó un curso en Primera (1994-95), con el Valladolid, y que disputó cerca de 650 partidos entre Segunda y Segunda B; con el filial del Atlético de Madrid y el Badajoz, los dos equipos de su vida, el Almería, el Málaga, el Jaén, el Jerez, el Toledo y el Linares.

Mientras Conceiçao intentaba calmar a sus compañeros en el césped diciéndoles que “aún queda el partido de vuelta” y Morientes lamentaba “somos el Madrid y con nuestra categoría esto no podía ocurrirnos”, la hinchada local, hechizada, superada por una realidad inimaginable, invadía el verde y la ciudad se entregaba a la euforia. “Fueron unos instantes, unos minutos, incluso unos días, de felicidad total. Absoluta. El fútbol es un deporte que te permite dar mucha felicidad, mucha vida, a gente que quizás durante toda la semana tiene muchos problemas en su vida laboral o familiar, y que vienen al campo a disfrutar, y con los años veo la felicidad que le dimos a todo el mundo. Me han quedado marcadas las caras de ilusión, de felicidad, de la gente, de mi familia, un club pequeño, de una ciudad humilde que cumplió un sueño. Hicimos feliz a mucha gente y fue un triunfo de todos: desde los futbolistas, que entre todos no cobrábamos ni lo que cobraba uno de ellos, hasta la directiva y la afición, que nos dio energía y fuerza cuando la necesitábamos”, afirma Cidoncha, que todavía guarda el VHS de ese partido, que ha visto decenas de veces junto a su hijo, y periódicos de esa semana. “Fuimos portada en todos los sitios”, subraya, con la única espinita clavada de no haber podido conseguir ninguna camiseta porque los jugadores del Real Madrid “se fueron bastante cabreados”, y sobre todo con la pena de ver hoy al Toledo, “un club histórico, deambulando por Tercera División”.

Y, feliz, José María Cidoncha, que hoy ejerce como director de la academia del Badajoz, concluye: “A la siguiente ronda nos eliminó el Rayo, pero aquel partido contra el Madrid es un hito legendario que ha quedado marcado para siempre en la historia del fútbol español y en la memoria de los jugadores, del club, de la ciudad. He tenido la suerte de volver a Toledo, y la gente todavía nos recuerda. Fue el día más importante de nuestra carrera. Es el día más feliz de mi vida junto con el nacimiento de mis dos hijos. Aunque desde fuera no lo parezca, en el mundo del fútbol, sobre todo a ese nivel, de Segunda o Segunda B, te llevas muchas decepciones. Pasas momentos duros, complicados, y las alegrías parecen reservadas a cierta gente, a los de arriba. Pasas por muchos sitios y en algunos ni llegas a cobrar. Y para hallar momentos felices tienes que pasar muchos momentos desagradables, tienes que pagar muchos peajes. Para llegar a un momento de felicidad de esta magnitud tienes que pagar 20 sinsabores, así que cuando llega una alegría así hay que disfrutarla, hay que vivirla, y así lo hicimos. En el fútbol y en la vida todo va muy rápido. Tenía 30 años, y ahora ya tengo 50. Es un tren que va demasiado deprisa, y ahora, que vivimos de los recuerdos, nos queda aquello. Y nos quedará siempre”.

 


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